La Reina Isabel cantaba rancheras (Fragmento)

“Y comienza, entonces, la mejor parte de su papel, el clímax de su obra, la apocalíptica representación de sus venidas ululantes, apoteósicas, a todo trapo. Con una lastimosa carita de cordera degollada, tal cual usted me la pintó, paisa, comienza por entornar los ojos y estremecerse como tomada por una onda sísmica, como asida por una descarga eléctrica, como tocada por el sagrado y terrible fuego de Pentecostés. De entrecortado anhelito, su respiración se le va haciendo silbido, bramido, estertor de moribunda; de su garganta borbotean, ahora abisales, humeantes, ya espumosas, sus fermentadas frases amatorias: obscenidades de puta loca chilla enardecida, lirismos de poetisa ninfómana declama transportada, tecnicismos de profesora pervertida repite delirante, blasfemias de monja posesa aúlla convulsa y desfigurada, hasta quedar de pronto muerta de muerte súbita completamente rígida, pálida, etérea, extenuada hasta la lástima, lánguida hasta la hermosura. Y tras este brevísimo lapso de quietud —vértigo del verdugo antes del golpe de gracia, epifanía del mártir antes del fuego— renace y estalla en veloces besos de basilisco, en morbosas mordidas de rata hambrienta, en sangrantes arañazos de leoparda herida. Tempestuoso ataque de amor incontenible, desmedido, escandaloso, que va disipándose gradualmente en somnolientas brisas de playas lacustres, esfumándose en tenues suspiros de animalito satisfecho, deviniendo al fin en un teatralísimo y deleitoso desmayo de paroxismo, algo así como el broche de oro o la reverencia triunfal de una diva tras el último cuadro de su ópera magna.

Le juro, paisanito lindo, que me dieron ganas de aplaudir, de rogarle un bis, de pedirle un autógrafo, de hacerle entrega de un galvano de reconocimiento, dan ganas; de prenderle una medalla al mérito. Dan ganas de obsequiarle un bouquet de flores como se estila en los grandes escenarios del mundo con la artista principal; de extenderle un contrato millonario a esta espectacular actriz salitrera, a esta chimbiroquita prodigiosa que, tendida de espaldas sobre su cama, plasmada aún en su rostro la expresión alelada de los que vuelven a la gloria (tenía los ojos llorosos y la piel de gallina incluso, paisa, se lo juro), mientras el hombre termina de asearse, de vestirse y de marcharse, piensa que de seguir así, de continuar perdiendo la cabeza por cada pailón con cara de niño que entre a verla, no va a durar por mucho tiempo más en cartelera. “Estoy igual que esas malas actrices que terminan llorando de verdad”, se dice riéndose sola en el camarote, incorporándose apenas, comenzando a estirar prolijamente los pliegues azafranados de su putañera colcha.”

Hernán Rivera Letelier

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