La costumbre de la maldad

“El empezó”… argumentamos esto en un escenario bastante común de la infancia, una de nuestras primeras acciones de venganza. Si bien es cierto que de inicio nadie puede ser tildado como absolutamente malvado, de igual forma se puede proclamar que entre nuestros primeros instintos naturales está el de la revancha. El mundo con su tan original forma de quebrantar el espíritu suele utilizar formas sutiles de desencanto en nuestra existencia. Entre las infaltables están la impotencia frente a la injusticia, la insatisfacción laboral y como no la decepción amorosa. Y es que si la vida nos exprime un limón en el ojo, el camino más corto y sencillo para mantenernos calmos es el aprovisionarnos por nuestra cuenta de al menos una toronja para reproducir el daño.

La conclusión lógica que se desprende es que en este pequeño planeta una de las fuerzas predominantes para nuestra mala suerte es la del ojo por ojo. Y para comprobarlo nos basta mirar a nuestro alrededor y ver con suma tristeza como incluso las personas que a veces consideramos ejemplares o pilares de nuestras acciones sucumben cuando una prueba del sino resulta mayor a sus convicciones o incluso superior a su optimismo.

Bajo que presunta ignorancia se puede esperar que un futuro sea mejor? Con qué venda debemos resguardarnos para negar la visión enraizada de lo peor? Y si eso es posible, cómo evitar que por dentro la lenta pero implacable desazón de la desesperanza nos carcoma todo posible augurio de felicidad?. El ser humano vive creando para sí mismo límites y condiciones en función de estas dudas, por eso espera un lunes para empezar una dieta, prepara emborracharse para olvidar un amor, espera su cumpleaños para plantearse metas o incluso aguarda la llegada de un ser para empezar a vivir con certeza. Es nuestra constante búsqueda de significados ocultos de bondad la que nos obliga muchas veces a permanecer en la apatía esperando un momento de definición, una persona idealizada en la perfección, un éxito fácil de alcanzar o un argumento que fundamente las ironías y nos permita vivir con nuestros errores.

Yo intento de corazón mantener la sonrisa y no es por ser un idiota… espero. Tampoco es que no haya intentado el uso de otros recursos,  el cinismo por dar un ejemplo no fue el escudo que habría esperado frente a la dureza de la realidad. La verdad es que hace mucho tiempo llegué a la conclusión que como todo mal hábito la corriente que impulsa a que abandonemos los caminos de la tolerancia, la justicia y el amor no es en absoluto irreversible. Incluso guarda recompensas que pueden ser saboreadas en un tiempo más prolongado y no está reservado a personas ascetas o santas, es algo más sencillo.

Mi alternativa se basa en dos simples postulados, el primero es pedir a las personas ser sinceros consigo mismos, consiste en analizar quién soy en estos momentos y pensar un poco en las decisiones que me llevaron al lugar en el que me encuentro. Este primer paso es para vencer la inconsistencia que creamos, mucha de la maldad que nos asola fue llamada a nuestras vidas por nosotros mismos. No puedo esperar que me vaya excelente en un trabajo si no le dedico el suficiente entusiasmo, así como no voy a encontrar la felicidad en una  persona si no pasé por un tiempo en el que llegué a sentirme feliz estando por mi cuenta, es básico, como preguntarse cómo se puede esperar el perdón de alguien cuando continuo con los mismos errores que me llevaron a herirlo en un primer lugar. No es una cuestión de karma o destino, no es que expiamos nuestras culpas con las cosas negativas que nos pasan, son una consecuencia del equilibrio intentando balancearse, no más, no menos.  Aceptar esas imperfecciones que tenemos los humanos nos ayuda a evitar caer en equivocaciones pasadas, es el círculo de la costumbre de la maldad el que nos causa mantener viva esa pésima tradición.

Un segundo paso sería mantener la esperanza. No como un presunto deseo de un lugar imaginario que vendrá por arte de magia, sino en el sentido de que cuando la albergamos dentro de nosotros, somos capaces de fijarnos en los pequeños detalles que le dan sentido a nuestro tiempo, a ese lapso que nos tocó vivir, permitir que esta historia imprecisa que se dibuja con nuestros pasos se transforme en la poesía de nuestra existencia, en la belleza que creamos en el día a día. Y sobre todo no subestimar lo que tenemos en el presente, considerar que cada día es una oportunidad de abrazar a alguien, de decirle a esos amigos lo mucho que los estimamos, que siempre es posible la experiencia de un primer beso, que aún estamos a tiempo de ser consecuentes con lo que promulgamos, que si hicimos mal incluso el más orgulloso se conmoverá con un “lo siento”, que incluso en el más grave escenario se puede iniciar una nueva costumbre, una muy diferente a la usual, que como todo lo nuevo nos proveerá de una identidad y una misma idea, y que quizá ese pensamiento en algún momento pueda ser traducido en FELICIDAD.

Felicidad

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