Cadáver Exquisito Independencia

I

Hubo una vez que tomábamos una chela

eterna sangre que bendice la vida,

es lo que me falta ahora que no estás.

 

La locura que irradia en nuestras vidas

que no alcanzan para este sueño

que sigue en la eternidad

y más allá estaba ella.

 

Y si por casualidad me invento algo

que solo vos y yo sentimos

que el mundo temblaba y los recuerdos

del pasado y las aventuras del presente.

 

Se me hace imposible imaginarte sin alcohol

y continuamos un camino

que cada uno forjamos

lo que el tiempo siempre preguntó.

 

II

 

Acabo de mirarte y hablarte de tus fantasmas

que me acosan y a la vez me bendicen

cada pensamiento hasta convertirlo

en suspiro, en vida.

 

Cuando nos tomábamos unas copas

que se van alargando como tus piernas

que constantemente temblaban

de miedo y pánico esperando una respuesta.

 

Y no fue el lugar tampoco tus ojos

enigmáticos, hipnotizantes

y espeluznantes escenas de infierno

entre tus dedos.

 

Recorro con lentitud tus labios

rebosantes de pasión

por tus manías

que se pierden en mis suspiros.

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Diez mil veces

El mundo ya giró más de diez mil veces y es difícil reconocerse después de todo ese lapso, sabemos que las cosas nunca funcionaron del modo ordinario en el que nos fueron explicadas, tampoco las expectativas de otros tiempos se sucedieron en el orden que habíamos planificado y sin embargo la vida en ese afán de fuerza imparable acomete de forma continua instándonos a no desperdiciar ni un segundo en la reflexión de lo que ya es pasado.

Una forma de analizar el trayecto recorrido es a través de los compañeros de viaje. Tal vez el compararnos con una generación dentro de un sistema tan rígido como el nuestro, no nos permita identificarnos con los eventos que ya ocurren, en todo caso son las personas más cercanas a nosotros los que nos hacen experimentar cierto tipo de aprehensión cuando notamos que cada vez es más difícil conectar tan variado espectro de responsabilidades adquiridas con los eventos que consolidaron los lazos de amistad.

En legítimo derecho cada persona después de diez mil giros busca su realización. Existen quienes siguen con el ritmo de la aventura y de los excesos, también están los que optaron en perfilar su vida en función de su trabajo y que a través del éxito justifican sus ausencias, un gran grupo ha equiparado los puntos anteriores y piensa en el valor de su individualidad, otro gran grupo ha encontrado con quien compartir esta existencia y ha construido su hogar. Habrá quien ya entienda su propia mortalidad a través de la pérdida de sus padres o abuelos, y en contraposición están aquellos que han experimentado la inmortalidad en una mano diminuta que les sostiene el dedo por primera vez.

Bienaventurados los que en estos diez mil giros no se han privado de nada. Aquellos que se han arriesgado a las locuras deportivas pertinentes, que han juntado los de la gallina y han expuesto su corporalidad a lanzarse de un puente, cruzarse un acantilado en un cable, descender por una cascada o correr un maratón. No se puede olvidar a quienes se han atrevido a viajar y que cada vez que cruzaban una frontera se permitieron expandir un poco su mente, conocer una cultura diferente, un nuevo idioma y una realidad ajena. Reconocimiento especial para quienes con dones o en ausencia de ellos se atrevieron a intentar crear arte, no importan los instrumentos musicales abandonados, las obras que hoy acumulan polvo, los sonetos de amores que no trascendieron o los paisajes fotografiados perdidos en un disco duro; la creatividad que nació con cada pequeño intento sustenta a diario esos esfuerzos. Felices quienes encontraron algo que los defina y que no se pueda comprar con algo tan barato como el dinero, bienvenidos sean los gustos bizarros, eclécticos y raros.

