La tarea más importante

A Roca siempre le había parecido innecesaria la guerra silenciosa que las castas nobles cuzqueñas mantenían desde hace años. Los Hurin se habían adueñado del señorío al imponer a Yupanqui como Inca y este a su vez pensaba haber asegurado su legado al engendrar múltiples hijos. De esta manera los Hanan vieron disminuida su influencia en los asuntos de la corte y con impotencia vieron como los más jóvenes de entre ellos fueron enviados a las fronteras a lidiar con las incursiones de los Ayamarcas y los Chancas.

Su familia pertenecía a los Taipicala quienes siempre se habían caracterizado por su ferocidad guerrera y su ingenio en los asuntos económicos, pero el principio que impulsaba a sus antepasados no era el acumular honores sino el servicio al sol y su compromiso con la Pachamama. Roca había sido diferente, cada vez que algo le mortificaba solía acostarse sobre la hierba y en poco tiempo encontraba consuelo y consejo en el cielo. Era precisamente este factor de reflexión lo que provocó que con el tiempo el pueblo simpatizara mucho con aquel extraño niño que conversaba con las estrellas. Cuando creció, no mostró interés en participar en las pruebas que hacía Yupanqui entre la juventud de la nobleza, el Auqui heredero le era indiferente y cuando supo suficiente acerca de las artes de la guerra se presentó voluntario a formar parte de la compañía más cercana a partir a la batalla.

Diez años habían transcurrido desde su partida y su nombre ya era conocido incluso entre sus enemigos, pero su corazón preservó su esencia noble porque cada ocasión en la que requirió reposo, lo encontró en las nubes que jugaban entre los volcanes, y las muertes que presenciaba se desvanecían al constatar los homenajes estelares que se producían en el sur de su patria. Las victorias se convirtieron en hazañas y la vida diaria en mito, el hecho que la mayoría de héroes incas fueran Hanan impulsó en el Cuzco un movimiento que terminaría en un golpe de estado que acabó con la vida de Yupanqui y de muchas familias unidas por sangre a él. La población común que era la afectada por este caos se tornó temerosa de una guerra civil prolongada y solicitó a gritos que Roca fuera el próximo regente y ante su propia perplejidad se encontraba regresando a su tierra como el elegido para ser el siguiente Inca.

Apenas arribó a la capital se encargó de calmar los ánimos entre todos los círculos allegados a su familia y con un amargo sabor de boca propuso arreglos de uniones para que las dos castas se comprometieran a un cese de hostilidades, en su interior sabía que estos actos eran meramente paliativos y que él mismo corría la suerte de ser el primero de una nueva serie de muertes si no encontraba la manera de encontrar un equilibrio. Debido al interés de una paz momentánea se le había permitido usar el manto de vicuña inca tradicional y el cetro de oro topa yauri sin haber realizado la ceremonia sagrada para denotar su autoridad. Sin embargo pese a lo lujoso de sus atavíos el firmamento se negaba a hablar con él, así que su esperanza residía en que aquella noche alguna señal divina le iluminaría el camino.

Cuando todas las formalidades humanas y divinas fueron completadas, el único requisito restante era la aprobación de la mama Killa; a la luz de ella y de las estrellas el sacerdote le daría de beber el caldo sagrado que le develaría los secretos del tiempo. Cuando la ceremonia comenzó Roca en silencio vio como en una vasija que llevaba ya cinco días al fuego se mezclaban infinidad de ingredientes entre los que alcanzó a distinguir las ramas de Chavín, la soga del muerto shuar y la coca. El sacerdote extrajo parte del contenido en un cuenco y al entregárselo comenzó una letanía de oraciones en las que solicitaba la intervención de Viracocha, de la Pachamama, de Apo y de todos los dioses para que el nuevo Inca no extraviara el regreso durante el crucial viaje.

Cuando Roca terminó de beber el cuenco, la estancia empezó a trastocarse y se vio elevado sobre una niebla desconocida solo para contemplar como en un segundo las montañas surgían de la tierra y como entre la acción de las aguas que descendían de ellas se formaban los primeros valles, vio como unos seres más rudimentarios que los humanos empezaban a caminar en ellos y sorprendido vio como creaban un pequeño asentimiento que al contrastarlo por la posición de los cerros reconoció como un Cuzco primitivo. Observó cómo la población y la ciudad crecía exponencialmente, hasta que se vio a sí mismo partiendo a la guerra y en un pequeño parpadeo vio a un postrado Roca que parecía dormir en una estancia idéntica a la que él había abandonado. En instantes vio como aquel personaje idéntico a él delegaba toda la tarea sacerdotal a los Hurin, mientras que encomendaba a los Hanan la defensa y la economía del imperio. Estuvo presente en las futuras victorias y derrotas de su descendencia, y con horror presenció su posterior esclavitud, su falsa liberación y como en una nueva “guerra en silencio” los hijos de los conquistados renegaban de los lazos que los unían a la tierra.

Con un profundo dolor en su corazón se preguntó si su costumbre de encontrar respuestas y bondad en el cielo no se transmitieron de hijo a hijo con verdadero esfuerzo, pero la verdad era que estos seres futuros mantenían la cabeza gacha y no podían encontrar refugio en las estrellas porque el cielo se encontraba oscurecido de humo en el día y lleno de luz profana en la noche. Incluso las aguas de ríos y océanos no proyectaban la luz de los astros de lo ennegrecidas que se encontraban, y eran pocos los cerros que se conservaban como él los recordaba pues ahora ostentaban visibles marcas del hambre de estos pueblos futuros.

Al día siguiente Roca descendió del templo con las plumas de korekenke en su frente anunciando su investidura completa, acabó con los conflictos del modo que le fue explicado en su extraño sueño y frente a la multitud anunció que su reinado era apenas el inicio de un inmenso imperio, calló los futuros pesares de su pueblo pero con esperanza en el corazón proclamó que la primera labor de los hombres era instruir a sus hijos en el amor a su tierra y la primera responsabilidad del Inca era evitar que se perdiera el cielo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s