El veneno

El carcelero me condujo a través de un conjunto de pequeñas habitaciones de arcilla, el interior de las mismas no era tan desolador como lo había imaginado, sin embargo cuando llegamos a la celda mi corazón  se descompuso, la noche anterior cuando dudaba en realizar la  visita, me decidí y prometí ser fuerte, pese a ello ante la primera visión del lúgubre lugar, una profunda tristeza se apoderó de mí.

–          No siempre el acusado es el que sufre más verdad?

Fijé la mirada en el rincón del que procedía la voz, tantas veces esa misma entonación me había sumergido en dudas cuando lo escuchaba en la academia, y del mismo modo me había liberado de innumerables tinieblas.

–          Lamento haber dilatado tanto mi visita maestro – Mi voz tenía mucho de nerviosismo y culpa, frente a él siempre me sentía como un niño sorprendido en falta.

Cuando se levantó del rincón ocultó por un instante la única luz que se filtraba a través de una pequeña rendija, pese a que solo podía ver su sombra sabía de antemano que sonreía y hasta podía imaginar la parte de su barba que acariciaba de forma despreocupada.

–          Me parece que fue ayer cuando te conocí, un muchacho noble, tan seguro de sí mismo y de lo que sabía que no se atrevía a dudar de su verdad particular.

No encontré indicios de hostilidad en sus palabras, solo franqueza. Hace tiempo me había involucrado tanto en doctrinas sofistas que deposité ciegamente toda mi fe y raciocinio en ellas. Él me habló del alma y de la esencia de los opuestos, me sumió en la incertidumbre del que reconoce una equivocación y a partir de ese momento me declaré discípulo suyo.

–          Estoy apenado por no venir antes, hace ya mes y medio que permanece cautivo esperando una sentencia injusta, debí acompañarlo desde hace semanas – Quise sonar lo más auténtico que pude, pero incluso yo sabía que tras esas palabras solo se ocultaba el miedo.

–          No somos dignos de los actos de los cuales nos arrepentimos, pensé que hace tiempo que te había enseñado eso – Mientras terminaba la frase dio un paso final hacia adelante.

Como un desesperado me arrojé a los pies del maestro, me sentía el más infeliz de los hombres, aquel ser que me salvó de la ignorancia y de mi propio orgullo estaba condenado a muerte bajo el cargo de corromper a la juventud, su futura muerte solo fue visible a mis ojos cuando escuché de su boca no reproches sino enseñanzas.

–          Maestro he hablado con muchas personas de la academia y del mismo consejo, están dispuestos a abogar por ti e incluso a promover una revuelta para intentar una fuga – Sabía de antemano la respuesta pero había resuelto exponer todas las posibilidades.

El silencio que siguió me pareció eterno, no me atrevía a levantar la mirada, pero podía sentir que el condenado sonreía.

–          Cuando estoy dispuesto a alcanzar las pruebas necesarias que me lleven a comprobar lo que he predicado toda mi vida, vienes a mí con ideas de escape. Un verdadero filósofo no le tiene miedo a la muerte, porque encuentra en ella la coherencia que busca, un filósofo gasta toda una vida en aprender a morir.

Si hubiéramos estado con otras personas habría meditado en mi forma de actuar, y en las palabras que acababa de escuchar, pero la privacidad que ofrecía el momento me llevó a pensar de forma egoísta.

–          Si no es por usted, al menos piense en los que lo necesitamos. En todos los que anhelamos vislumbrar un ápice de la verdad. Usted me salvó y ahora va a aceptar una muerte injusta – Casi balbuceé la última parte de mi ruego y me desmoroné.

Cuando volví en mí me encontraba caminando por mis propios medios fuera de la ciudad, necesitaba un tiempo para encontrar el verdadero significado de las últimas palabras del maestro.

–          En la vida siempre encontrarás a alguien que te salve de una influencia externa, de una ideología, de una religión, de la soledad… amarás a tu salvador y tu vida girará en torno a él. Si es la persona que necesitas durante toda tu vida, en un determinado momento aceptará el veneno que le ofrecen – Con una palmada en el hombro me despidió y el guardia me escoltó fuera del recinto.

Meditaba en esa última frase sin encontrarle sentido, me sentía solo, abandonado en ese rincón de la tierra. Cuando intenté pensar en el futuro vacío que dejaría en mi vida ese gran hombre, no existía una nada, solo mi existencia y la risa de mi maestro se traslado a mi rostro.

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