Polaroid de una película ordinaria

Tomó la sábana y con total naturalidad se la enrolló en una especie de toga, su intención no era la de una falsa coquetería, solo se había convertido en una especie de ritual cuando en días excepcionales se sentía particularmente feliz. Para fines descriptivos del relato podemos especificar, que aunque el atributo de la vanidad no es exclusivo de un único género, la persona que acaba de improvisar no sin cierta maestría su atuendo es una mujer. Un observador objetivo habría estado en desacuerdo con la percepción de felicidad que de forma explícita el narrador le ha atribuido a la protagonista, pues no sonríe y pese a que en su andar se percibe un contonear marcado muy ajeno a su normal proceder, nada en sus maneras podría indicar la dicha que le embarga.

La luz tenue que se filtra a través de las cortinas, que no son más que antiguas sábanas sujetadas por ganchos de cocina, se divide por los objetos de la sala y destaca y oculta por igual partes de su cuerpo, mientras ella da unos pasos con dirección a la cocina. Conoce de antemano el pobre contenido de las gavetas, desfogada la pasión que le envolvió el día anterior y gran parte del día actual, el estómago le recordó que incluso las ninfas necesitan comer si no quieren desfallecer, aunque si consideramos el juego improvisado de iluminación, la forma en el que la sábana se ajusta a sus formas, que no son nada pobres, y su estado de ánimo podríamos estar a punto de ser testigos de una transfiguración.

-¿Qué horas son? – La voz grave le regresó  a lo terrenal de la situación, casi había olvidado la razón de las consideraciones anteriores.

-Creo que las dos de la tarde, no estoy segura. ¿Quieres comer?- Se sorprendió así misma expresando palabras que el día anterior le habrían parecido patéticas en el trato hacia un casi desconocido.

Él con lentitud pasó la mano derecha metódicamente por cada uno de sus ojos, bostezó y comenzó a intentar incorporarse, pensó que seguía en algún tipo de ensoñación y que alguna diosa griega ya olvidada le observaba con curiosidad. Recordó la pregunta formulada y a la par le surgieron una sonrisa maliciosa y una erección que intentó disimular.

–          Incluso te diría que sí a eso, porque en esta casa no hay nada- Ella sonrió y con pequeños pasos se acercó.

En este punto del relato el lector podría imaginar que la situación se desarrolla en la más romántica de las locaciones pero un colchón en medio de una sala desarreglada rodeado de ropa arrojada al azar entre botellas vacías y rastros de cigarrillo, dista mucho de la imagen preconcebida de lo perfecto que tienen el común de los mortales situados entre los quince y los veinte años, para nuestra suerte los protagonistas rozan los veinticinco años y en este punto la experiencia ha reemplazado en gran parte el romanticismo por la practicidad.

–          Creo que no podría manejar tanto amor en tan poco tiempo- Él expresó esto último a manera de broma pero fue tarde cuando entendió que la frase involucraba una palabra que suele complicarlo todo.

Ella se detuvo y su rostro por un instante adquirió una expresión amarga, miró a su alrededor como suelen hacer los humanos cuando intentan desaparecer el motivo de su dolor al ignorarlo. Son innumerables las ocasiones en las que la necesidad humana de definir lo que acontece o sucedió, destruye lo que un total desinterés podría transformar en un momento capaz de alcanzar la eternidad.

–          No lo tomes a mal, así soy de molestoso- Rara vez un hombre sabe cuando el silencio es el mejor aliado de una conversación peligrosa, y en este punto de nuestro relato no resultaría creíble que el protagonista supiera manejar un atolladero tan común y a la vez tan complejo.

Por cualquier respuesta ella giró y prendió el estéreo, el aparato liberó un sonido grave, probablemente un afroamericano que en inglés y acompañado de un piano comenzaba un lamento disfrazado de música. Ella se acercó con el dedo entre los labios pidiéndole silencio, cuando estuvo lo suficientemente cerca lo besó mientras la sábana en su hombro se desanudaba.

–          ¿Puedo interpretar que me perdonas por lo que dije?-  Lo dijo mientras la sábana terminaba de desprenderse del cuerpo que con sigilo se deslizaba por el improvisado lecho.

–          Interpreta que tienes mucha suerte- Ella le sujetó el rostro y le mordió en el labio inferior.

Fue él quien en esta ocasión comenzó a transfigurarse.

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