Del año nuevo y el presente

Muchas cosas me causan curiosidad con respecto al avance de la tecnología, la mayoría de ellas no pasan de ensoñaciones inmaduras o  para ser francos de trivialidades impulsadas por la pereza. Algunas por otro lado me causan cierta consternación, tal vez porque serán capaces de reconocer al humano que soy y no la imagen que tengo de mí mismo.

Con el constante avance científico, no será difícil que al fin nuestro cerebro deje de ser una incógnita, y nos revele una cruda realidad en la que seremos estadísticamente analizados en función de lo que él contenga y en lo que él se ocupa. No será difícil pensar en un método experimental que mediante electrodos y de acuerdo a las zonas activas del cerebro, nos muestre que porcentaje de su vida un hombre dedica a pensar en el presente, cuánto en los recuerdos y cuánto en los planes futuros.

No me gustaría descubrir que soy una persona que vive en función de su pasado, si bien cada acto nos transforma y define constantemente, todos los sentimientos asociados a la memoria retrospectiva me parecen demasiado ligados a la nostalgia o al arrepentimiento. Este último acorde a lo que pienso de ningún modo es algo provechoso, siempre me gustó pensar como aquel loco alemán, que aseguraba que somos nosotros los que no somos dignos de los actos de los cuales nos arrepentimos y no lo contrario. Y por su parte, la nostalgia pese a llevarnos a lugares en los que fuimos felices también puede jugar en nuestra contra, del mismo modo en que una historia varía cada vez que se la cuenta, al final nuestros recuerdos terminan siendo tan ajenos a nosotros que aferrarse a ellos no sería más que auto implantar una mentira.

Vivir en función del futuro sería lo ideal dentro de nuestro mundo actual, constantemente realizando actos para llegar a metas ya planteadas, presionándonos para ser lo mejor de nosotros y albergar siempre esperanzas de que nuestra situación venidera será mucho más dichosa. Pero sin embargo no terminaría de sentirme bien si ese fuera el caso, no me gustaría asumir que mi vida es una larga carretera en la que, simplemente paso de una ciudad a otra, en la que espero me reciba  una vista más hermosa. No apreciaría evaluar mi existencia como una línea que va de un punto a otro, del grado de bachiller al grado de ingeniero, del de soltero a esposo y posteriormente a viudo o muerto. Me gustaría pensar que no llegué a esas ciudades porque pensé años en pisar sus calles, sino que conozco con detalle los caminos que me llevaron hacia ellas, y sobre todo la felicidad que deposité en cada paso… el paisaje que me acompañó en el trayecto.

¡Sí! La conclusión obvia es que me gustaría ser un humano con su mente en el presente, aquel que disfruta del momento en el que se encuentra, que aprecia a la gente con la que convive y cuyos pensamientos están concentrados en aprovechar el precioso tiempo que tiene entre manos. Pienso que el único punto flaco del presente es lo vano de nuestras decisiones, pensar que matemáticamente cada vez que optamos por algo, existe un universo en el que hicimos exactamente lo contrario siempre resulta perturbador. Si consideráramos eso, el humano que vive en el presente posee una existencia vacía, en la que nuestras decisiones no cambian nada, porque de alguna forma y en algún lugar suceden de la vía contraria. Pero un optimista como yo no se deja vencer, si al menos soy responsable de mis actos en esta loca existencia de la que soy consciente: fui, soy y seré el actor de la más interesante y significativa historia a la cual puedo acceder siendo simplemente yo.

 Tal vez por eso me encuentre escribiendo esto en estas fechas, siempre el fin de un año en el calendario, nos obliga a realizar un ejercicio mental obligatorio, evaluar nuestras acciones e idear nuestros nuevos propósitos, es decir repartir nuestro yo en el pasado y en el futuro. De todo lo anterior, me surge en este instante una cutre idea, que este nuevo año sea un lapso de tiempo repleto de momentos inmortales del presente, desprendernos de imposiciones, de angustias y de tristezas. Vivir el día a día, y preocuparnos de lo importante y no de lo urgente. ¡Feliz presente!

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