La Odisea Versión Pulenta

En “La Ignorancia” el escritor Milan Kundera pone en duda la utilidad de la añoranza y el recuerdo como herramientas bondadosas para facilitar un eventual regreso. Para ello pone el ejemplo del personaje de Odiseo, “Ulises”, y su eterna jornada para alcanzar el retorno a Ítaca. Al llegar lo único que entiende es que en lo que menos están interesados sus compatriotas es en escuchar sus incontables viajes, los rivales derrotados en la guerra y en los percances sufridos durante el viaje. Considerando que la historia original está narrada en un tiempo mítico, me imagino a un Odiseo ansioso de contar como derrotó a los cíclopes mientras sus amigos lo acallan atropelladamente para relatarle el pleito por unas cabras que sucedió el mes pasado.

Cómo se empaca lo que fue una vida de dos años en 32 kilos o menos, me imagino que esa parte fue sencilla para Odiseo. Sus barcos y posesiones fueron destruidos no en una, sino en múltiples ocasiones. Yo no dispongo de monstruos marinos o dioses amargados para que me ayuden a librarme fácilmente de las cosas que me han acompañado en este período. Con cada cosa que incluyo en mi maleta sé en mi interior que le estoy negando a otra la posibilidad de acompañarme.   Y aunque resulte risible al intentar desechar artículos uno se da cuenta que incluso le es difícil desprenderse del cuchillo sin filo que le dificultaba cocinar (Y con el que se cortó como gil en muchas ocasiones).

Un capítulo aparte tienen los objetos que fueron obsequios o detalles de personas, porque la incapacidad de llevarlos me hace sentir más agradecido con sus dueños originales y me recuerda que por suerte las amistades sinceras se encuentran en cualquier lugar del mundo. De repente el hervidor me recuerda las personas que me visitaron y con quienes compartí un café, el juego de platos los primeros conocidos que se volvieron familia e incluso la emoción con la que en mi cumpleaños me regalé el juego de ollas que ahora con desgano intento vender en internet.

Si la arrocera me despierta esas emociones una escala incomparable son las despedidas con los amigos. Considero que a Odiseo en ese aspecto le resultó muy práctico que sus marinos y compañeros no le duraran demasiado, supongo que hasta fue muy placentero engullirse a parte de ellos en la isla de Circe. Si fuera mi caso me imagino a varios de mis amigos amantes de los asados pasando a ser cerdos, pollos y carneros mientras que los vegetarianos desfilando como pepinos, berenjenas y zapallos. Al menos de ese modo me aseguraría de llevarme un poco de ellos conmigo.

Incluso el consuelo que da Kundera es amargo, menciona que al viajero lo único que le queda son los recuerdos y las hazañas, y que incluso ese último recurso se irá deformando y desapareciendo conforme el tiempo y la distancia ajusticien nuestro ahora. En un futuro espero que las memorias que perduren estén ligadas a todas las personas que compartieron este tramo de vida, y que cada vez que acudan a mi mente frases como “Bacán”, “Wena”, “El manso mambo”, “Éxito”, “Poco niño”, “Onda filo”, ”Hágase el pendejo” ,“Pinche desgraciado”, “Malalo malvadín” entre muchas otras, se materialicen en mi cabeza los rostros de los excelentes seres humanos detrás de cada una de ellas.

En unos pocos años otras personas ocuparán los asientos de la Casona, otros equipos se batirán en las canchas de San Francisco, nuevos recién llegados tomarán café en la Cepal, otro grupo será el que celebre los cumpleaños con fotos instantáneas en Bellavista, y otros rostros serán los que sean vetados en cierto Edificio de Argomedo y Lira. Espero con todo el corazón que en esos lugares que son tan nuestros en el presente, perdure para siempre las historia míticas de nuestro excelente grupo de amigos.

Santiago de Chile, 2016

El pequeño cuento

Esta vez sí rompemos el maleficio – le dijo el mago mientras la Dama se quitaba su yelmo y lo depositaba sobre el mueble más cercano. La valerosa guerrera juntó varios de sus ropajes y los puso a su alrededor; solía pasar que un frío glacial invadía la habitación mientras se recitaban los hechizos. Una maldición desconocida aquejaba a la aventurera, tal vez pronunciada por un enemigo del pasado o por algún ente maligno escondido en un castillo siniestro, no importaban las palabras del hechicero el martirio se repetía todas las noches que intentaba conciliar el sueño.

