Personajes y comida china

La colilla aún encendida rebotó en el borde de la caja de cartón que cumple funciones de mesa y escritorio. El Ramiro se apura a recogerlo antes de que alguna de las hojas que ha arrancado de su cuaderno se cruce en su trayectoria. Aquel día improductivo, los escritos rechazados han terminado en el piso o en las estanterías del librero, el único mueble que sobrevivió a la ruptura de la pareja. Este hecho en lugar de proporcionar consuelo, solo le recuerda a Ramiro que en la repartición de bienes se ha quedado no solo sin mesa de comedor sino también sin libros.

El día anterior su hermano le sugirió arrinconar aquel tangible recuerdo y comprarse uno de aquellos monstruosos televisores que ocupan todo el espacio de la pared frente al sofá-cama; el aferrado propietario se niega pues en secreto alberga la esperanza de recuperar a Silvia. A este necio empecinamiento se deben los papeles regados en el suelo alrededor de Ramiro, pues si un escrito sirvió para acceder a un corazón, bajo el mismo razonamiento una nueva creación puede servir para reconquistarlo.

Durante toda la mañana el ofuscado aspirante a escritor buscó inspiración en el rastro intangible que Gloria había olvidado tras su partida. Intentó concentrarse en las incontables veces en que hombro con hombro cocinaron a dúo en la pequeña cocina, pero al hacerlo solo descubrió que era ella quien ponía el arte en esa actividad; lo mismo sucedió cuando sacó la guitarra de su estuche, en esta ocasión lo que faltaba era la armonía de su voz y aunque el sofá-cama en la sala guardaba aún la figura de Gloria solo le recordaba las incontables veces en las que hicieron el amor con premura.

Cuando pasó el mediodía y sin haber escrito más de cinco líneas antes de descartar cada nueva idea, el escritor al sentir como incrementaba su desesperación, ha intentado revisar con minuciosidad el closet mientras escucha la lista de canciones para los domingos de limpieza. Nada. Silvia ha sido tan meticulosa en su retirada, que sus únicas pertenencias son las camisetas de los conciertos a los que asistió obligada. Estas en lugar de mantener el recuerdo de su aroma insisten en recordarle a Ramiro que era ella la que hacía los sacrificios dentro de la relación.

Haciendo uso del poco optimismo que le resta, el escritor abre su blog para revisar escritos anteriores que le den una pista de creación. Los lee con cuidado, y ya sea por su estado anímico actual o el lapso que ha transcurrido entre cada uno empieza a vislumbrar un patrón. No se trata de una temática común ni un estilo en particular, sino que puede relacionar cada uno de ellos con un preciso instante de su vida y en especial con una persona. Así los relatos que tienen algo de romanticismo empiezan a cobrar nombres de antiguas amantes, aquellos que contienen un carácter cínico adquieren la dimensión de fracasos personales y los más incomprensibles le recuerdan noches de exceso.

El estado de abstracción en el que se ha quedado Ramiro, le permite a la pantalla del computador, después de semanas, revelarle un rictus alegre en su rostro. Alentado por aquel momento místico de felicidad empieza a presionar el teclado con una velocidad inaudita. Contrario a su habitual forma de escribir ha prescindido de su libreta, y empieza por describir a los protagonistas de su historia; encuentra que el personaje femenino tiene que ser una versión contraria a Silvia, y así, el autor la dota de una personalidad dulce, de un exquisito sentido del humor y de una sed de experimentación. Esperando ser coherente con su nueva historia plantea una versión distorsionada de sí mismo, el protagonista entonces resulta ser un joven sencillo, con cierta manía por el orden y propenso a escuchar.

Después de escribir varios reglones el autor se permite releer la descripción física de los personajes y asiente con la cabeza; a su pesar el alterego de Silvia es en definitiva preciosa, Ramiro sin desearlo le ha provisto de unos profundos ojos café y una sonrisa encantadora. Cualquier revancha en contra del género ha quedado de lado y sin poder evitarlo le ha hecho una gran cortesía a su contraparte de ficción. A continuación, los sitúa en un café, un lugar griego al que siempre Silvia sin éxito le instaba a ir. A Ramiro le parece que un amor instantáneo resulta poco creíble así que recalca la timidez de los protagonistas y su inexperiencia en asuntos de seducción. Así aquellos primeros párrafos van describiendo como los sentimientos de sus creaciones se van modificando de forma paulatina.

