Bad Timing

El día anterior me habían prestado un libro de un novelista que no conocía. Era una mierda. En el reverso de la portada se describía al autor como un académico de una universidad conocida, así que la obra tenía todas las características de ser un halago a su ego. Encontré que el argumento era plano y cualquier lector con algo de sesos podía notar como varios de los personajes eran zalameros homenajes a los integrantes de su círculo más cercano. Sin embargo como solía decir un antiguo amigo mío que terminó viviendo en las calles, hasta con la basura te puedes identificar.

La historia se desarrollaba en un prístino entorno rural a las afueras de una ciudad pequeña, de esos que ya solo existen en la memoria de la gente vieja. Por obvias razones el personaje principal era una versión joven del autor y los antagonistas no eran más que los trillados problemas de la adolescencia. La trama principal versaba sobre un enamoramiento fallido, que justificaba que en el final el protagonista decidiera irse a estudiar ingeniería en la capital. Lo psicológicamente rescatable era que la novela tratara tan mal al único escritor del pueblo ficticio donde se desarrollaba la historia. Era lo único interesante de la obra y solo debido a que me había recordado como odio a los poetas.

Natalia me odiaba tanto o más de lo que yo odiaba a los líricos. Habían pasado tres meses desde que vendí mi último cuento a una revista. Así que el peso de nuestras deudas residía por completo en sus hombros. Adeudábamos el arriendo del departamento, nuestra despensa se limitaba a la mercadería casi podrida que comprábamos en un callejón secundario cerca del mercado central y mi única forma de acceder a un trago decente era mediante los amigos, y estos siendo astutos postergaban con mayor frecuencia sus visitas. Me parecía que Hemingway se burlaba de mí desde uno de los pocos libros que no habíamos vendido. En la pobreza y el hambre es donde reside la honestidad de la literatura había dicho en sus últimos escritos.

Busqué en la red para saber más sobre la vida de Hemingway después de la guerra y me di cuenta que su frase era una mentira más. Él jamás había enfrentado una situación semejante a la mía y tal vez su conocimiento se limitaba a las mujeres y al licor, pero en vista que esos apartados de sabiduría los tenía cubiertos con Bukowski, tomé su consejo y aquella tarde me dirigí a un bar en el que sabía que en honor a tiempos mejores me regalarían un vaso de cualquier cosa. Estaba ubicado cerca de mi casa así que si Natalia armaba un berrinche al no encontrarme podía apersonarme en poco tiempo.

El local se encontraba en una zona donde los moteles y los restaurantes se alternaban, el barrio de las mozas le solían llamar. Su propietario tenía complejo de mecenas así que solía depositar su confianza en cualquiera que se declarara artista. Yo recibía cierto aprecio en aquel lugar debido a mi condición de escritor profesional. La realidad era que mi segunda colección de cuentos solo había sido publicada porque Natalia quería tener una prueba tangible de que apoyaba mi carrera de escritor. El dueño me reconoció y después de un abrazo hizo una señal para que me asignaran una mesa. El mesero omitió traerme la carta y se limitó a traerme un vaso de aguardiente. En ese instante entendí que era el que mejor me conocía en aquel sitio.

La clientela a esa hora de la tarde consistía en parejas de jóvenes que necesitaban envalentonarse con un trago para alquilar una habitación. La excepción era una mesa en la que dos mujeres miraban con insistencia en mi dirección mientras un joven hablaba gesticulando con un lápiz invisible en la mano mientras me señalaba con la otra. Les tomó quince minutos acercarse a mi mesa, y me ofrecieron parte de la cerveza que tenían. Inventé una excusa para explicar mi único vaso y como me suele pasar con gente que no me importa me comporté absolutamente encantador. Los tres estudiaban el último año de letras y dos de ellos eran novios. Transcurrida una hora la pareja se excusó por tener que retirarse, y media hora después me encontré a mí mismo entrando acompañado al motel más cercano.

Ella tenía los ojos claros con ese extraño fulgor que busca independizarse del verde, tenía el cabello negro y unas formas de diosa griega. Me perdí entre sus piernas y durante un lapso me olvidé de todo. Aquella mujer disfrutó de estar conmigo como no lo había hecho nadie en un largo tiempo, y fue así durante ese momento de completa intimidad cuando me pregunté una vez más por qué el autor de la novela repudiaba tanto a la profesión que aspiraba tener. Y en un momento de lucidez se me ocurrió que él sabía que escribía como el culo y que nunca podría mejorar. La mujer que me abraza con los ojos cerrados es digna del mejor de los poemas pensé y yo solo soy capaz de escribir un cuento.

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