La broma (Fragmento)

“Vlasta ya duerme. Pobrecita, a ratos ronca un poquito. Ya todos duermen en casa. Y yo aquí acostado, grande, grande, grande y pensando en mi impotencia. Aquella vez la sentí terriblemente. Antes suponía ingenuamente que todo estaba a mi alcance. Ludvik y yo nunca nos habíamos hecho ningún daño. ¿Por qué no iba a poder restablecer, con un poco de buena voluntad, nuestra antigua relación?

Ya se vio que no estaba a mi alcance. No estaba en mis manos ni nuestro alejamiento ni nuestro acercamiento. Me quedaba la esperanza de que estuviese en las manos del tiempo. El tiempo pasaba. Desde nuestro último encuentro habían transcurrido nueve años. Ludvik entre tanto terminó la carrera, consiguió un puesto estupendo, se dedica a la ciencia en una especialidad que le interesa. Yo sigo con atención, a distancia, lo que le ocurre. Lo sigo con amor. Nunca podré considerar a Ludvik como enemigo ni como una persona extraña. Es mi amigo, pero sufre un encantamiento. Como si se repitiese la historia del cuento en el que la novia del príncipe se transforma en serpiente o en rana. En los cuentos siempre todo lo resuelve la fiel paciencia del príncipe.

Pero por el momento el tiempo no despierta a mi amigo de su encantamiento. Durante este período me enteré varias veces de que había pasado por nuestra ciudad. Pero nunca vino a visitarme. Hoy me lo encontré pero hizo como que no me veía. Maldito Ludvik.

Todo empezó en aquella época en que hablamos por última vez. Comencé a sentir, cada año con mayor intensidad, que a mi alrededor se incrementaba la soledad y dentro de mí brotaba la angustia. Cada vez había más cansancio y menos alegría y éxito. El conjunto seguía teniendo cada año sus invitaciones para ir de gira al extranjero, pero después las invitaciones fueron disminuyendo y hoy casi no nos invitan a ningún sitio. Seguimos trabajando, cada vez con mayor ahínco, pero a nuestro alrededor se extiende el silencio. Estoy en un salón vacío. Y me parece como si hubiera sido Ludvik el que dio la orden de que me quedara solo. Porque no son los enemigos los que lo condenan a uno a la soledad, son los compañeros.

Desde entonces huyo cada vez con mayor frecuencia a aquel camino rodeado por pequeñas parcelas. Al camino que atraviesa los campos y junto al cual crece en el lindero un rosal silvestre solitario. Ahí es donde me encuentro con mis últimos fieles. Ahí está el desertor con sus muchachos. Ahí está el músico ambulante. Y ahí, más allá del horizonte, hay una casa de troncos y en ella está Vlasta, la pobre muchachita.

El desertor me llama rey y me promete que cuando quiera podré contar con su protección. Basta con ir hasta el rosal silvestre. Dice que ahí siempre nos encontraremos.

Sería tan sencillo encontrar la calma en el mundo de la imaginación. Pero yo siempre he tratado de vivir en los dos mundos al mismo tiempo y no abandonar uno de ellos por culpa del otro. No debo abandonar el mundo real, aunque en él siempre pierda. Al final será suficiente con que logre una sola cosa. La última:

Entregar mi vida como un mensaje claro y comprensible a una sola persona que lo comprenda y se encargue de llevarlo. Mientras no lo logre no podré irme con el desertor al Danubio.

Ésa persona en la que pienso, que es mi única esperanza después de todas las derrotas, está separada de mí por una pared y duerme. Pasado mañana montará a caballo. Lo llamarán rey. Ven hijito. Me duermo. Te llamarán con mi nombre. Voy a dormir. Quiero verte a caballo en sueños”

Milan Kundera

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