Salud por los tropiezos en el camino que en este punto de rotación terrestre son ya varios y en muchos de los casos repetitivos. Cada pequeño o gran sufrimiento ha tenido su recompensa, en el presente valoramos más las sonrisas que arrugan el rostro porque son las más sinceras, aprendimos a reconocer la verdad detrás de ciertas demagogias, parchamos el corazón varias veces y encontramos la forma de compartirlo con mejor criterio, conocemos las personas que a nuestro lado nos hacen sentir solos y la soledad que nos permite definirnos, nos es más fácil valorar a nuestra familia y recordar a los buenos amigos, porque detrás de cada lágrima derramada hemos encontrado un pequeño fragmento de sabiduría.

Y por último que bueno es admitir que aún conservamos la humildad que reside en la esperanza de mejorar en el futuro. Intentar reducir las críticas y los juicios, proponernos sonreír el doble en los días que se avecinan, ver con más asiduidad a los amigos, mirar con mayor detenimiento a los ojos de quienes amamos, expresar con mayor facilidad nuestras culpas y nuestros errores, aprender más sobre como respetar nuestro entorno. Somos aún muy inmaduros pero al menos ya tenemos la certeza que nunca la verdad es de nuestra propiedad como bien exclusivo. Lo bueno de que la tierra se encuentre girando continuamente es que el horizonte frente a nosotros nunca es el mismo en espacio y tiempo, esa es una ventaja. Una oportunidad.

Canción para el día malo

Supongo que hoy tu almohada amaneció torcida

que tu pie al tocar el piso encontró un botón

quizá tu meñique a la puerta saludó en la esquina

o puede que el agua caliente una vez más se dañó.

 

De seguro el refrigerador se enemistó con la leche,

y las lujuriosas llaves buscaron un lugar oscuro,

por sentado doy que se amaron toda la noche

asegurándote una profecía de atraso en tu futuro.

 

En el transporte todos los asientos se ocuparon,

y tu vecino no distingue una cumbia de una sonata

para colmo sus únicos audífonos se le quemaron

así que los sonidos que comparte son una lata.

 

Como nunca al jefe se le ocurrió llegar temprano,

e improvisa un discurso sobre la impuntualidad,

eso sí a las de falda corta no les llega el reclamo,

te tragas la justa respuesta y comienzas tu trajinar.

 

Al terminar tu horario, a alguien quieres matar,

al demonio causante de tan malévolo plan,

piensas que todo lo malo fue más que el azar,

y te afloran las lágrimas que no pudiste soltar.

 

Pero existe alguien que se encuentra aún peor,

y no lo digo como el derrotado que mira al suelo,

se trata de un desdichado que te ama de corazón,

pero hoy se ve incapaz de servirte de consuelo.

 

Para esos momentos de soledad sin sentido,

busca revivir mi recuerdo y hacerlo eterno,

que yo intentaré animarte con cada respiro,

tú solo sonríe, un día menos antes de vernos.

El niño Woco

Woco es un niño normal aunque figura entre los extraños, dice papá, mamá, agua y es menor a dos años. Un día común y corriente sucedió algo de miedo, el tedio lo agazapó y entonces miró hacia su dedo. Pensó en cada uno de ellos, en cual descargar su temor, miro de inmediato a su índice y escogió que era el mejor. Probó meterlo en su oreja y fue una decepción, intentó humedecerlo en su ojo, ayayay que bruto que soy. En la boca no supo bien, la oreja algo tuvo que ver; y pese a que en el pupo calzaba no le terminaba de convencer. Hurgó entre sus cabellos y le dio mucha picazón; intentó entre sus piecitos y le causó gran comezón. Entonces desesperanzado por minutos gimió y gimió, y de tanta pataleta hasta el polvo levantó. Y como era de esperarse directo a la nariz entró, se escabulló como marido que quiere ir de reventón. Con la mano empezó a rascarse, que desagradable sensación; la molestia no amainaba y el estornudo tampoco ayudó. Así que volvió a su dedo pues de todo era el culpable; en la fosa nasal descubrió que la vida era confortable. Y entonces por arte de magia el mundo fue más colorido, el índice todo lo exploraba hasta lo que no es demasiado atractivo. Y así termina la historia, siendo el protagonista Woco, el niño raro y normal que aprendió el placer de sacarse un moco.