Mi inexistente cortesía

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Una tarde mientras estaba en el colegio la prima de un amigo cumplió con su promesa de regalarme un cachorro de su perrita, a la cual había conocido semanas atrás; para cumplir este fin de forma práctica trajeron a mi casa en un cartón a cuatro cachorros hembras de Basset Hound. Para ser justo todas ellas eran esa extraña combinación de ternura y belleza de la cual gozamos la mayoría de mamíferos en nuestra primera etapa de existencia y mientras tanto yo al verme enfrentado a una difícil decisión opté de forma arbitraria por elegir a aquella que me sostuviera la mirada mientras la levantaba. Las tres primeras se enfocaron en cualquier elemento frente a sus ojos que no era este servidor, así que al levantar al último cachorro una sensación reconfortante me invadió cuando esos ojos cafés en frente mío se concentraron con insistencia en los míos.

Es extraño como funciona nuestra memoria para los hechos distantes; recuerdo de forma nítida esas orejas y patas enormes que siempre tendría durante toda su vida, pero no acude a mí la razón exacta por la que le pusimos Milly. Por lo mismo, considero que debe tratarse del mismo fenómeno que hace que recuerde que dormí en el piso de la cocina de mi casa con la cabeza metida en un cartón para que dejara de llorar en su primera noche sola y que por otro lado evita que conozca el lapso de tiempo que le tomó convertirse en una experta ladrona de comida, una consumada artista para dormir a “pata suelta” y una maestra escapista cuando se abría el portón de mi casa.

Cuando empecé a escribir estas líneas no quería que en ellas se reflejara ningún rastro de tristeza, y ahora evaluándolo creo que eso es imposible. Los humanos siempre terminamos debiendo cuando se trata de nuestros perros, tal vez deba ser por esa entrega tan genuina que nos brindan y que al contrario de nosotros no se limita a las sobras de nuestro afecto. Puede ser porque al describir a un amigo incondicional uno no pensaría en mencionar los zapatos inservibles por mordisqueados, las emergencias sanitarias repentinas no previstas o los ladridos que interrumpen descansos mañaneros; pienso que en un momento así solo se puede pensar en los paseos postergados, los regaños exagerados y en los cariños aplazados. No me gustaría detenerme en memorias particulares (porque hay demasiadas) ni en arrepentimientos vanos, la Milly era tan buena amiga que nunca se mostró rencorosa, a tal punto que siendo yo quien erraba en mis acciones, era ella la que me pedía perdón con sus ojos y cuando era yo el que me ausentaba de la casa, era ella la que se alegraba de mi retorno.

Y el tiempo como es normal pasó y con su inclemencia te envejeció, y aunque dormías más y jugabas menos, cada vez que yo regresaba a verte encontrabas la forma de saludarme con el mismo entusiasmo que exhibías cuando eras joven. Así que cuando por decisión mía no te vería por al menos un año, en mi egoísmo humano no me despedí y con un beso en tu cabeza solo te pedí que no te murieras hasta mi regreso. Y en mi ausencia enfermaste y al revisarte la extrañeza del veterinario fue que siguieras viva, tal vez en el afán de hacer caso a las que serían mis últimas palabras. Es por esto que son necesarias estas pocas líneas, por esta incapacidad mía de no poder mirarte a los ojos mientras te ibas. Y si me miraste con ternura cuando entraste a mi vida te pido mil disculpas por no devolverte la cortesía en nuestra despedida.

Descansa Miluquita.

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