El escritor aprovecha el resto de la tarde para incrementar los párrafos de su obra. Viendo en sus personajes una forma de desahogo, los describe compartiendo la cena, bailando y mostrando sus primeros signos de celos. Escoge una sala de cine como escenario para la confirmación del estado de la pareja ficticia, y redacta una hermosa escena en la que un gesto con la mano reemplaza el lugar común del beso. Al terminar esta sección Ramiro se ha encontrado a sí mismo con lágrimas en los ojos; y no puede dejar de constatar que en comparación a la historia que acaba de escribir, su amorío con Silvia resulta ridículo y trillado.

Cuando el reloj marca las seis de la tarde la musa abandona al escritor. Para esa hora, los protagonistas ficticios han atravesado varios capítulos descubriéndose entre ellos y soportando las dificultades de la distancia. A su vez, el autor ha descubierto que aquel lugar que ocupaba su ex compañera y que le aportaba un constante sufrimiento se ha llenado de una extraña mezcla de resolución y esperanza. Ramiro satisfecho con el producto de su trabajo empieza a recordar que tiene un estómago al cual ha ignorado por completo. El relato queda entonces inconcluso y se incorpora como una minúscula parte de información dentro del ordenador.

El autor descubre con asombro que durante toda la tarde ha llovido con fuerza y que eso ha provocado que la mayoría de negocios cierre más temprano de lo habitual. Este fenómeno le obliga a caminar cuatro cuadras antes de encontrar un restaurante chino abierto. Al ingresar, el local se muestra atiborrado de personajes en la misma condición que el escritor. Esperando agilitar el trámite escoge el plato que sugiere ser el más simple del menú y toma asiento con varios clientes que también han ordenado para llevar. Con el espíritu en paz solo un aspecto atormenta a Ramiro, pero después de considerar el extenso tiempo que invirtió en crear la historia y los personajes, cree que el final de su relato será de los mejores que ha escrito.

Mientras tanto a muchas dimensiones de distancia una pareja tomada de la mano sonríe.

Bad Timing

El día anterior me habían prestado un libro de un novelista que no conocía. Era una mierda. En el reverso de la portada se describía al autor como un académico de una universidad conocida, así que la obra tenía todas las características de ser un halago a su ego. Encontré que el argumento era plano y cualquier lector con algo de sesos podía notar como varios de los personajes eran zalameros homenajes a los integrantes de su círculo más cercano. Sin embargo como solía decir un antiguo amigo mío que terminó viviendo en las calles, hasta con la basura te puedes identificar.

La historia se desarrollaba en un prístino entorno rural a las afueras de una ciudad pequeña, de esos que ya solo existen en la memoria de la gente vieja. Por obvias razones el personaje principal era una versión joven del autor y los antagonistas no eran más que los trillados problemas de la adolescencia. La trama principal versaba sobre un enamoramiento fallido, que justificaba que en el final el protagonista decidiera irse a estudiar ingeniería en la capital. Lo psicológicamente rescatable era que la novela tratara tan mal al único escritor del pueblo ficticio donde se desarrollaba la historia. Era lo único interesante de la obra y solo debido a que me había recordado como odio a los poetas.

Natalia me odiaba tanto o más de lo que yo odiaba a los líricos. Habían pasado tres meses desde que vendí mi último cuento a una revista. Así que el peso de nuestras deudas residía por completo en sus hombros. Adeudábamos el arriendo del departamento, nuestra despensa se limitaba a la mercadería casi podrida que comprábamos en un callejón secundario cerca del mercado central y mi única forma de acceder a un trago decente era mediante los amigos, y estos siendo astutos postergaban con mayor frecuencia sus visitas. Me parecía que Hemingway se burlaba de mí desde uno de los pocos libros que no habíamos vendido. En la pobreza y el hambre es donde reside la honestidad de la literatura había dicho en sus últimos escritos.

Busqué en la red para saber más sobre la vida de Hemingway después de la guerra y me di cuenta que su frase era una mentira más. Él jamás había enfrentado una situación semejante a la mía y tal vez su conocimiento se limitaba a las mujeres y al licor, pero en vista que esos apartados de sabiduría los tenía cubiertos con Bukowski, tomé su consejo y aquella tarde me dirigí a un bar en el que sabía que en honor a tiempos mejores me regalarían un vaso de cualquier cosa. Estaba ubicado cerca de mi casa así que si Natalia armaba un berrinche al no encontrarme podía apersonarme en poco tiempo.

