Soy Leyenda (Fragmento)

“Neville se arrodilló y le puso las manos sobre el lomo para calmarlo. Lanzó un ladrido entrecortado y las mandíbulas castañetearon bajo la colcha.

– Bueno -dijo Neville-. Basta.

El perro trató de librarse, sin dejar de emitir aquel agudo gemido. Neville le acarició el cuerpo suavemente, hablándole con voz calma y dulce.

– Bueno, bueno, animal. Nadie va a hacerte daño. Tranquilízate. Vamos, tranquilízate. Eso es. Descansa. Nadie te hará daño. Te cuidaré.

Siguió hablándole así, ininterrumpidamente, durante cerca de una hora, con una voz baja y monocorde. Y lentamente, aquellos temblores fueron cediendo. Una sonrisa animó el rostro de Neville.

– Muy bien, criatura. Cálmate. Te cuidaré.

El perro dejó de agitarse. Neville le acarició desde la cabeza hasta la cola.

– Eres un perro bueno. Un perro bueno -dijo con dulzura-. Voy a cuidarte. Nadie podrá hacerte daño. ¿Comprendes? Claro que sí. Claro. Serás mi perro ¿vale?

Se sentó con cuidado en el suelo sin parar de acariciar al animal. -Eres un perro bueno, un perro bueno.

La voz de Neville era tranquila relajada.

Pasó cerca de una hora más y levantó al perro, que durante unos instantes se resistió y empezó a gemir. Pero Neville le habló de nuevo y lo calmó.

Se sentó en la cama y puso al perro, aún envuelto en la colcha, sobre sus rodillas. Se quedó así durante horas, acariciando y hablando. El perro quedó inmóvil, respirando con más facilidad.

A eso de las once Neville fue sacando lentamente la colcha y la cabeza del perro quedó descubierta.

Durante un rato el animal trató de zafarse de las caricias. Pero Neville le sujetó con una mano en el cuello y con la otra lo rascó y acarició suavemente.

– Pronto estarás bien -murmuró-. Muy pronto.

El perro lo miró con ojos tristes y enfermos, y luego sacó la lengua y lamió la palma de Neville.

Neville sintió un nudo en la garganta. Miró al perro silenciosamente. Las lágrimas le corrieron por las mejillas.

Una semana después, murió el perro.”

Richard Matheson

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Óscar y las mujeres (Fragmento)

“- Marco Aurelio, ¿no se te ha ocurrido simplemente divorciarte?

– De momento, no. Al menos hasta que resuelva algunos temas financieros, no me puedo permitir otra ex esposa. Son más caras que las esposas.

– Comprendo, pero tus problemas me tienen sin cuidado. ¿Me puedes dar la dirección del puticlub, por favor?

– Te puedo dar la dirección de un local mejor, con más clase… Es importante variar, ¿sabes? Explorar nuevas experiencias. Mantenerse joven.

– El mismo local, Marco Aurelio. Sólo quiero ir ahí.

Pesantes soltó un mugido de preocupación. Mantuvo un largo silencio, durante el cual a Óscar le pareció escuchar que abría su pastillero y se comía una dosis de paz. Luego se animó a preguntar:

– Óscar… No te estarás enamorando de Nereida, ¿verdad?

– Oh, mierda.

– Cuando te hablé de enamorarte me refería a amor-de-media-hora. No a amor del otro. Ya sabes.

– ¿Me puedes dar la dirección?

– Sólo tengo un consejo que darte, ¿OK?

– No quiero tus consejos.

– Te lo daré de todos modos: si te acuestas con una mujer y después de eyacular sigues queriendo estar con ella…

– Marco Aurelio…

– Escucha: si después de eyacular quieres seguir ahí tumbado con ella, y abrazarla y hacerle mimitos y darle besitos…

– ¿Sí?

– Huye.

– Que huya.

– Sal de ahí corriendo. El amor está bien un rato. Pero luego sólo trae problemas.

– ¿Ya me das la dirección?

– Recuerda: el sexo te hace olvidar las tensiones: El amor te las crea.

– Trataré de recordarlo.

– ¿No quieres cambiar de chica?

– No.”

Santiago Roncagliolo

El mundo de afuera (Fragmento)

“Zigzagueó entre las lápidas la ruta que ya conocía y cuando llegó al mausoleo, se arrodilló frente a las cariátides que custodiaban la puerta enrejada. Aquí estoy, mi niña, balbuceó el Mono, hoy vengo sin flores, perdóneme. Gateó hasta la reja y se agarró de ella para ponerse de pie. Clavó la mirada en las flores marchitas bajo el nombre de Isolda y se lamentó, qué pesar, nadie ha vuelto por aquí. Pegó la cara a los hierros y se puso a llorar pasito, para no alertar a los celadores. En cualquier momento se pondría oscuro y nadie lo descubriría si se acurrucaba entre el mármol negro.

