Lluvias que lavan

El pequeño alambre negro pegado a la palanca de cambios cumplía a cabalidad con su objetivo, el taxímetro aceleraba su marcador a una velocidad tan prodigiosa, que resultaba hasta ridícula frente a la parsimonia con la que los carros se acumulaban en la avenida, y es que en Quito si llueve y estás en un taxi estás jodido.

–          No me des tus explicaciones de mierda, preferiría que me dijeras de frente que tiras con otra, a cualquiera de tus existencialismo pseudo lógicos – se mordía los labios para evitar cualquier evidencia de debilidad.

–          Pero Alejandra ya te dije que ese no es el punto, simplemente tú ya no eres igual. Yo jamás sería tan cobarde como para actuar en función de otra mujer.

Ambos compartían el asiento trasero del taxi, la ruptura había ocupado las últimas cuatro cuadras que con el clima y la situación se traducían en quince minutos y gracias a la sagacidad del conductor en dos dólar.

–          Mi don disculpe que le moleste pero ya mismo termina mi turno y me toca regresarme para el sur, a esta hora ya no voy para el norte; y con lo poco que sale la carrera no me resulta – el chofer entrenado paulatinamente en la psicología chulla tanteaba el terreno.

–          Cuánto hace falta para que le resulte – Xavier se condenaba a depender de la avaricia, pero que clase de persona termina con alguien  y se despide en la lluvia.

–          Unos cinco dolaritos jefe, ya sabe los guaguas le esperan a uno – dijo el taxista mientras soltaba el alambre negro que conforme la negociación avanzaba perdía cualquier utilidad.

–          Dele no más.

Alejandra no aguantó más, mientras el trámite comercial se finiquitaba, la visión de un Quito con una lluvia que arreciaba era muy deprimente, las gotas que se paralizaban por instantes en las ventanas le daban la impresión que en el exterior los autos, las casas y las pocas personas aferradas a paraguas eran lavadas, y con cada caudal de llovizna, sus ojos perdían determinación y se entregaban a lo que sentía.

–          La ciudad me parece sucia.

–          Perdón, no te entiendo en un momento me estás atacando y al siguiente hablas pendejadas – Xavier había decidido ser intolerante por primera vez en su vida.

–          A ti te valdría más caminar, tal vez la lluvia te ayudaría a librarte de esa máscara que tienes ahora para decirme que no me quieres más – Alejandra no se reprimía más y las lágrimas le escurrían por ambas mejillas.

–          ¡No podías haber sido más directa! Señor tenga le dejo el billete termine la carrera pero a mí me deja en la siguiente esquina – dijo Xavier mientras se acomodaba la chompa.

El taxi se detuvo y muy pronto Xavier era una mancha opaca en el vidrio posterior. El taxi se había detenido completamente en un paso deprimido de la avenida, una cuadra adelante se había producido un choque y ningún auto podía avanzar. Los autos que llegaban a la congestión debido a la lluvia no entendían el porqué del parón y comenzaron una sinfonía con el sonido de sus bocinas. Para Alejandra ese sonido estridente le abstrajo mucho más, se encontraba viendo como se deformaban las figuras que se encontraban pintadas en los muros que rodeaban el paso, al alcalde le había parecido muy patriótico y cultural, intentar disminuir lo tétrico de una pared enorme, con rostros y manos en evidente estado de dolor, las mismas efigies de sufrimiento bajo la lluvia parecían burlarse de la situación del taxi, y el caos de sonidos hicieron que Alejandra estallara en llanto, con un dolor que le nacía del alma.

–          Niña si sigue llorando así me inunda el taxi – el taxista estaba nervioso, ahora el billete de cinco dólares se le antojaba diminuto e insignificante.

Justo cuando ella iba a decir algo, las alcantarillas colapsaron  y el nivel del agua empezó a ascender, pero se trataba de una sustancia muy diferente a la que venía del cielo, la suciedad reemplazaba la habitual ausencia de color.

–          Nos jodimos, tenemos que salir de aquí antes que se inunde todo y nos terminen sacando en canoa – el chofer abandonó el vehículo y empezó a abrirse paso entre los autos.

Alejandra no se movió pese al accionar del taxista. Pensó muchas cosas en ese momento, pero ninguna se relacionaba a su situación física actual y el peligro que corría.

–          Si la lluvia lava las penas de Quito… solo en esta ciudad una puede conocer el color de la tristeza – pronuncio esas palabras para sí misma, cerró los ojos y continuó llorando.

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2 thoughts on “Lluvias que lavan

  1. me es grato,refrescarme en el pulsar de tus letras,lo vanal adquiere un profundo dejo de misterio que invita delicadamente de una, parar ,en su lectura.en ti no me sorprende.

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