El local se encontraba en una zona donde los moteles y los restaurantes se alternaban, el barrio de las mozas le solían llamar. Su propietario tenía complejo de mecenas así que solía depositar su confianza en cualquiera que se declarara artista. Yo recibía cierto aprecio en aquel lugar debido a mi condición de escritor profesional. La realidad era que mi segunda colección de cuentos solo había sido publicada porque Natalia quería tener una prueba tangible de que apoyaba mi carrera de escritor. El dueño me reconoció y después de un abrazo hizo una señal para que me asignaran una mesa. El mesero omitió traerme la carta y se limitó a traerme un vaso de aguardiente. En ese instante entendí que era el que mejor me conocía en aquel sitio.

La clientela a esa hora de la tarde consistía en parejas de jóvenes que necesitaban envalentonarse con un trago para alquilar una habitación. La excepción era una mesa en la que dos mujeres miraban con insistencia en mi dirección mientras un joven hablaba gesticulando con un lápiz invisible en la mano mientras me señalaba con la otra. Les tomó quince minutos acercarse a mi mesa, y me ofrecieron parte de la cerveza que tenían. Inventé una excusa para explicar mi único vaso y como me suele pasar con gente que no me importa me comporté absolutamente encantador. Los tres estudiaban el último año de letras y dos de ellos eran novios. Transcurrida una hora la pareja se excusó por tener que retirarse, y media hora después me encontré a mí mismo entrando acompañado al motel más cercano.

Ella tenía los ojos claros con ese extraño fulgor que busca independizarse del verde, tenía el cabello negro y unas formas de diosa griega. Me perdí entre sus piernas y durante un lapso me olvidé de todo. Aquella mujer disfrutó de estar conmigo como no lo había hecho nadie en un largo tiempo, y fue así durante ese momento de completa intimidad cuando me pregunté una vez más por qué el autor de la novela repudiaba tanto a la profesión que aspiraba tener. Y en un momento de lucidez se me ocurrió que él sabía que escribía como el culo y que nunca podría mejorar. La mujer que me abraza con los ojos cerrados es digna del mejor de los poemas pensé y yo solo soy capaz de escribir un cuento.

El pequeño cuento

Esta vez sí rompemos el maleficio – le dijo el mago mientras la Dama se quitaba su yelmo y lo depositaba sobre el mueble más cercano. La valerosa guerrera juntó varios de sus ropajes y los puso a su alrededor; solía pasar que un frío glacial invadía la habitación mientras se recitaban los hechizos. Una maldición desconocida aquejaba a la aventurera, tal vez pronunciada por un enemigo del pasado o por algún ente maligno escondido en un castillo siniestro, no importaban las palabras del hechicero el martirio se repetía todas las noches que intentaba conciliar el sueño.

El mal se manifestaba a través de una espantosa pesadilla, en ella la aventurera se perdía en un sombrío bosque y cada vez que caminaba sentía como infinidad de ojos se reproducían detrás de los matorrales, el crujir de las ramas conjugado con los ruidos del viento colándose entre las hojas era lo único que podía escuchar mientras una presencia maléfica resguardada en la oscuridad se acercaba por su espalda.

El hechicero enviado por la reina tenía los ojos cansados, durante un mes había intentado todos los sortilegios que conocía, varias noches intentó ayudarla con menjurjes calientes e incluso había optado por rodearla de tótems para que espantaran cualquier incursión malvada, pero todos los intentos habían resultado en fracaso. De vez en cuando lograba que la aventurera se sumiera en un sueño ligero y cuando despertaba encontraba al mago revolviendo en una gran olla una poción que le habían enseñado sus ancestros.

Aquella noche la estrategia fue diferente, el brujo había traído una caja misteriosa de donde empezó a sacar varios grabados de gente extraña, una bandera sobre la cual se había intercalado idiomas ininteligibles y por último un pergamino, procedió a extenderlo e intentando esbozar una sonrisa explicó que aquella antigua historia podía aportar algún dato para la posible cura, y así empezó a relatar:

“En un reino lejano muy parecido al nuestro existió alguna vez un muchacho que partió en un largo viaje y que para regresar a su hogar tenía que lograr varias hazañas. La primera serie de pruebas consistía en eliminar a criaturas que se interpondrían en su camino a lo largo de meses, con el pasar del tiempo entendió que para derrotar a cada monstruo requería que el joven aprendiera algo de sí mismo pues las bestias se aprovechaban de sus miedos y para enfrentarlos necesitaba ir descubriendo diferentes fortalezas en su interior.