Sin dejar de llorar sacó la botella y se echó varios tragos largos. Le habló a la lápida y le dijo, de pronto mañana yo también estoy muerto. Trató de recordar el verso que decía, Algo se muere en mí todos los días, la hora que se aleja me arrebata. Repitió el comienzo para ver si con el impulso agarraba el resto, pero no logró recordarlo. Tarareó el verso hasta el final, hasta la estrofa que buscaba, Y en todo instante, es tal mi desconcierto, que, ante mi muerte próxima, imagino que muchas veces en la vida… he muerto.

Respiró hondo varias veces y luego, como si le contara un secreto, le dijo a la tumba de Isolda, le he hecho prometer a mi mamá que cuando me muera, me entierre en este cementerio, no aquí con los ricos sino más allá, con los pobres. Es lo más cerca que podemos quedar, mi niña.”

Jorge Franco

Siútico – Arribismo, abajismo y vida social en Chile (Fragmentos)

Términos equivalentes: Snob\LeftrightarrowSíutico ; Roto\LeftrightarrowCholo;

-1-

“Rotear es de rotos”

-2-

“Una chilena residente en Europa, (…), cuenta el caso de una mujer de su entorno familiar que fue a visitarla a Berlín:

Llegó al aeropuerto, bajó del avión, me saludó, y con un suspiro de alivio declaró: <<Aquí se respira otra raza, aquí uno se siente bien>>.

Nótese que en estos casos el <<uno>> es muy claro y apunta al grupo de <<la gente como uno>>. Prosigue la chilena en Berlín:

[Ella] se cagaba en todo lo que establece el orden civilizado, se cagaba en el reciclaje, en los pasos de cebra, en las colas, y mientras tanto repetía que ella tenía que vivir aquí, porque se sentía cómoda, era lo suyo. Y no sabes cómo le hacía falta la nana. Mi pareja, un europeo amamantado por la socialdemocracia europea, no daba crédito de lo que salía de la boca de esa mujer que se juraba progresista. Yo tenía que explicarle que no era mala. Que solo era tonta.

-3-

“Es siútico el tipo que no te puede convidar a comer pollo con arroz. Te convida a comer caviar, pero del más barato”

-4-

“La antropóloga Loreto Rebolledo estudió la historia del exilio chileno posterior al golpemilitar de 1973. Uno de los fenómenos que le llamaron la atención fue la discriminación a la hora de sacar del país a la gente de izquierda que corría peligro. El sistema funcionaba a través de listas de personas que requerían las embajadas extranjeras en Santiago. <<Los mismos partidos organizaban esas listas, y se elaboraban en función de los contactos que se tenían o bien si la persona era militante de alto rango.>> Los intelectuales, los dirigentes y los profesionales fueron los primeros en ser solicitados por las embajadas. Ellos viajaron preferentemente a países latinoamericanos. Los menos privilegiados, aquellos sin contactos en las cúpulas de los partidos ni familiares que se preocuparan de ponerlos en una lista, fueron a parar a Suecia, Inglaterra y los Países Bajos. Entre estos exiliados estaban los campesinos mapuches miembros de partidos de izquierda. Loreto Rebolledo explica:

Cuando los mapuches llegan a los países que los acogieron, les llama la atención que allí los tratan como a cualquier chileno, porque para el europeo todos los chilenos son del mismo color. Eso los sorprendió, y es algo muy interesante porque en el fondo el tema es cómo la mirada del otro te construye la mirada que tienes sobre ti mismo.

-5-

“La tradición más primitiva y utilitaria reza que el mejor camino de un hombre para cavar su ruina social es casarse mal. Y casarse mal, para un varón en un esquema patriarcal, quiere decir, en orden de importancia, hacerlo con una mujer sin apellido, sin dinero y sin ambiciones.”

“Una entrevistada sensible al tema, hija de un renombrado dirigente del agro, asegura que la manera más efectiva de confirmar el origen y el destino de un hombre es conociendo a su mujer:

La mujer es la que muestra la hilacha. En una oficina de puros hombres no se nota tanto quién es quién, pero cuando aparecen las esposas uno termina de enterarse.

-6-

“Esther Edwards le da un sentido diferente a esa relación de conveniencia entre la clase alta y los militares, con una metáfora limpia y feroz:

Si tú tienes una empleada maravillosa, que te plancha las camisas a la perfección, que te plancha las sábanas, que te hace las comidas más exquisitas, no la vas a echar porque usa un perfume que no soportas. No. Lo que haces es aguantarla.”

