Edificios de verdad

–          No es verdad, lo que somos depende de lo que hacemos sin necesidad de nadie – Replicó Javier acaloradamente.

Estaba consciente de las excentricidades de Patricia pero su veneración le hacía soportar a menudo sus embistes sarcásticos.

–          Me conoces por más de un año y no has logrado que te deje de ver como un niño

Javier se recriminó subconscientemente. Mostrar debilidad frente a ella era decisivo, podían haber sido diez años y del mismo modo él seguiría sumergido en las más grandes dudas si le pedían una opinión sobre lo que pensaba que estaba en la mente de Patricia.

–          El parque está muy silencioso para mi gusto – Ella examinó su reloj y su pie mostraba el incremento de su impaciencia.

Se encontraban en San Francisco, la pequeña iglesia daba testimonio de la vetustez del barrio en el que se encontraban, y de la longevidad de los árboles que lo rodeaban.

–          A mí siempre me fascinaron los edificios antiguos, dan importancia a la historia… realidad a la anécdota –  Javier sabía que el cambiar de tema era un recurso desesperado pero buscaba imperiosamente una salida.

–          ¿Recordatorio de la mierda de lo que pasó? ¿Eso son para ti estos edificios? ¿Una forma visible de comprobar quién eres?

Tragó saliva, Patricia sabía como jugar con sus inseguridades, conocía la palabra precisa que le haría silenciar sus reparos, morder sus propias convicciones. El hablar de edificios solo incrementó sus miedos.

–          Si argumentas que las personas afectan la identidad propia, tienes que admitir que los lugares podrían modificar una actitud, una característica, incluso un sentimiento.

–          Una mierda eso es lo que afectan.

Ella cambio el cigarrillo de una mano hacia la otra de forma tan cadenciosa que él conocía que se avecinaba una sentencia incuestionable.

–          Nada afecta nada – dio una bocanada profunda y continuó – uno escoge lo que le afecta.

Pese a que había prevenido el resultado de su ritual, no dejó de sorprenderle la lucidez de la sentencia.

–          Si eso es verdad, yo no podría amarte. Porque no estoy de acuerdo con la totalidad de los detalles que conforman  tu perfección.

Sonaba a una lisonja rastrera, pero su corazón pudo más que su cerebro. Esperaba una sonrisa, una caricia, incluso un beso; pero Patricia sin inmutarse miró fijamente el reloj del viejo edificio, arrojó el cigarrillo y se perdió en cavilaciones.

–          Yo no soy perfecta – Desvió su mirada y lo observo por un instante como si intentara descifrar un lenguaje antiguo – Y a través de mí no conocerás el amor.

El palideció, esquivó su mirada y huyó. Nunca nadie le había dicho una verdad tan indiscutible.

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