La travesía emprendida no era un despropósito pues con anterioridad varios caballeros habían sido encomendados a diferentes misiones siendo los resultados diferentes para cada caso. Existían aquellos que fracasaban y regresaban al reino pero con sus espíritus destrozados, aquellos que sucumbían a las tentaciones de los lugares lejanos, algunos desaparecían sin dejar huella y existían muy pocos que regresaban con los tesoros acumulados a lo largo del lapso en el que estuvieron ausentes.

El caso del joven era muy particular, antes de partir había conocido el amor; y sin necesidad de promesas decidió con firmeza que regresaría para terminar sus días con aquellos ojos castaños que le habían cautivado. Y fue así que con la decisión firme en su corazón se batió con adversarios temibles, sorteó el canto de sirenas, superó enfermedades y solucionó con ingenio contratiempos siempre pensando en el futuro. Y a pesar de que conforme pasaban los días, otros monstruos que se hacían llamar soledad y depresión atacaban silenciosamente su espíritu; él sabía que de alguna manera desconocida el objeto de su amor le hacía llegar cartas con las palabras adecuadas que le mantenían luchando. Y cuando al fin llegó el día en el que todas las pruebas fueron superadas, se dirigió a sus aposentos y en silencio se hizo a sí mismo un juramento secreto. Cuando regresó a su reino dispuesto a permanecer en él se le concedió el poder de develar el pergamino de la sabiduría”

La Dama sentía como sus sentidos se iban adormeciendo, casi había olvidado lo bien que se sentía ese sopor previo al sueño; la historia le interesaba pero al mismo tiempo su objetivo estaba surtiendo efecto; no podía decidir si era el contenido o la forma mágica en la que el hechicero la relataba. – ¿Qué contenía el pergamino? –preguntó mientras bostezaba.

““El pergamino contaba la antigua historia de un viajero a quienes los dioses le permitieron sobrevivir a un naufragio. Enterado del favor divino pasaron por su mente pensamientos de orgullo y soberbia, por lo que fue castigado a sobrevivir durante el lapso de cinco años en una isla con los recursos justos para una vida austera.

El tiempo pasó y el náufrago obnubilado por el sonido del océano comenzó a pensar sobre las acciones indignas que había realizado durante su vida, entendió que de las pocas cosas que tenía que enorgullecerse, la mayoría eran errores cometidos consigo mismo; y también llegó a comprender que la falta de comodidades materiales no representaba en modo alguna la ausencia de felicidad.

Alcanzadas esas reflexiones los dioses guiaron un barco mercante lo suficientemente cerca como para que pudiera rescatarlo. El pergamino terminaba con una pregunta. ¿Qué era lo más valioso que había traído consigo aquel hombre?””

“Y mientras el joven terminaba el contenido, sonrió; y pudo imaginarse a sí mismo escribiendo una historia idéntica a la que acababa de leer. Al poco tiempo el reencuentro anhelado se cumplió y la memoria de las penurias quedaron olvidadas en aquellos lejanos lugares”

No era necesario un veredicto externo, el maleficio había desaparecido. La Dama se sumía en un hermoso sueño en el que se veía a sí misma enfrentándose con valentía en el torneo real a un campeón de lustrosa armadura blanca, con el último resquicio de lucidez quiso conocer el juramento del joven pero no alcanzó a pronunciar la pregunta. El mago veía complacido como una sonrisa se apoderaba de la Dama mientras dormía, y como se cerraban aquellos hermosos ojos castaños tan similares a los de la reina.

Cadáver Exquisito Independencia

I

Hubo una vez que tomábamos una chela

eterna sangre que bendice la vida,

es lo que me falta ahora que no estás.

 

La locura que irradia en nuestras vidas

que no alcanzan para este sueño

que sigue en la eternidad

y más allá estaba ella.

 

Y si por casualidad me invento algo

que solo vos y yo sentimos

que el mundo temblaba y los recuerdos

del pasado y las aventuras del presente.

 

Se me hace imposible imaginarte sin alcohol

y continuamos un camino

que cada uno forjamos

lo que el tiempo siempre preguntó.

 

II

 

Acabo de mirarte y hablarte de tus fantasmas

que me acosan y a la vez me bendicen

cada pensamiento hasta convertirlo

en suspiro, en vida.

 

Cuando nos tomábamos unas copas

que se van alargando como tus piernas

que constantemente temblaban

de miedo y pánico esperando una respuesta.

