El ritual

Casi no podía contener la excitación, las manos le temblaban de forma incontrolable e incluso podía sentir su corazón a través de la ropa. Pero la ansiedad era parte del ritual, así como lo eran la navaja y la risa nerviosa.

Todo estaba preparado, la calle seleccionada y la escaza luz. Un escenario perfecto para un crimen, él era el protagonista, no necesitaba el dinero, le hacía falta la sensación, tener el control sobre una vida. Nunca ofender a dios solo intentar sentirse uno.

Recorrió con el filo de la navaja ambas mejillas, nunca le había gustado su color de piel, esa tez oscura indefinida, nada para estar orgulloso ni un blanco ni un negro, un pase directo a la discriminación, sobre todo en un país tan reprimido y acomplejado como este. Un mulato nace con el mundo en contra, y solo tiene una ventaja, la oscuridad le cobija.

Le gustaba actuar los jueves, era el día perfecto para cambiar la suerte de alguien. Pasadas las diez de la noche, la ciudad se vería infestada de borrachos melancólicos, jóvenes errantes y amantes despreocupados. Todo un festín para un desadaptado, un llamado constante al robo e incluso al asesinato, es increíble como la apatía de un conglomerado de gente llega a ser más peligrosa que un auge de delincuentes.

Por un momento pensó en su autenticidad, consideraba estar por encima de toda moral o culpa, pero no era difícil pensar que existieran otros como él con un ritual propio preparándose para interpretar el eterno papel del victimario y la víctima, simples marionetas en un juego en el cual se pone sobre la balanza la fragilidad de la vida y lo vano del dinero.

Escogió la indumentaria más apropiada para su propósito y sin vacilación enrumbó hacia el camino escogido, nadie lo esperaría, ningún sentimiento le ataba al mínimo ser. La única relación humana que experimentaba como real era la que estaba a punto de jugar. Solo de ese modo lograba imaginar que se conectaba con otro hombre, a través de la violencia si existía resistencia o a través de las descargas de adrenalina si algo salía mal.

Cuando se encontraba en el lugar planeado, un joven con varias cicatrices en el rostro lo abrazó mientras ponía una navaja en su cuello.

–          A ver doctorcito, pásame tu billetera, tu celular y todo lo que tienes.

El muchacho era un neófito, el arma no era más que una hoja de afeitar precariamente sostenida sobre un esfero, su pulso acelerado denotaba su inexperiencia, le habría gustado un compañero de noche diferente pero no podía aplazar lo previsto.

–          Tranquilo mi amigo, aquí está mi billetera, ahí está todo lo que tengo.

El maleante extrajo los billetes y se perdió en la oscuridad de la esquina más cercana luego de haberle propinado un codazo en la nariz. Empezó a sangrar, con la lengua saboreó el residuo del doloroso golpe, tendría que explicar en el banco que tuvo un accidente en la ducha, su expediente era impecable así que no habría mayor inconveniente. Al menos tuvo la emoción de la confrontación, pero ese joven debutante no merecía llevarse su vida, con lo vivido le alcanzaría para soportar su rutina una semana más. Cuando se busca el final, uno estipula las condiciones. También en lo grotesco existe el arte, tal vez arriesgar la vida y quitársela de los labios a la muerte correspondería a una obra perfecta. Por el momento es tiempo de que nuestro protagonista piense en el siguiente ritual.

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