Zeigarnik y Lorena

En la mesa nueve a la libreta se le terminaron los espacios libres y era obvio que cada comensal pediría una ensalada diferente. El gordo que presidía la mesa le pidió recitar los ingredientes de la ensalada tropical y con cierto desdén pidió que se la sirvieran sin nueces. La rubia que mantenía la mano en el muslo del alérgico pidió con entusiasmo la ensalada lionesa, él en particular pensó que debía estar acostumbrada a cierto sabor parecido a los arenques. El resto de invitados fueron más conservadores y pidieron ensaladas césar, de col o de garbanzos. Uno, uno, dos, uno, dos se dijo a sí mismo aunque estuvo a punto de decirlo en voz alta, Lorena solía hacerlo sin importarle el posible juicio del cliente.

Ella empezó a trabajar desde hace cuatro meses en el turno de la noche, no era particularmente bonita, pero su sonrisa tenía un encanto difícil de describir, para abreviar podemos narrar que el consumo de postres cuando ella los ofrecía aumentaba de forma considerable. Cuando tuvo oportunidad de hablar con Lorena aprendió más de su vida en los últimos años que de la de su hermano mayor que vivía en el norte. Con la familia cercana solía obligarse a una conversación telefónica una vez al mes pero rara vez encontraba que podía extenderla por más de cinco minutos.

Un niño le tiró del delantal preguntándole por el baño, mientras se lo indicaba vio que la pareja de la mesa doce pedía la cuenta. Extendió la boleta a las manos del joven mientras le explicaba que las copas de vino eran cortesía de la casa debido a que el plato fuerte no había sido de su completo agrado. Él convidado sonrió y volvió a guardar un par de billetes en su cartera, los brillantes dientes contrastaban con el mal disimulado sollozo que ostentaba su mujer. Él los había escuchado discutir pero no se detuvo a averiguar el motivo, hace mucho tiempo había aprendido que las mujeres sin identidad prefieren a hombres que no les permitan desarrollar una.

Durante toda su vida él mismo consideró no tener rasgos distintivos o interesantes, cuando Lorena después de la segunda semana de amistad lo escuchó con atención durante hora y media encontró que ser poco peculiar era un punto a favor. Cuando se encontraba con ella era fácil hablar de su infancia, de lo duro que había sido la escuela, de su falta de amigos en el colegio o de su actual nula experiencia social en la universidad. El ser mesero que hasta hace pocos días había sido una cruz más para su financiamiento educativo se convirtió en la mejor parte del día. Ahora era común que la tomara del brazo hasta el paradero del autobús mientras ella se burlaba de los pedidos de ese día.

Este tren de pensamiento le ayudó a soportar la mesa quince, odiaba atender a jóvenes de su edad. Dos de ellos pidieron el menú del día y el otro el especial con pollo. Una cerveza, una gaseosa y un vaso de agua repitió en su cabeza. Mientras les daba la espalda para alejarse escuchó como la conversación volvía a centrarse en la comparación del busto de una tal Laura con las luces altas de un auto. A mitad del camino entendió la alusión y le hizo gracia. Era insólito como su cerebro capaz de recordar varias órdenes distintas y con características tan diversas era un cero a la izquierda en el momento de pensar en algo ingenioso o en este caso malicioso.

Es el efecto Zeigarnik le dijo Lorena una tarde. -Nosotros lo desarrollamos más por ser meseros-. Mientras él la miraba con cara de incomprensión, ella continuó el comentario. – Es la tendencia a recordar tareas inconclusas, las mesas que aún nos faltan por atender frente a los pedidos que ya entregamos, estos últimos desaparecen de la mente-. Ella siempre tenía algo genial que decir y él solía mantenerse maravillado en sus palabras hasta la llegada del silencio. Ese día en su casa leyó en internet sobre el curioso efecto, se imaginó a la psicóloga soviética pidiendo a los sujetos experimentales que le trajeran una carne término medio, con ensalada rusa, una porción de arroz con salsa de soya y una soda dietética.

¿Me escuchó? Le recriminó la señora de la mesa cuatro mientras hacía ademán con la mano de instar a que anotara en algún lado lo solicitado. –Si señora, soda dietética con el especial de cordero- La experiencia en ser mesero tenía la ventaja de que sabías a ciencia cierta la clase de personas que no te dejarán propina. Había aprendido que las vestimentas hippies albergaban propinas mucho más pródigas que las galas encopetadas de ciertas damas seniles. Es el efecto altruista de sus creencias le mencionó Lorena cuando le comentó su teoría, las personas que van y vienen por la vida suelen identificarse con otras que ven en su mismo rol, y tratarlas de mejor manera. Eso se lo había dicho poco antes de que él le pidiera que fueran algo más que amigos. El tiempo que ella solicitó para pensárselo se vio extendido por la repentina enfermedad de su madre, pero ella regresaba hoy y prometió que le llamaría.

Cuando llegó a la cocina se preguntó si la psicóloga Bluma Zeigarnik se parecía a la chef en jefe del local. Pálida, rubia, alta y obesa. Acto seguido se vio recitando las ensaladas, los platos fuertes, los especiales, los agregados y las bebidas. La chef dio las órdenes con diligencia a los ayudantes y con los ojos le señaló hacia la entrada principal. Desde el recibidor Lorena le observaba y cuando sus miradas coincidieron le obsequió con una sonrisa. –Regreso en cinco minutos, la ensalada tropical sin nueces para la mesa nueve- Había pensado en algo que decir en esa circunstancia durante toda la semana de su ausencia. Mientras la abrazaba para saludarla le susurró: “Lo que apenas empieza, es inolvidable, porque es una tarea inacabada”. Ella volvió a sonreír.

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