El Gran Gatsby (Fragmento)

“Iba a preguntarle su nombre, tenía la pregunta en la punta de la lengua, cuando Jordan miró a su alrededor y sonrió.

– ¿Te lo pasas bien por fin?

– Mucho mejor -me volví otra vez a mi nuevo amigo-. Esta fiesta me parece rarísima. Ni siquiera he visto al anfitrión. Yo vivo ahí -moví la mano hacia el seto, invisible en la distancia- y ese Gatsby me mandó una invitación con el chofer.

Me miró un momento como si no entendiera.

-Gatsby soy yo- dijo de pronto.

-Perdona -exclamé-. Te ruego que me perdones.

-Pensaba que lo sabías, compañero. Creo que no soy un buen anfitrión.

Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía -o parecía ofrecerse- al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor. Te entendía hasta donde quería ser entendido, creía en ti como tú quisieras creer en ti mismo, y te garantizaba que la impresión que tenía de ti era la que, en tus mejores momentos, esperaba producir. Y entonces la sonrisa se desvaneció, y yo miraba a un matón joven y elegante, uno o dos años por encima de los treinta, con un modo de hablar tan ceremonioso y afectado que rozaba el absurdo. Ya antes de que se presentara, me había dado la sensación de que elegía las palabras con cuidado.”

Francis Scott Fitzgerald

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El honor perdido de Katharina Blum (Fragmento)

“(…) Tal es el caso, por ejemplo, del asunto del espionaje telefónico. Desde luego sirve a la investigación, pero el resultado -no obtenido por la misma autoridad investigadora- no sólo no debe ser utilizado sino tan siquiera mencionado en una audiencia pública. Ante todo, ¿qué pasa en el cerebro de un espía? ¿Qué piensa un funcionario honrado que se limita a cumplir con un deber que (aun repugnándole, probablemente) le proporciona el sustento?; ¿qué piensa cuando debe escuchar a aquel vecino desconocido, a quien vamos a llamar aquí el oferente de caricias, que telefonea a una persona tan gentil, atildada, casi sin tacha como Katharina Blum? ¿Se excita moral o sexualmente, o ambas cosas? ¿Se indigna, siente compasión, se divierte tal vez de una manera especial cuando las proposiciones, en forma de gemidos afónicos y de amenazas, hieren las profundidades del alma de una persona que lleva el apodo de <<la Monja>>? Bueno, ¡Ocurren tantas cosas en primer plano! Pero más aún en segundo plano. (…)

(…) ¿Se dan cuenta las autoridades de lo que exigen de sus funcionarios en materia psicológica? Supongamos que una persona vulgar, sospechosa por algún motivo, cuyo teléfono se ha intervenido, llama a su no menos vulgar compañero del otro sexo. Como vivimos en un país libre y podemos hablar abiertamente por teléfono, ¿qué conversaciones habrá de escuchar el funcionario, posiblemente casto y austero, en la cinta magnetofónica? ¿Se puede justificar esto? ¿Le aseguran tratamiento psicológico? ¿Qué dice a esto el sindicato de servicios públicos, transporte y circulación? Nos preocupamos de los industriales, los anarquistas y los directores, atracadores y empleados del banco, pero ¿quién se preocupa de nuestro <<ejército nacional de las cintas magnetofónicas>> ¿Dónde está el comentario de las Iglesias? Y a la conferencia episcopal de Fulda y al cómite central de los católicos alemanes, ¿no se les ocurre nada? ¿Por qué se calla el papa? ¿Nadie imagina lo que deben escuchar oídos inocentes, desde el flan de caramelo hasta las más crudas groserías? Se convoca a la juventud para la carrera de funcionario. Y ¿a dónde conduce ésta? A manos de unos pervertidos que hablan por teléfono. En este ámbito podrían colaborar las Iglesias y los sindicatos. Por lo menos, se podría elaborar un programa de formación de espías telefónicos, consistente en unas cintas con clases de historia. Esto no cuesta mucho.”

Heinrich Böll

El Santo (Fragmento)

“Trató de apartar ciertos pensamientos de su mente. El amor daba mucho que pensar, lamentablemente, Él <<no concebía el sexo sin amor>>. Lo había pregonado, y había sido aplaudido como modelo de hombre, ejemplo para tanto cínico y oportunista. Pero bastaba pensar un momento la frase para advertir que implicaba una masiva devaluación del amor, al volverlo un accesorio del sexo; en efecto, según la declaración éste podía ser <<sin>> amor o <<con>> amor, pero en ambos casos el sexo seguía siendo lo sustancial, y el amor un adorno bienintencionado que podía estar o no estar. Y no importaba que fuera un accesorio imprescindible para el hombre de bien: aun así era un accesorio.