-7-

“El chileno cosmo [siútico] es muy de diseño, de tienda y de tendencia, todo lo nuevo le mata. (…) Para el cosmosiútico la tecnología de punta tiene como valor agregado el estatus, por lo tanto se desvive por el gadget y por el nuevo modelo que ya tiene encargado. El encanto no está solo en tenerlo, sino en decir que se lo tiene, y decirlo en inglés tecnocrático, que es como hablar un idioma distinto que le debe más a Bill Gates y Paris Hilton que a Shakespeare o Hemingway.”

-8-

“Pero está el otro abajista. No el de gallada, sino el criado en la prosperidad económica aunque bajo la idea de multiculturalismo, de la pluralidad, y de la noción de justicia social. Ése es el cuico [pelucón] abajista que lee a Susan Sontag, escucha a Manu Chao y se reúne con sus amigos en una cantina con referencias a los tugurios rurales con borrachitos sin destino (…)”


Óscar Contardo

La Contadora de Películas (Fragmento)

“Por ese tiempo descubrí que a toda la gente le gusta que le cuenten historias. Quieren salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.

Sin pensarlo siquiera, yo había llegado a convertirme para ellos en una hacedora de ilusiones. En una especie de hada, como decía la vecina. Mis narraciones de películas los sacaban de esa nada agria que era el desierto y, aunque fuera por un rato, los transportaba a mundos maravillosos, llenos de amores, sueños y aventuras. A diferencia de verlos proyectados en una pantalla de cine, en mis narraciones cada uno podía imaginar esos mundos a su antojo.

Alguna vez leí por ahí, o vi en una película, que cuando los judíos eran trasladados por los alemanes en esos cerrados vagones de ganado -con sólo una ranura en la parte alta para que les entrara un poco de aire-, mientras iban cruzando las campiñas olorosas a hierba húmeda, elegían el mejor narrador entre ellos y, haciéndolo trepar sobre sus hombros, lo subían hasta la ranura para que les fuera describiendo el paisaje y contándoles lo que veía al paso del tren.

Yo ahora soy una convencida de que entre ellos debió haber muchos que preferían imaginar esas maravillas contadas por su compañero, a tener el privilegio de mirar ellos mismo por la ranura.”

Hernán Rivera Letelier

La Zona Muerta (Fragmento)

“Inhaló una bocanada de aire, entrecortadamente, enderezando la espalda, con los ojos muy redondos y dilatados.

-¿Johnny…?

Ya no estaba allí.

Fuera lo que fuere lo que había estado allí, ya no estaba más. Se levantó y dio media vuelta y por supuesto no había nada. Pero lo vio allí, con las manos profundamente metidas en los bolsillos, con esa sonrisa desenvuelta, sesgada, en su rostro más simpático que bello, recostado, con su porte largirucho e informal, contra un monumento o contra uno de los pilares de piedra o quizá solo contra un árbol enrojecido por el fuego agonizante del otoño. Nada importante, Sarah… ¿sigues aspirando esa abyecta cocaína?

Allí no había nada, excepto Johnny. Cerca, en alguna parte, quizás en todas partes.

Todos hacemos lo que podemos, y eso debe bastarnos… y si no nos basta, debemos resignarnos. Nunca se pierde nada Sarah. Nada que no se puede hallar.

– El mismo viejo Johnny- susurró ella, y salió del cementerio y cruzó la carretera. Se detuvo un momento y miró hacia atrás. El tibio viento de octubre soplaba con fuerza y confusas amalgamas de luz y sombra parecían cruzar por el mundo. Los árboles murmuraban sigilosamente.

Sarah montó en su coche y partió.”

Stephen King

El Gran Gatsby (Fragmento)

“Iba a preguntarle su nombre, tenía la pregunta en la punta de la lengua, cuando Jordan miró a su alrededor y sonrió.

– ¿Te lo pasas bien por fin?

– Mucho mejor -me volví otra vez a mi nuevo amigo-. Esta fiesta me parece rarísima. Ni siquiera he visto al anfitrión. Yo vivo ahí -moví la mano hacia el seto, invisible en la distancia- y ese Gatsby me mandó una invitación con el chofer.

Me miró un momento como si no entendiera.

-Gatsby soy yo- dijo de pronto.

-Perdona -exclamé-. Te ruego que me perdones.

-Pensaba que lo sabías, compañero. Creo que no soy un buen anfitrión.

Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía -o parecía ofrecerse- al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor. Te entendía hasta donde quería ser entendido, creía en ti como tú quisieras creer en ti mismo, y te garantizaba que la impresión que tenía de ti era la que, en tus mejores momentos, esperaba producir. Y entonces la sonrisa se desvaneció, y yo miraba a un matón joven y elegante, uno o dos años por encima de los treinta, con un modo de hablar tan ceremonioso y afectado que rozaba el absurdo. Ya antes de que se presentara, me había dado la sensación de que elegía las palabras con cuidado.”

Francis Scott Fitzgerald