 

Y no fue el lugar tampoco tus ojos

enigmáticos, hipnotizantes

y espeluznantes escenas de infierno

entre tus dedos.

 

Recorro con lentitud tus labios

rebosantes de pasión

por tus manías

que se pierden en mis suspiros.

Parques que no lo son

Sin proponérselo había creado una rutina diaria en la que llegaba a una misma hora a aquel lugar. No se le podía dar el nombre de parque porque el descuido de la autoridad local hacía que los espacios verdes fueran irregulares y muchas de las que habían sido bancas ya no cumplían con el objetivo para el que fueron creadas. Cada vez que llegaba ignoraba aquel conjunto de madera y metal que había perdido su sentido y se refugiaba sin prisa en lo que quedaba de un mural junto al intento de un busto decorativo, le efigie no era de nadie muy conocido y la poca seguridad del barrio se traducía en que la placa con el respectivo nombre ya no permanecía en su lugar. Ella solía llegar con un pequeño bolso poco llamativo en el que solo cargaba un reproductor anticuado, una libreta, un lápiz y una bufanda por si hacía frío. Le gustaba escuchar música al azar en el camino, pero al llegar se dejaba contagiar del silencio y sin un fin específico comenzaba a dibujar en la libreta.

La columna que sostenía la escultura del homenajeado desconocido era la única salvaguarda contra el viento, por lo que le gustaba sentarse de espaldas a ella para que su cabello volara mientras su imaginación hacía otro tanto, esta posición no solo le permitía sentirse por un instante libre sino que le brindaba una vista maravillosa de como el cielo se tornaba rojizo y de un matiz sombrío. Tal vez esa concentración con la que veía palidecer el sol se había convertido en su ritual, había algo de místico en sentir una conexión tan real con el firmamento, a fin de cuentas el cielo de la capital era como su corazón que se oscurecía cada vez más con el paso de los días.

Existía un elemento adicional que le brindaba aquel sitio, la soledad. No se trataba de una melancolía juvenil, pues era capaz de mantener una vida normal en sociedad combinando los estudios universitarios con trabajos ocasionales los fines de semana. A los ojos de su familia nada podía fallar en aquella hija ejemplar pues su comportamiento diario era un secreto para todos y se sostenía en que los horarios eran fijos con clases en la mañana muy reales y clases en la tarde que no existían. Aquel parque que no lo era, con sus sillas descuartizadas y sus héroes anónimos, era su escape a ese vacío que poseía y no terminaba de entender su significado, o que al menos ella pensó no comprender hasta la lluvia de aquella tarde de abril.

En un inicio las gotas que empezaron a caer del cielo eran más una fresca llovizna que un problema real, así que ella cerró los ojos y dejó que le empaparan el rostro. Cuando los volvió a abrir una luz que en principio creyó perteneciente a un rayo le iluminó; frente a ella alguien sostenía una cámara fotográfica bastante anticuada que le tapaba casi toda la cara. Hubo un destello más, antes que colgara el armatoste de su cuello e intentara un saludo. Se trataba de un joven pálido con un peinado corto que intentaba una media sonrisa mientras le ofrecía disculpas que casi no entendía.

Ella sonrío frente a la perspectiva de que alguien la fotografiara sin avisarle, con una señal de su mano le invitó a sentarse junto a ella a lo cual el obedeció sin contradecirla. No existieron presentaciones y tampoco peroratas sobre el pasado del otro, simplemente apoyados los dos sobre el mural veían la singular combinación del atardecer y la lluvia que empezaba a crecer. Él se mostraba preocupado en proteger la cámara de la humedad así que ella en silencio sacó su bufanda y con un asentimiento en sus ojos se la pasó para que la utilizara como envoltorio. Por un instante cuando un rayo cruzó el horizonte él le tomó de la mano y esperó su reacción, ella volteó y permaneciendo tranquila le observó directo a sus ojos. Cuando el sonido del trueno llegó a ellos sus labios se conocieron.

En esta particular escena de la historia no se puede hablar de una pasión cálida como la proclaman los poetas, pero ese gesto sencillo entre dos seres desconocidos en el entorno más anónimo posible les permitió expresar lo que muchas veces los seres humanos tardan años en sentir. El beso no se prolongó y cuando la lluvia dio paso a una pequeña tempestad ella antes de emprender el camino a casa le dijo que otro día le devolviera la prenda. El chico abrió la boca para asentir e inmediatamente caminó en la dirección contraria.