¿Pero no eran juegos de palabras? ¿Para qué pensar? ¿No le bastaba con lo que había fuera de su cabeza, y se le ofrecía como una cornucopia? El tesoro del mundo, la riqueza inagotable, se estaba entregando ahí afuera. Pero se ofrecía justamente para ser procesado dentro de la cabeza y producir felicidad. Y ese procesamiento había que hacerlo mediante el pensamiento.

Quizá había que ir más a fondo y cuestionar el imperativo que mandaba al hombre a ser feliz. Si se lo hacía bien y con método podía tambalearse todo el edificio de la realidad, y entonces… Pero ya estaba pensando de nuevo.”

César Aira

Guía del autoestopista galáctico (Fragmento)

“Es un hecho importante y conocido que las cosas no siempre son lo que parecen. Por ejemplo, en el planeta Tierra el hombre siempre supuso que era más inteligente que los delfines porque había producido muchas cosas – la rueda, Nueva York, las guerras, etcétera-, mientras que los delfines lo único que habían hecho consistía en juguetear en el agua y divertirse. Pero a la inversa, los delfines siempre creyeron que eran mucho más inteligentes que el hombre, precisamente por las mismas razones.

Curiosamente, los delfines conocían desde tiempo atrás la inminente destrucción del planeta Tierra, y realizaron muchos intentos para advertir del peligro a la humanidad; pero la mayoría de sus comunicaciones se interpretaron mal, considerándose como entretenidas tentativas de jugar al balón o de silbar para que les dieran golosinas, así que finalmente desistieron y dejaron que la Tierra se las arreglara por sí sola, poco antes de la llegada de los vogones. El último mensaje de los delfines se interpretó como un intento sorprendente y complicado de realizar un doble salto mortal hacia atrás pasando a través de un aro mientras silbaban el <<Star Spangled Banner>>, pero en realidad el mensaje era el siguiente: Hasta luego, y gracias por el pescado.

Efectivamente, en el planeta solo existía una especie más inteligente que los delfines, y pasaba la mayor parte del tiempo en laboratorios de investigación conductista corriendo en el interior de unas ruedas y llevando a cabo alarmantes, sutiles y elegantes experimentos sobre el hombre. El hecho de que los humanos volvieran a interpretar mal esa relación, correspondía enteramente a los planes de tales criaturas.”

Douglas Adams

Los Detectives Salvajes (Fragmento)

“Fue en el café de Víctor, en la rué St. Sauveur, un 11 de septiembre de 1983. Estábamos un grupo de chilenos masoquistas reunidos para recordar la infausta fecha. Éramos unos veinte o treinta y nos desparramábamos por el interior del establecimiento y por la terraza. De repente alguien, no sé quién, se puso hablar del mal, del crimen que nos había cubierto con su enorme ala negra. ¡Hágame el favor! ¡Su enorme ala negra! ¡Los chilenos está visto que no aprendemos nunca! Después, como era de esperarse, se desató la discusión y hasta migas de pan volaron de mesa a mesa. Un amigo común nos debió presentar en medio de aquella batahola. O tal vez nos presentamos solos y él como que tiró a reconocerme. ¿Es usted escritor?, me dijo. No, le dije, yo fui policía en la época del Guatón Hormazábal y ahora trabajo en una cooperativa limpiando suelos de oficinas y ventanas. Debe ser un trabajo peligroso, me dijo. Para los que padecen vértigo, le respondí, para los demás más bien es aburrido. Después nos unimos a la conversación general. Sobre el mal, sobre la malignidad, como ya le dije. El amigo Belano hizo dos o tres observaciones bastante pertinentes. Yo no abrí la boca. Se bebió mucho vino aquella noche y cuando nos fuimos, sin saber cómo, me encontré caminando a su lado algunas cuadras. Entonces le dije lo que me había estado rondando por la cabeza. Belano, le dije, el meollo de la cuestión es saber si el mal (o el delito o el crimen o como usted quiera llamarle) es casual o causal. Si es causal, podemos luchar contra él, es difícil de derrotar pero hay una posibilidad, más o menos como dos boxeadores del mismo peso. Si es casual, por el contrario, estamos jodidos. Que Dios, si existe, nos pille confesados. Y a eso se resume todo.”

Roberto Bolaño

Ana Karenina (Fragmento)

“«¡Qué hermoso es —se dijo después, admirando las ligeras nubes sonrosadas que se deslizaban por el cielo, semejantes al fondo nacarado de una concha—, qué hermoso es cuanto veo en esta magnífica noche! ¿Cómo ha tenido tiempo de formarse esa concha? ¡Hace un momento observé el cielo y solo vi fajas blancas! Así se han transformado, sin que yo lo notase, mis ideas sobre la vida.»

Lievin salió de la pradera para dirigirse hacia el pueblo; comenzaba a soplar un aire fresco, y todo adquiría, en aquel instante que precede a la aurora, un tinte gris melancólico como para revelar mejor el triunfo del día sobre las tinieblas.

