Parques que no lo son

Sin proponérselo había creado una rutina diaria en la que llegaba a una misma hora a aquel lugar. No se le podía dar el nombre de parque porque el descuido de la autoridad local hacía que los espacios verdes fueran irregulares y muchas de las que habían sido bancas ya no cumplían con el objetivo para el que fueron creadas. Cada vez que llegaba ignoraba aquel conjunto de madera y metal que había perdido su sentido y se refugiaba sin prisa en lo que quedaba de un mural junto al intento de un busto decorativo, le efigie no era de nadie muy conocido y la poca seguridad del barrio se traducía en que la placa con el respectivo nombre ya no permanecía en su lugar. Ella solía llegar con un pequeño bolso poco llamativo en el que solo cargaba un reproductor anticuado, una libreta, un lápiz y una bufanda por si hacía frío. Le gustaba escuchar música al azar en el camino, pero al llegar se dejaba contagiar del silencio y sin un fin específico comenzaba a dibujar en la libreta.

La columna que sostenía la escultura del homenajeado desconocido era la única salvaguarda contra el viento, por lo que le gustaba sentarse de espaldas a ella para que su cabello volara mientras su imaginación hacía otro tanto, esta posición no solo le permitía sentirse por un instante libre sino que le brindaba una vista maravillosa de como el cielo se tornaba rojizo y de un matiz sombrío. Tal vez esa concentración con la que veía palidecer el sol se había convertido en su ritual, había algo de místico en sentir una conexión tan real con el firmamento, a fin de cuentas el cielo de la capital era como su corazón que se oscurecía cada vez más con el paso de los días.

Existía un elemento adicional que le brindaba aquel sitio, la soledad. No se trataba de una melancolía juvenil, pues era capaz de mantener una vida normal en sociedad combinando los estudios universitarios con trabajos ocasionales los fines de semana. A los ojos de su familia nada podía fallar en aquella hija ejemplar pues su comportamiento diario era un secreto para todos y se sostenía en que los horarios eran fijos con clases en la mañana muy reales y clases en la tarde que no existían. Aquel parque que no lo era, con sus sillas descuartizadas y sus héroes anónimos, era su escape a ese vacío que poseía y no terminaba de entender su significado, o que al menos ella pensó no comprender hasta la lluvia de aquella tarde de abril.

En un inicio las gotas que empezaron a caer del cielo eran más una fresca llovizna que un problema real, así que ella cerró los ojos y dejó que le empaparan el rostro. Cuando los volvió a abrir una luz que en principio creyó perteneciente a un rayo le iluminó; frente a ella alguien sostenía una cámara fotográfica bastante anticuada que le tapaba casi toda la cara. Hubo un destello más, antes que colgara el armatoste de su cuello e intentara un saludo. Se trataba de un joven pálido con un peinado corto que intentaba una media sonrisa mientras le ofrecía disculpas que casi no entendía.

Ella sonrío frente a la perspectiva de que alguien la fotografiara sin avisarle, con una señal de su mano le invitó a sentarse junto a ella a lo cual el obedeció sin contradecirla. No existieron presentaciones y tampoco peroratas sobre el pasado del otro, simplemente apoyados los dos sobre el mural veían la singular combinación del atardecer y la lluvia que empezaba a crecer. Él se mostraba preocupado en proteger la cámara de la humedad así que ella en silencio sacó su bufanda y con un asentimiento en sus ojos se la pasó para que la utilizara como envoltorio. Por un instante cuando un rayo cruzó el horizonte él le tomó de la mano y esperó su reacción, ella volteó y permaneciendo tranquila le observó directo a sus ojos. Cuando el sonido del trueno llegó a ellos sus labios se conocieron.

En esta particular escena de la historia no se puede hablar de una pasión cálida como la proclaman los poetas, pero ese gesto sencillo entre dos seres desconocidos en el entorno más anónimo posible les permitió expresar lo que muchas veces los seres humanos tardan años en sentir. El beso no se prolongó y cuando la lluvia dio paso a una pequeña tempestad ella antes de emprender el camino a casa le dijo que otro día le devolviera la prenda. El chico abrió la boca para asentir e inmediatamente caminó en la dirección contraria.

Habían pasado seis meses de aquella experiencia y el ritual había cambiado, la soledad había dado paso a un sinfín de acciones y un millar de palabras. Ahora sabía que él era Tomás, que estudiaba derecho por las presiones familiares, que le gustaban las flores silvestres y que amaba la fotografía. Ella prefería mantener su misterio, así que las pocas veces que él intentaba sacar algo de ella la mayoría de veces resultaban en monosílabos o largos silencios. No se trataba de que ella no sintiera lo mismo sino más bien de la esperanza que tenía de que al permanecer alejado de todo lo suyo se mantenía siendo tan especial como lo eran sus días en el parque.

Cuando una tarde él le avisó que se marcharía a estudiar en el extranjero, ella volvió a su mutismo rutinario y no derramó lágrimas. Tomás le pidió mil veces que le diera más información sobre ella. Argumentó que en los tiempos modernos no era posible que la distancia terminara con las relaciones personales y mientras le decía “Te amo” le imploró que al menos le diera su dirección. Ella le tomó de la mano y se sentaron en el mural como el día que se habían conocido. Mientras compartían el que sería el último beso sintió como él guardaba algo en su bolso y al llegar a su casa encontró frente a sí la primera foto en blanco y negro que él le había tomado.

Cuando transcurrieron cinco años el ritual del parque apenas ocupaba un resquicio en la memoria, su vida profesional era perfecta y con lo que ganaba se permitió salir a vivir sola en otra parte de la ciudad. Nunca se permitió enamorarse de nuevo y guardaba con cariño el último presente de Tomás. Lo había reproducido en un cuadro más grande que ocupaba un lugar en su sala aunque la original siempre permanecía en su billetera. No sabía si por efectos del cambio climático o el calentamiento global durante todos esos años la lluvia evadió al mes de abril así que aquel jueves al salir de su oficina sonrió como no lo hacía desde hace mucho tiempo al sentir las primeras gotas en la palma de la mano.

No recordaba la sucesión de eventos que la llevaron precipitadamente a tomar un taxi y dirigirse al abandonado mural, ignoró las advertencias del conductor sobre lo peligroso del lugar y al abandonar el auto corrió aún a sabiendas de que nada le garantizaba que alguien la esperaba. Cuando llegó al parque donde había sido tan feliz una sombra cayó sobre su corazón al encontrar que todo estaba más deteriorado de lo que recordaba. Al observar en todas las direcciones comprobó que nadie se encontraba en las cercanías. En su interior se maldijo por dejarse llevar por lo irracional de sus actos y optó por sentarse como tantas veces lo había hecho apoyada mirando el atardecer. Cuando estaba a punto de romper en llanto, un rayo iluminó el cielo y un extraño reflejo brilló sobre la superficie de los charcos que se empezaban a formar frente al héroe anónimo. Ella se levantó y con absoluta sorpresa vio que existía una placa nueva debajo del busto que se encontraba asegurada con varios tornillos. Entonces estalló en una risa que invadió toda la extensión del parque y no se trataba de la alegría que conlleva la certeza de recuperar una bufanda que se creía perdida, era más bien la seguridad de que el héroe anónimo no se llamaba “Tomás” y que muy probablemente en su tiempo no existía gmail.

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