El mal se manifestaba a través de una espantosa pesadilla, en ella la aventurera se perdía en un sombrío bosque y cada vez que caminaba sentía como infinidad de ojos se reproducían detrás de los matorrales, el crujir de las ramas conjugado con los ruidos del viento colándose entre las hojas era lo único que podía escuchar mientras una presencia maléfica resguardada en la oscuridad se acercaba por su espalda.

El hechicero enviado por la reina tenía los ojos cansados, durante un mes había intentado todos los sortilegios que conocía, varias noches intentó ayudarla con menjurjes calientes e incluso había optado por rodearla de tótems para que espantaran cualquier incursión malvada, pero todos los intentos habían resultado en fracaso. De vez en cuando lograba que la aventurera se sumiera en un sueño ligero y cuando despertaba encontraba al mago revolviendo en una gran olla una poción que le habían enseñado sus ancestros.

Aquella noche la estrategia fue diferente, el brujo había traído una caja misteriosa de donde empezó a sacar varios grabados de gente extraña, una bandera sobre la cual se había intercalado idiomas ininteligibles y por último un pergamino, procedió a extenderlo e intentando esbozar una sonrisa explicó que aquella antigua historia podía aportar algún dato para la posible cura, y así empezó a relatar:

“En un reino lejano muy parecido al nuestro existió alguna vez un muchacho que partió en un largo viaje y que para regresar a su hogar tenía que lograr varias hazañas. La primera serie de pruebas consistía en eliminar a criaturas que se interpondrían en su camino a lo largo de meses, con el pasar del tiempo entendió que para derrotar a cada monstruo requería que el joven aprendiera algo de sí mismo pues las bestias se aprovechaban de sus miedos y para enfrentarlos necesitaba ir descubriendo diferentes fortalezas en su interior.

La travesía emprendida no era un despropósito pues con anterioridad varios caballeros habían sido encomendados a diferentes misiones siendo los resultados diferentes para cada caso. Existían aquellos que fracasaban y regresaban al reino pero con sus espíritus destrozados, aquellos que sucumbían a las tentaciones de los lugares lejanos, algunos desaparecían sin dejar huella y existían muy pocos que regresaban con los tesoros acumulados a lo largo del lapso en el que estuvieron ausentes.

El caso del joven era muy particular, antes de partir había conocido el amor; y sin necesidad de promesas decidió con firmeza que regresaría para terminar sus días con aquellos ojos castaños que le habían cautivado. Y fue así que con la decisión firme en su corazón se batió con adversarios temibles, sorteó el canto de sirenas, superó enfermedades y solucionó con ingenio contratiempos siempre pensando en el futuro. Y a pesar de que conforme pasaban los días, otros monstruos que se hacían llamar soledad y depresión atacaban silenciosamente su espíritu; él sabía que de alguna manera desconocida el objeto de su amor le hacía llegar cartas con las palabras adecuadas que le mantenían luchando. Y cuando al fin llegó el día en el que todas las pruebas fueron superadas, se dirigió a sus aposentos y en silencio se hizo a sí mismo un juramento secreto. Cuando regresó a su reino dispuesto a permanecer en él se le concedió el poder de develar el pergamino de la sabiduría”

La Dama sentía como sus sentidos se iban adormeciendo, casi había olvidado lo bien que se sentía ese sopor previo al sueño; la historia le interesaba pero al mismo tiempo su objetivo estaba surtiendo efecto; no podía decidir si era el contenido o la forma mágica en la que el hechicero la relataba. – ¿Qué contenía el pergamino? –preguntó mientras bostezaba.

““El pergamino contaba la antigua historia de un viajero a quienes los dioses le permitieron sobrevivir a un naufragio. Enterado del favor divino pasaron por su mente pensamientos de orgullo y soberbia, por lo que fue castigado a sobrevivir durante el lapso de cinco años en una isla con los recursos justos para una vida austera.

El tiempo pasó y el náufrago obnubilado por el sonido del océano comenzó a pensar sobre las acciones indignas que había realizado durante su vida, entendió que de las pocas cosas que tenía que enorgullecerse, la mayoría eran errores cometidos consigo mismo; y también llegó a comprender que la falta de comodidades materiales no representaba en modo alguna la ausencia de felicidad.