Konstantín andaba deprisa para entrar en calor, cuando de repente divisó en el camino, a unos cuarenta pasos de distancia, un coche tirado por cuatro caballos; la carretera era mala, y para no rozarse con las ortigas, los cuadrúpedos se oprimían contra la lanza pero el postillón los dirigía tan bien que las ruedas pasaban solo por el suelo llano de camino. Lievin contempló distraídamente aquel coche sin pensar en lo que podía contener.

Una anciana dormitaba en el fondo, mientras que junto a la portezuela una joven jugaba con la cinta de su gorro de viaje; su rostro, de expresión tranquila y pensadora, parecía revelar un espíritu superior; en aquel instante contemplaba las claridades del alba, y ya iba a desaparecer la visión, cuando dos ojos brillantes fijaron en él una mirada. Ella lo reconoció, y la alegría de la sorpresa iluminó su rostro. Lievin no se podía engañar, aquellos ojos eran únicos en el mundo y solo un ser humano personificaba para él la luz de la vida y su propia razón de ser. Era ella, Kiti.

Konstantín comprendió que se dirigía desde la estación de ferrocarril a Iergushovo; y todas sus resoluciones, adoptadas durante una noche de insomnio, se desvanecieron al punto; la idea de casarse con una campesina le infundió horror. Allí, en aquel coche que se alejaba, estaba la contestación al enigma de la existencia que lo atormentaba tan penosamente. El rumor de las ruedas dejó de oírse, apenas se percibía el sonido de las campanillas y Lievin reconoció por los ladridos de los perros que el coche cruzaba el pueblo. De aquella visión no quedaba para él más que los campos solitarios, la aldea lejana, él, solitario y ajeno a todo, él mismo, que andaba solo por un ancho camino abandonado.

Lievin miró al cielo, esperando hallar esas tintas nacaradas que antes viera y que le habían parecido personificar el movimiento de sus ideas y de sus impresiones durante la noche; pero nada recordaba ya los tintes de la concha. Allá arriba, en alturas inconmensurables, se había efectuado la misteriosa transición que sustituyó al nácar una vasta alfombra de pequeñas nubes blanquecinas, el cielo comenzaba a clarear y matizarse de un hermoso azul, y contestaba con igual dulzura y menos misterio a su mirada interrogadora…

«No —pensó—, por hermosa que sea esa vida sencilla y laboriosa, no me es posible adoptarla. A “ella” es a quien amo.»”

León Tolstoi

Gorilas en la niebla (Fragmento)

“Cuan absurdo es que un centenar escaso de individuos, armados de arcos y flechas, lanzas o escopetas, se hayan permitido atormentar a la fauna de los parques, último baluarte del gorila de montaña. La estrategia más eficaz ante los atentados de los invasores contra la fauna de los virunga quizá sea la de una conservación activa.

Conservación activa: una cuestión muy sencilla. El primer paso consiste en ofrecer incentivos personales a los africanos, según el principio de uno a uno, no sólo para que se sientan orgullosos de su parque, sino para que asuman personalmente parte de la responsabilidad de la protección de su patrimonio. Existiendo un acicate, la conservación activa se practica con un equipo muy elemental: botas para los guardas, ropa decente, chubasqueras, comida abundante y salarios adecuados. Así, pertrechados, centenares de patrullas antifurtivos han partido de Karisoke rumbo al corazón de los Virunga para cortar trampas, confiscar armas a los invasores y sacar de los lazos a los animales recién atrapados. Este sistema es un santuario internacional, progresivamente recortado, lleno de cazadores furtivos, trampas, pastores, agricultores y recolectores de miel, necesita el complemento del peso de las leyes ruandesas y zaireñas contra los invasores, así como fuertes multas por la renta de productos de la caza ilegal. ya se haga por la carne, la piel, los colmillos, o por beneficio económico. Por otra parte no excluye ninguna otra medida de conservación a largo plazo. (…)

(…) Nadie parece darse cuenta de que las urgentes necesidades de los 200 gorilas de las montañas que quedan, y de la restante fauna de los Virunga que ahora lucha día tras día por sobrevivir, no se satisfacen con los objetivos a largo plazo de la conservación teórica. Los gorilas y otros animales del parque no puede esperar; basta una sola trampa, una sola bala para acabar con un gorila. Por esta razón, es urgente que los esfuerzos conservacionistas se concentren activamente en los peligros inminentes que existen dentro del parque. A lado de estos esfuerzos , todo lo demás es pura teoría. Educar a la población local para que respete a los gorilas y trabajar para atraer turismo no ayuda a sobrevivir a los 242 gorilas que quedan en los Virunga para disfrute de las futuras generaciones. Los buenos objetivos a largo plazo de la conservación teórica ignoran inútilmente las desesperadas necesidades inmediatas”

Dian Fossey