Habían pasado seis meses de aquella experiencia y el ritual había cambiado, la soledad había dado paso a un sinfín de acciones y un millar de palabras. Ahora sabía que él era Tomás, que estudiaba derecho por las presiones familiares, que le gustaban las flores silvestres y que amaba la fotografía. Ella prefería mantener su misterio, así que las pocas veces que él intentaba sacar algo de ella la mayoría de veces resultaban en monosílabos o largos silencios. No se trataba de que ella no sintiera lo mismo sino más bien de la esperanza que tenía de que al permanecer alejado de todo lo suyo se mantenía siendo tan especial como lo eran sus días en el parque.

Cuando una tarde él le avisó que se marcharía a estudiar en el extranjero, ella volvió a su mutismo rutinario y no derramó lágrimas. Tomás le pidió mil veces que le diera más información sobre ella. Argumentó que en los tiempos modernos no era posible que la distancia terminara con las relaciones personales y mientras le decía “Te amo” le imploró que al menos le diera su dirección. Ella le tomó de la mano y se sentaron en el mural como el día que se habían conocido. Mientras compartían el que sería el último beso sintió como él guardaba algo en su bolso y al llegar a su casa encontró frente a sí la primera foto en blanco y negro que él le había tomado.

Cuando transcurrieron cinco años el ritual del parque apenas ocupaba un resquicio en la memoria, su vida profesional era perfecta y con lo que ganaba se permitió salir a vivir sola en otra parte de la ciudad. Nunca se permitió enamorarse de nuevo y guardaba con cariño el último presente de Tomás. Lo había reproducido en un cuadro más grande que ocupaba un lugar en su sala aunque la original siempre permanecía en su billetera. No sabía si por efectos del cambio climático o el calentamiento global durante todos esos años la lluvia evadió al mes de abril así que aquel jueves al salir de su oficina sonrió como no lo hacía desde hace mucho tiempo al sentir las primeras gotas en la palma de la mano.

No recordaba la sucesión de eventos que la llevaron precipitadamente a tomar un taxi y dirigirse al abandonado mural, ignoró las advertencias del conductor sobre lo peligroso del lugar y al abandonar el auto corrió aún a sabiendas de que nada le garantizaba que alguien la esperaba. Cuando llegó al parque donde había sido tan feliz una sombra cayó sobre su corazón al encontrar que todo estaba más deteriorado de lo que recordaba. Al observar en todas las direcciones comprobó que nadie se encontraba en las cercanías. En su interior se maldijo por dejarse llevar por lo irracional de sus actos y optó por sentarse como tantas veces lo había hecho apoyada mirando el atardecer. Cuando estaba a punto de romper en llanto, un rayo iluminó el cielo y un extraño reflejo brilló sobre la superficie de los charcos que se empezaban a formar frente al héroe anónimo. Ella se levantó y con absoluta sorpresa vio que existía una placa nueva debajo del busto que se encontraba asegurada con varios tornillos. Entonces estalló en una risa que invadió toda la extensión del parque y no se trataba de la alegría que conlleva la certeza de recuperar una bufanda que se creía perdida, era más bien la seguridad de que el héroe anónimo no se llamaba “Tomás” y que muy probablemente en su tiempo no existía gmail.

La tarea más importante

A Roca siempre le había parecido innecesaria la guerra silenciosa que las castas nobles cuzqueñas mantenían desde hace años. Los Hurin se habían adueñado del señorío al imponer a Yupanqui como Inca y este a su vez pensaba haber asegurado su legado al engendrar múltiples hijos. De esta manera los Hanan vieron disminuida su influencia en los asuntos de la corte y con impotencia vieron como los más jóvenes de entre ellos fueron enviados a las fronteras a lidiar con las incursiones de los Ayamarcas y los Chancas.

Su familia pertenecía a los Taipicala quienes siempre se habían caracterizado por su ferocidad guerrera y su ingenio en los asuntos económicos, pero el principio que impulsaba a sus antepasados no era el acumular honores sino el servicio al sol y su compromiso con la Pachamama. Roca había sido diferente, cada vez que algo le mortificaba solía acostarse sobre la hierba y en poco tiempo encontraba consuelo y consejo en el cielo. Era precisamente este factor de reflexión lo que provocó que con el tiempo el pueblo simpatizara mucho con aquel extraño niño que conversaba con las estrellas. Cuando creció, no mostró interés en participar en las pruebas que hacía Yupanqui entre la juventud de la nobleza, el Auqui heredero le era indiferente y cuando supo suficiente acerca de las artes de la guerra se presentó voluntario a formar parte de la compañía más cercana a partir a la batalla.