Alcanzadas esas reflexiones los dioses guiaron un barco mercante lo suficientemente cerca como para que pudiera rescatarlo. El pergamino terminaba con una pregunta. ¿Qué era lo más valioso que había traído consigo aquel hombre?””

“Y mientras el joven terminaba el contenido, sonrió; y pudo imaginarse a sí mismo escribiendo una historia idéntica a la que acababa de leer. Al poco tiempo el reencuentro anhelado se cumplió y la memoria de las penurias quedaron olvidadas en aquellos lejanos lugares”

No era necesario un veredicto externo, el maleficio había desaparecido. La Dama se sumía en un hermoso sueño en el que se veía a sí misma enfrentándose con valentía en el torneo real a un campeón de lustrosa armadura blanca, con el último resquicio de lucidez quiso conocer el juramento del joven pero no alcanzó a pronunciar la pregunta. El mago veía complacido como una sonrisa se apoderaba de la Dama mientras dormía, y como se cerraban aquellos hermosos ojos castaños tan similares a los de la reina.

Mi inexistente cortesía

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Una tarde mientras estaba en el colegio la prima de un amigo cumplió con su promesa de regalarme un cachorro de su perrita, a la cual había conocido semanas atrás; para cumplir este fin de forma práctica trajeron a mi casa en un cartón a cuatro cachorros hembras de Basset Hound. Para ser justo todas ellas eran esa extraña combinación de ternura y belleza de la cual gozamos la mayoría de mamíferos en nuestra primera etapa de existencia y mientras tanto yo al verme enfrentado a una difícil decisión opté de forma arbitraria por elegir a aquella que me sostuviera la mirada mientras la levantaba. Las tres primeras se enfocaron en cualquier elemento frente a sus ojos que no era este servidor, así que al levantar al último cachorro una sensación reconfortante me invadió cuando esos ojos cafés en frente mío se concentraron con insistencia en los míos.

Es extraño como funciona nuestra memoria para los hechos distantes; recuerdo de forma nítida esas orejas y patas enormes que siempre tendría durante toda su vida, pero no acude a mí la razón exacta por la que le pusimos Milly. Por lo mismo, considero que debe tratarse del mismo fenómeno que hace que recuerde que dormí en el piso de la cocina de mi casa con la cabeza metida en un cartón para que dejara de llorar en su primera noche sola y que por otro lado evita que conozca el lapso de tiempo que le tomó convertirse en una experta ladrona de comida, una consumada artista para dormir a “pata suelta” y una maestra escapista cuando se abría el portón de mi casa.

Cuando empecé a escribir estas líneas no quería que en ellas se reflejara ningún rastro de tristeza, y ahora evaluándolo creo que eso es imposible. Los humanos siempre terminamos debiendo cuando se trata de nuestros perros, tal vez deba ser por esa entrega tan genuina que nos brindan y que al contrario de nosotros no se limita a las sobras de nuestro afecto. Puede ser porque al describir a un amigo incondicional uno no pensaría en mencionar los zapatos inservibles por mordisqueados, las emergencias sanitarias repentinas no previstas o los ladridos que interrumpen descansos mañaneros; pienso que en un momento así solo se puede pensar en los paseos postergados, los regaños exagerados y en los cariños aplazados. No me gustaría detenerme en memorias particulares (porque hay demasiadas) ni en arrepentimientos vanos, la Milly era tan buena amiga que nunca se mostró rencorosa, a tal punto que siendo yo quien erraba en mis acciones, era ella la que me pedía perdón con sus ojos y cuando era yo el que me ausentaba de la casa, era ella la que se alegraba de mi retorno.

Y el tiempo como es normal pasó y con su inclemencia te envejeció, y aunque dormías más y jugabas menos, cada vez que yo regresaba a verte encontrabas la forma de saludarme con el mismo entusiasmo que exhibías cuando eras joven. Así que cuando por decisión mía no te vería por al menos un año, en mi egoísmo humano no me despedí y con un beso en tu cabeza solo te pedí que no te murieras hasta mi regreso. Y en mi ausencia enfermaste y al revisarte la extrañeza del veterinario fue que siguieras viva, tal vez en el afán de hacer caso a las que serían mis últimas palabras. Es por esto que son necesarias estas pocas líneas, por esta incapacidad mía de no poder mirarte a los ojos mientras te ibas. Y si me miraste con ternura cuando entraste a mi vida te pido mil disculpas por no devolverte la cortesía en nuestra despedida.

