La Balsa de Piedra (Fragmento)

“(…), tal vez el hombre sea ese animal que no puede, o no sabe, o no quiere ser consolado, pero ciertos actos suyos, sin más sentido que parecer que no lo tienen, sustentan la esperanza de que el hombre vendrá un día a llorar en el hombro del hombre probablemente cuando sea demasiado tarde, cuando ya no haya tiempo para otra cosa.”

“(…) Entonces él quiso saber si ella vivía sola, porque hasta este momento no habían visto otras personas en la casa, y ella respondió que era viuda desde hacia tres años, que venían jornaleros a trabajar la tierra. Estoy entre el mar y los montes, sin hijos ni más familia, los hermanos que tengo emigraron a Argentina, mi padre murió, mi madre está loca en A Coruña, más solas que yo debe de haber pocas personas en el mundo. Podía haberse vuelto a casar, dijo Joana Carda, pero luego se arrepintió, no tenía derecho a decir aquello, ella que pocos días antes había roto su matrimonio y andaba ya con otro hombre, Estaba cansada, y una mujer, a mi edad, si vuelve a casarse será sólo por las tierras que tenga, los hombres vienen para casarse con las tierras, no con la mujer, Todavía es joven, Fui joven, aunque apenas recuerdo cuándo lo fui, y dicho esto se inclinó hacia el hogar, para que la lumbre la mostrara mejor, miraba a Joaquim Sassa por encima de las llamas y era como si le estuviera diciendo, Así soy, repara bien en mí, viniste a mi puerta sujeto por un hilo que estaba en mi mano, si quiero puedo arrastrarte a mi cama, y tú vendrás, estoy segura, pero hermosa nunca seré, a no ser que tú me transformes en la más bella mujer que haya existido, eso es obra que sólo los hombres son capaces de hacer, y la hacen, la pena es que no pueda durar siempre.”

José Saramago

Don Quijote de la Mancha (Fragmento)

“Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aún queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir <<Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo>>. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos.

Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amases. Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedirla ni escogerla. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿Por qué  la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda.”

Miguel de Cervantes

 

Tehanu (Fragmento)

“Esa noche caía una helada más fuerte. Su mundo estaba sumido en un perfecto silencio que sólo rompía el murmullo del fuego. El silencio era como una presencia entre los dos. Ella alzó la cabeza y lo miró.

-Y bien -dijo-, ¿en qué cama duermo, Ged? ¿En la de la niña o en la tuya?

Él respiro profundamente. Habló en voz baja.

-En la mía, si quieres.

-Sí.

El silencio lo inmovilizaba. Ella se daba cuenta del esfuerzo que hacía para escapar de ese silencio.

-Si me tienes paciencia… – dijo él.

-He sido paciente contigo durante veinticinco años -dijo ella. Lo miró y se echó a reír-. Ven, ven, querido… ¡Más vale tarde que nunca! No soy más que una vieja… Nada se pierde, nada se pierde jamás. Tú me lo enseñaste. – Ella se puso de pie y él se levantó; ella extendió las manos y él se las tomó. Se rodearon con los brazos, y se estrecharon. Se abrazaron con tal intensidad, con tal cariño, que todo lo que los rodeaba desapareció. Poco importó en qué lecho hubiesen pretendido dormir. Esa noche se tendieron en las piedras que rodeaban el hogar y allí Tenar le enseñó a Ged el misterio que ni siquiera los hombres más sabios podrían enseñarle.”

Ursula K. Le Guin

La Costa Más Lejana (Fragmento)

“Gavilán estiró el brazo y tomando la mano Arren, la apretó con rudeza: ahora los dos se tocaban se tocaban con los ojos y con la carne.

-Lebannen- dijo. Nunca había pronunciado el nombre verdadero de Arren, y Arren nunca se lo había dicho-. Lebannen, esto es. Y tú eres. No hay seguridad. No hay fin. La palabra ha de oírse en silencio. Para que se vean las estrellas es preciso que haya oscuridad. La danza se baila siempre sobre el sitio vacío, sobre el terrible abismo.

Arren hubiera querido soltarse, pero el mago lo retenía.

-Os he traicionado -dijo-. Y volveré a traicionaros. ¡No tengo suficiente fuerza!

-Tienes suficiente fuerza. -La voz de Gavilán parecía tierna, pero había en ella la misma dureza que había asomado en lo más hondo de la vergüenza de Arren-. Lo que amas, amarás. Lo que emprendas, lo llevarás a cabo. Se puede confiar en ti. No es de extrañar que no lo hayas aprendido todavía; solo has tenido diecisiete años para aprenderlo.