Diez años habían transcurrido desde su partida y su nombre ya era conocido incluso entre sus enemigos, pero su corazón preservó su esencia noble porque cada ocasión en la que requirió reposo, lo encontró en las nubes que jugaban entre los volcanes, y las muertes que presenciaba se desvanecían al constatar los homenajes estelares que se producían en el sur de su patria. Las victorias se convirtieron en hazañas y la vida diaria en mito, el hecho que la mayoría de héroes incas fueran Hanan impulsó en el Cuzco un movimiento que terminaría en un golpe de estado que acabó con la vida de Yupanqui y de muchas familias unidas por sangre a él. La población común que era la afectada por este caos se tornó temerosa de una guerra civil prolongada y solicitó a gritos que Roca fuera el próximo regente y ante su propia perplejidad se encontraba regresando a su tierra como el elegido para ser el siguiente Inca.

Apenas arribó a la capital se encargó de calmar los ánimos entre todos los círculos allegados a su familia y con un amargo sabor de boca propuso arreglos de uniones para que las dos castas se comprometieran a un cese de hostilidades, en su interior sabía que estos actos eran meramente paliativos y que él mismo corría la suerte de ser el primero de una nueva serie de muertes si no encontraba la manera de encontrar un equilibrio. Debido al interés de una paz momentánea se le había permitido usar el manto de vicuña inca tradicional y el cetro de oro topa yauri sin haber realizado la ceremonia sagrada para denotar su autoridad. Sin embargo pese a lo lujoso de sus atavíos el firmamento se negaba a hablar con él, así que su esperanza residía en que aquella noche alguna señal divina le iluminaría el camino.

Cuando todas las formalidades humanas y divinas fueron completadas, el único requisito restante era la aprobación de la mama Killa; a la luz de ella y de las estrellas el sacerdote le daría de beber el caldo sagrado que le develaría los secretos del tiempo. Cuando la ceremonia comenzó Roca en silencio vio como en una vasija que llevaba ya cinco días al fuego se mezclaban infinidad de ingredientes entre los que alcanzó a distinguir las ramas de Chavín, la soga del muerto shuar y la coca. El sacerdote extrajo parte del contenido en un cuenco y al entregárselo comenzó una letanía de oraciones en las que solicitaba la intervención de Viracocha, de la Pachamama, de Apo y de todos los dioses para que el nuevo Inca no extraviara el regreso durante el crucial viaje.

Cuando Roca terminó de beber el cuenco, la estancia empezó a trastocarse y se vio elevado sobre una niebla desconocida solo para contemplar como en un segundo las montañas surgían de la tierra y como entre la acción de las aguas que descendían de ellas se formaban los primeros valles, vio como unos seres más rudimentarios que los humanos empezaban a caminar en ellos y sorprendido vio como creaban un pequeño asentimiento que al contrastarlo por la posición de los cerros reconoció como un Cuzco primitivo. Observó cómo la población y la ciudad crecía exponencialmente, hasta que se vio a sí mismo partiendo a la guerra y en un pequeño parpadeo vio a un postrado Roca que parecía dormir en una estancia idéntica a la que él había abandonado. En instantes vio como aquel personaje idéntico a él delegaba toda la tarea sacerdotal a los Hurin, mientras que encomendaba a los Hanan la defensa y la economía del imperio. Estuvo presente en las futuras victorias y derrotas de su descendencia, y con horror presenció su posterior esclavitud, su falsa liberación y como en una nueva “guerra en silencio” los hijos de los conquistados renegaban de los lazos que los unían a la tierra.

Con un profundo dolor en su corazón se preguntó si su costumbre de encontrar respuestas y bondad en el cielo no se transmitieron de hijo a hijo con verdadero esfuerzo, pero la verdad era que estos seres futuros mantenían la cabeza gacha y no podían encontrar refugio en las estrellas porque el cielo se encontraba oscurecido de humo en el día y lleno de luz profana en la noche. Incluso las aguas de ríos y océanos no proyectaban la luz de los astros de lo ennegrecidas que se encontraban, y eran pocos los cerros que se conservaban como él los recordaba pues ahora ostentaban visibles marcas del hambre de estos pueblos futuros.