Descansa Miluquita.

Recuerda

Y si te suplico que antes de irme me escuches

ni por un momento, estaré pidiendo algo en vano

al final si no tengo demasiado tiempo

perderé unos instantes contigo hermano.

 

No se trata de una despedida del que abandona

es más bien necesito mejorar mi destreza

no es un renuncio a la amistad como tarea

es un ya no puedo con mi propia tristeza.

 

Como recurso final del que siempre espera

rogando que el resultado dé los menores daños

te recuerdo a ti con ideales como eras

la felicidad que te embargaba hace pocos años.

 

No te lo cuestiono perderse a veces es necesario

el dolor y la soledad siempre van de la mano

pero tú eras el valiente que las ignoraba

y yo el adolescente, tú el temerario.

 

No te defiende la razón, tampoco la falacia

mejoras excusas escuché en la más lúgubre tormenta

y si al final tú decides que es mejor tirar la toalla

con el perdón debido, te digo bro estás por tu cuenta.

 

Porque al final me resultó mustia la calma

y el afán de risa, el entusiasmo de juventud

no anticipo nada pero con el dolor del alma

solo te requiero, recuerda como eras tú.

 

Tienes el permiso de ignorar estas letras

pero tampoco es que te vea complacido

aún así en la nostalgia y en las incompletas

considera que desde hoy ya me habré ido.

Me acuerdo

¿En qué se mide la calidad de una vida, tal vez en los logros alcanzados, en la cantidad de cosas que poseemos, en las veces que hemos reído de forma sincera o en las acciones que nos atrevimos a realizar? No lo sé, ya voy más de un cuarto de siglo por aquí y me es imposible dar una opinión remotamente coherente, incluso lo que ha pasado tiende a convertirse en dudoso, mi memoria no es la de antes y son otro tipo de sucesos los que aún recuerdo.

Aún guardo las primeras conversaciones de mi vida, con lo afortunado que soy recuerdo que fue con una mujer increíble que pese a que yo no sabía su idioma se adaptó y aprendió a hablar el mío, se confunden con las memorias en las que un sabio mercante me ofertaba en el mercado de “El Salto” cada vez que intentaba un berrinche. Recuerdo a mi primer contrincante de boxeo, vale todo y otras artes marciales originales, a quien adoro y que sin rencor admito fue siempre superior pese a ser una niña.

Lo acontecido con mis abuelitos lo recuerdo mediante olores, un profundo y fuerte aroma a café negro se intercala con una dulce fragancia de capulí y que en conjunto emanan un cariño sincero; y del otro lado madera cortada que inspira respeto. Los tíos son caso aparte, en mi mente se cruzan motos con bigotes, besos en las mejillas con libros revolucionarios, cubos metálicos para lácteos con frunas de varios sabores, hermosos grabados en madera con platos serrano-costeños; y aún así ese desbarajuste de ideas no le llega a la rodilla del que arman los primos: que llegan a chiflados, pasan por “no voz”, imitadores de Leonardo Favio, una pata loca, músicos, banderines, que me faltarían post para honrarlos a todos.

Si me separo un poco de los que porque tocó me tienen que querer aunque no les caiga bien (osea a mi familia), me pongo a pensar en tantas personas que han enriquecido mi vida, desde la escuela con la peque banda de la que fui parte (banda ñoña diría porque así era mi vida en ese entonces), con los amigos del barrio cuando yo tenía otro nombre sacado de Chip N’ Dale (alguien recuerda ese programa) y otras habilidades atléticas (nunca fueron mayor cosa la verdad), luego el colegio en el que conocí a nuevos hermanos y la vida pasaba entre el PAK y las LPC (que por cierto en donde quedarían esas bonitas amistades en conjunto). La u no fue tan pródiga en la cantidad de amistades pero sí en la calidad (caso aparte para mi más, la niña, el chilicuil y el compañero tesista). Y ya en la vida laboral, la que dice ser muy seria y de responsabilidades me queda la advertencia del cuarto de balanzas, los largos devaneos por carreteras del oriente y ahora el evidenciar que estresado hablo dormido.

