La Contadora de Películas (Fragmento)

“Por ese tiempo descubrí que a toda la gente le gusta que le cuenten historias. Quieren salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.

Sin pensarlo siquiera, yo había llegado a convertirme para ellos en una hacedora de ilusiones. En una especie de hada, como decía la vecina. Mis narraciones de películas los sacaban de esa nada agria que era el desierto y, aunque fuera por un rato, los transportaba a mundos maravillosos, llenos de amores, sueños y aventuras. A diferencia de verlos proyectados en una pantalla de cine, en mis narraciones cada uno podía imaginar esos mundos a su antojo.

Alguna vez leí por ahí, o vi en una película, que cuando los judíos eran trasladados por los alemanes en esos cerrados vagones de ganado -con sólo una ranura en la parte alta para que les entrara un poco de aire-, mientras iban cruzando las campiñas olorosas a hierba húmeda, elegían el mejor narrador entre ellos y, haciéndolo trepar sobre sus hombros, lo subían hasta la ranura para que les fuera describiendo el paisaje y contándoles lo que veía al paso del tren.

Yo ahora soy una convencida de que entre ellos debió haber muchos que preferían imaginar esas maravillas contadas por su compañero, a tener el privilegio de mirar ellos mismo por la ranura.”

Hernán Rivera Letelier

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