Al día siguiente Roca descendió del templo con las plumas de korekenke en su frente anunciando su investidura completa, acabó con los conflictos del modo que le fue explicado en su extraño sueño y frente a la multitud anunció que su reinado era apenas el inicio de un inmenso imperio, calló los futuros pesares de su pueblo pero con esperanza en el corazón proclamó que la primera labor de los hombres era instruir a sus hijos en el amor a su tierra y la primera responsabilidad del Inca era evitar que se perdiera el cielo.

Diez mil veces

El mundo ya giró más de diez mil veces y es difícil reconocerse después de todo ese lapso, sabemos que las cosas nunca funcionaron del modo ordinario en el que nos fueron explicadas, tampoco las expectativas de otros tiempos se sucedieron en el orden que habíamos planificado y sin embargo la vida en ese afán de fuerza imparable acomete de forma continua instándonos a no desperdiciar ni un segundo en la reflexión de lo que ya es pasado.

Una forma de analizar el trayecto recorrido es a través de los compañeros de viaje. Tal vez el compararnos con una generación dentro de un sistema tan rígido como el nuestro, no nos permita identificarnos con los eventos que ya ocurren, en todo caso son las personas más cercanas a nosotros los que nos hacen experimentar cierto tipo de aprehensión cuando notamos que cada vez es más difícil conectar tan variado espectro de responsabilidades adquiridas con los eventos que consolidaron los lazos de amistad.

En legítimo derecho cada persona después de diez mil giros busca su realización. Existen quienes siguen con el ritmo de la aventura y de los excesos, también están los que optaron en perfilar su vida en función de su trabajo y que a través del éxito justifican sus ausencias, un gran grupo ha equiparado los puntos anteriores y piensa en el valor de su individualidad, otro gran grupo ha encontrado con quien compartir esta existencia y ha construido su hogar. Habrá quien ya entienda su propia mortalidad a través de la pérdida de sus padres o abuelos, y en contraposición están aquellos que han experimentado la inmortalidad en una mano diminuta que les sostiene el dedo por primera vez.

Bienaventurados los que en estos diez mil giros no se han privado de nada. Aquellos que se han arriesgado a las locuras deportivas pertinentes, que han juntado los de la gallina y han expuesto su corporalidad a lanzarse de un puente, cruzarse un acantilado en un cable, descender por una cascada o correr un maratón. No se puede olvidar a quienes se han atrevido a viajar y que cada vez que cruzaban una frontera se permitieron expandir un poco su mente, conocer una cultura diferente, un nuevo idioma y una realidad ajena. Reconocimiento especial para quienes con dones o en ausencia de ellos se atrevieron a intentar crear arte, no importan los instrumentos musicales abandonados, las obras que hoy acumulan polvo, los sonetos de amores que no trascendieron o los paisajes fotografiados perdidos en un disco duro; la creatividad que nació con cada pequeño intento sustenta a diario esos esfuerzos. Felices quienes encontraron algo que los defina y que no se pueda comprar con algo tan barato como el dinero, bienvenidos sean los gustos bizarros, eclécticos y raros.

Salud por los tropiezos en el camino que en este punto de rotación terrestre son ya varios y en muchos de los casos repetitivos. Cada pequeño o gran sufrimiento ha tenido su recompensa, en el presente valoramos más las sonrisas que arrugan el rostro porque son las más sinceras, aprendimos a reconocer la verdad detrás de ciertas demagogias, parchamos el corazón varias veces y encontramos la forma de compartirlo con mejor criterio, conocemos las personas que a nuestro lado nos hacen sentir solos y la soledad que nos permite definirnos, nos es más fácil valorar a nuestra familia y recordar a los buenos amigos, porque detrás de cada lágrima derramada hemos encontrado un pequeño fragmento de sabiduría.

Y por último que bueno es admitir que aún conservamos la humildad que reside en la esperanza de mejorar en el futuro. Intentar reducir las críticas y los juicios, proponernos sonreír el doble en los días que se avecinan, ver con más asiduidad a los amigos, mirar con mayor detenimiento a los ojos de quienes amamos, expresar con mayor facilidad nuestras culpas y nuestros errores, aprender más sobre como respetar nuestro entorno. Somos aún muy inmaduros pero al menos ya tenemos la certeza que nunca la verdad es de nuestra propiedad como bien exclusivo. Lo bueno de que la tierra se encuentre girando continuamente es que el horizonte frente a nosotros nunca es el mismo en espacio y tiempo, esa es una ventaja. Una oportunidad.