Pero reflexiona un momento, Lebannen. Rehusar la muerte es rehusar la vida.

-¡Pero yo buscaba la muerte!

-Arren levantó la cabeza y clavó la mirada en Gavilán-. Como Sopli…

-Sopli no buscaba la muerte. Buscaba acabar con el miedo a la muerte.

-Pero hay un camino. El camino que él buscaba. Sopli. Y Liebre, y los otros. El camino de regreso a la vida, a la vida sin muerte. Vos… vos más que cualquier otro… vos tenéis que conocer ese camino…

-Yo no lo conozco.

-Pero los otros, los hechiceros…

-Sé lo que ellos creen buscar. Pero sé que morirán, como ha muerto Sopli. Que yo moriré. Que tú morirás.

El puño del mago seguía reteniendo a Arren.

-Y valoro ese conocimiento. Es un gran don. Es el don de la identidad. Porque sólo perdemos aquello que es nuestro. Esa identidad, nuestro tormento y nuestra gloria, nuestra humanidad, no perdura. Cambia y desaparece. Una ola en el mar. ¿Querrías acaso que el mar quedara inmóvil, que las mareas cesaran para salvar una sola ola, para salvarte tú? ¿Renunciarías a la habilidad de tus manos, a la pasión de tu corazón, a la avidez de tu mente, para comprar seguridad?

-Seguridad-repitió Arren.

-Sí -dijo el mago- Seguridad.

Soltó la mano de Arren y apartó de él los ojos, dejándolo solo, aunque seguían estando frente a frente.

-No sé- dijo Arren al cabo-. No sé lo que busco ni a dónde voy, ni quien soy.

-Yo sé quién eres- dijo Gavilán en el mismo tono de voz bajo y duro-. Eres mi guía. En tu inocencia y tu coraje, en tu insensatez y tu lealtad, eres mi guía, el niño a quien envío delante de mí en la noche oscura. Es tu miedo lo que sigo. Tú has pensado que yo te trataba con dureza. Nunca has sabido hasta qué punto. Me sirvo de tu amor como un hombre que enciende una vela para alumbrarse el camino y la deja arder hasta que se consume. Y hay que seguir. Hay que seguir y recorrerlo todo, hasta el último día. Hasta el lugar donde los manantiales se secan, el lugar al que te arrastra tu miedo mortal.

-¿Dónde está ese lugar mi señor?

-No lo sé.

-Yo no puedo llevaros. Pero iré con vos.”

Ursula K. Le Guin

 

 

Las tumbas de Atuan

“-Mientes -dijo la joven con vehemencia-, son invenciones tuyas.

Él la miró sorprendido.

-¿Por qué habría de mentir, Arha?

-Para que yo me sienta estúpida y miedosa. Para hacerte pasar por sabio y valiente y poderoso, y señor de dragones, y esto y aquello y lo de más allá. Tú has visto bailar a los dragones y las torres de Havnor, y lo sabes todo. Y yo no sé nada de nada y no he ido a ninguna parte. ¡Pero a todo lo que sabes son mentiras! No eres nada más que un ladrón y un prisionero, y no tienes alma, y nunca volverás a salir de aquí. Qué importa que haya océanos y dragones y torres blancas y todos lo demás, porque nunca volverás a verlos, nunca verás nada, ni siquiera la luz del sol. Todo cuanto yo conozco es la oscuridad, la noche subterránea. Y eso es lo único que realmente existe. Eso es, al fin y al cabo, cuanto hay que conocer. El silencio y la oscuridad. Tú lo sabes todo, hechicero. Pero yo sé una cosa: ¡la única cosa que es cierta!

Él agachó la cabeza. Las manos largas y cobrizas le descansaban sobre las rodillas. Arha le miró las cicatrices de la cara. Había ido más lejos que ella en la oscuridad; conocía la muerte mejor que ella, incluso la muerte… Sintió que un arrebato de odio subía a ella y le apretaba la garganta. ¿Cómo podía estar allí tan desvalido y ser tan fuerte a la vez? ¿Por qué no podía vencerlo?

-Por eso te he dejado vivir -dijo de repente, sin ninguna premeditación-. Quiero que me enseñes los trucos de los hechiceros. mientras tengas algo que enseñarme seguirás con vida. Si no tienes nada que enseñarme, si tus artes no son más que bufonadas y mentiras, entonces acabaré contigo. ¿Has entendido?

-Sí.

-Muy bien. Adelante.”

Ursula K. Le Guin