Y llegado este punto quedan los puntos de quiebre y las personas que estuvieron a mi lado que por no enojar a terceros no voy a detallar, tal vez y sin temor podría empezar por largas conversaciones en las que compartiendo a Fito y a Charly se empezaba a expandir la mente y al mismo tiempo un colgante cuyo destino final nunca supe y que terminó con todo un estado mental. Está muy claro el viento en el rostro de los viajes a “La Chilintosa”, aunque es poca cosa comparado con la princesa y la esfera azul. Vienen a mi mente reuniones en la hacienda del Terrible o rodeados de fresas que son intocables, incluso la mesa de una fiesta de quince años me brindaría amistades incondicionales. Los cambios en mi apelativo que variaron entre arácnidos, hermandades cuasi-sanguíneas, fritos comestibles y entre las últimas un “Maaaa” gutural pero muy sentido y un cierto apodo cariñoso que no me terminó de gustar. En definitiva he tenido suerte, cosas que nunca habría imaginado me han ayudado a conocer personas maravillosas desde libros de Nietzsche, borradores prestados, laboratorios aburridos, ebriedades ajenas, tres en raya y galleta, cursos de otros idiomas, bailes y otras nimiedades. Y al final tal vez no tenga en el transcurrir de mi vida grandes logros, puede que mi vida pase por muy corriente, pero sigo igual riendo, permitiendo que mi corazón permanezca abierto a la gente y si al final por ahí en un pequeño rincón alguien me recuerda y sonríe, esta vida estará completa.

El intocable

Reunidos en mesa repleta se agasajaban de manjares

Luis se sentía amo y rey por encontrarse entre sus pares

sus iguales discutían de las heridas en el guacho

si eran peor la del amigo o la del amor en el tacho

 

Todos argumentaban y muchos se lamentaron

memorias vinieron, nombres se repudiaron

Luis permanecía dichoso con la burla del dolor ajeno

pensaba que sus penas, ya eran materia de otro terreno

 

Entonces con el tiempo vino la discusión sobre el olvido

que si se medía en acciones o la cantidad de vino bebido

unos exaltados declamaban que era cuestión del corazón

otros como medida práctica, el desgaste del colchón

 

Y así con prisa y vociferando cada uno se expresó

con elocuencia o torpeza el mundo se atrincheró

con razón o sin ella, nadie cedía en su posición

fue entonces el más callado el que atrajo la atención

 

Comenzó a hablar en susurro como revelando un secreto

maldijo la arrogancia del humano y enunció un reto

“Creen haber marcado a todo aquel que los conoció

y no son más que el resultado de quien en verdad los tocó”

 

Callaron y su aprobación común se reflejó en humildad

todos menos Luis, por creer en su falsa inmunidad

con el dedo lo señaló y osó intentar humillarlo

pero por la fe de sus ojos no llegó a intentarlo

 

Silente se acercó a la puerta, afuera el cielo lloraba

“Yo aprendí a querer la lluvia, antes la ignoraba

es decir la ausente la quería, y yo solo vivía por ella”

abandonó el local dejando muda a la querella

 

Luis descubrió que sujetaba la cuchara con la siniestra

y un torrente de lágrimas fue para todos la muestra

él era derecho, alguien lejano solía hacerlo

en menos de un instante fue preciso sostenerlo

 

Cuando despertó, el asombro era general

además de desconcierto existía un silencio total

“Las estrellas aunque parecen inmóviles en la noche del pasado se mueven,

así como para Luis es la cuchara, siempre es bueno reír  en días que llueven”

Entendiendo

¿Cómo se comunican dos miradas acostumbradas al simple gesto?

Tal vez regresando al único punto de origen,

A ese instante en el que el reproche se convirtió en experiencia

O que el odio se transformó en realidad.

¿Cómo regresar al punto de partida cuando las verdades son oscuras?

Si el método de la iluminación es ambiguo

Y las certidumbres son todo menos su concepto

Podría ser todo reducido a una palabra…

¿Cómo recuperar la intimidad cuando se pierde el rumbo?

Pueden ser maromas del afianzado o del crédulo

Vale más desconocerlo todo e ignorar el credo

O ser el partícipe activo de nuestro propio sueño.

Al final el resultado sigue siendo el mismo,

Personas más o personas menos

Me duele porque me importa

Me muero porque no me entero…