El Santo (Fragmento)

“Trató de apartar ciertos pensamientos de su mente. El amor daba mucho que pensar, lamentablemente, Él <<no concebía el sexo sin amor>>. Lo había pregonado, y había sido aplaudido como modelo de hombre, ejemplo para tanto cínico y oportunista. Pero bastaba pensar un momento la frase para advertir que implicaba una masiva devaluación del amor, al volverlo un accesorio del sexo; en efecto, según la declaración éste podía ser <<sin>> amor o <<con>> amor, pero en ambos casos el sexo seguía siendo lo sustancial, y el amor un adorno bienintencionado que podía estar o no estar. Y no importaba que fuera un accesorio imprescindible para el hombre de bien: aun así era un accesorio.

¿Pero no eran juegos de palabras? ¿Para qué pensar? ¿No le bastaba con lo que había fuera de su cabeza, y se le ofrecía como una cornucopia? El tesoro del mundo, la riqueza inagotable, se estaba entregando ahí afuera. Pero se ofrecía justamente para ser procesado dentro de la cabeza y producir felicidad. Y ese procesamiento había que hacerlo mediante el pensamiento.

Quizá había que ir más a fondo y cuestionar el imperativo que mandaba al hombre a ser feliz. Si se lo hacía bien y con método podía tambalearse todo el edificio de la realidad, y entonces… Pero ya estaba pensando de nuevo.”

César Aira

Guía del autoestopista galáctico (Fragmento)

“Es un hecho importante y conocido que las cosas no siempre son lo que parecen. Por ejemplo, en el planeta Tierra el hombre siempre supuso que era más inteligente que los delfines porque había producido muchas cosas – la rueda, Nueva York, las guerras, etcétera-, mientras que los delfines lo único que habían hecho consistía en juguetear en el agua y divertirse. Pero a la inversa, los delfines siempre creyeron que eran mucho más inteligentes que el hombre, precisamente por las mismas razones.

Curiosamente, los delfines conocían desde tiempo atrás la inminente destrucción del planeta Tierra, y realizaron muchos intentos para advertir del peligro a la humanidad; pero la mayoría de sus comunicaciones se interpretaron mal, considerándose como entretenidas tentativas de jugar al balón o de silbar para que les dieran golosinas, así que finalmente desistieron y dejaron que la Tierra se las arreglara por sí sola, poco antes de la llegada de los vogones. El último mensaje de los delfines se interpretó como un intento sorprendente y complicado de realizar un doble salto mortal hacia atrás pasando a través de un aro mientras silbaban el <<Star Spangled Banner>>, pero en realidad el mensaje era el siguiente: Hasta luego, y gracias por el pescado.

Efectivamente, en el planeta solo existía una especie más inteligente que los delfines, y pasaba la mayor parte del tiempo en laboratorios de investigación conductista corriendo en el interior de unas ruedas y llevando a cabo alarmantes, sutiles y elegantes experimentos sobre el hombre. El hecho de que los humanos volvieran a interpretar mal esa relación, correspondía enteramente a los planes de tales criaturas.”

Douglas Adams

Los Detectives Salvajes (Fragmento)

“Fue en el café de Víctor, en la rué St. Sauveur, un 11 de septiembre de 1983. Estábamos un grupo de chilenos masoquistas reunidos para recordar la infausta fecha. Éramos unos veinte o treinta y nos desparramábamos por el interior del establecimiento y por la terraza. De repente alguien, no sé quién, se puso hablar del mal, del crimen que nos había cubierto con su enorme ala negra. ¡Hágame el favor! ¡Su enorme ala negra! ¡Los chilenos está visto que no aprendemos nunca! Después, como era de esperarse, se desató la discusión y hasta migas de pan volaron de mesa a mesa. Un amigo común nos debió presentar en medio de aquella batahola. O tal vez nos presentamos solos y él como que tiró a reconocerme. ¿Es usted escritor?, me dijo. No, le dije, yo fui policía en la época del Guatón Hormazábal y ahora trabajo en una cooperativa limpiando suelos de oficinas y ventanas. Debe ser un trabajo peligroso, me dijo. Para los que padecen vértigo, le respondí, para los demás más bien es aburrido. Después nos unimos a la conversación general. Sobre el mal, sobre la malignidad, como ya le dije. El amigo Belano hizo dos o tres observaciones bastante pertinentes. Yo no abrí la boca. Se bebió mucho vino aquella noche y cuando nos fuimos, sin saber cómo, me encontré caminando a su lado algunas cuadras. Entonces le dije lo que me había estado rondando por la cabeza. Belano, le dije, el meollo de la cuestión es saber si el mal (o el delito o el crimen o como usted quiera llamarle) es casual o causal. Si es causal, podemos luchar contra él, es difícil de derrotar pero hay una posibilidad, más o menos como dos boxeadores del mismo peso. Si es casual, por el contrario, estamos jodidos. Que Dios, si existe, nos pille confesados. Y a eso se resume todo.”

Roberto Bolaño

Ana Karenina (Fragmento)

“«¡Qué hermoso es —se dijo después, admirando las ligeras nubes sonrosadas que se deslizaban por el cielo, semejantes al fondo nacarado de una concha—, qué hermoso es cuanto veo en esta magnífica noche! ¿Cómo ha tenido tiempo de formarse esa concha? ¡Hace un momento observé el cielo y solo vi fajas blancas! Así se han transformado, sin que yo lo notase, mis ideas sobre la vida.»

Lievin salió de la pradera para dirigirse hacia el pueblo; comenzaba a soplar un aire fresco, y todo adquiría, en aquel instante que precede a la aurora, un tinte gris melancólico como para revelar mejor el triunfo del día sobre las tinieblas.

Konstantín andaba deprisa para entrar en calor, cuando de repente divisó en el camino, a unos cuarenta pasos de distancia, un coche tirado por cuatro caballos; la carretera era mala, y para no rozarse con las ortigas, los cuadrúpedos se oprimían contra la lanza pero el postillón los dirigía tan bien que las ruedas pasaban solo por el suelo llano de camino. Lievin contempló distraídamente aquel coche sin pensar en lo que podía contener.

Una anciana dormitaba en el fondo, mientras que junto a la portezuela una joven jugaba con la cinta de su gorro de viaje; su rostro, de expresión tranquila y pensadora, parecía revelar un espíritu superior; en aquel instante contemplaba las claridades del alba, y ya iba a desaparecer la visión, cuando dos ojos brillantes fijaron en él una mirada. Ella lo reconoció, y la alegría de la sorpresa iluminó su rostro. Lievin no se podía engañar, aquellos ojos eran únicos en el mundo y solo un ser humano personificaba para él la luz de la vida y su propia razón de ser. Era ella, Kiti.

Konstantín comprendió que se dirigía desde la estación de ferrocarril a Iergushovo; y todas sus resoluciones, adoptadas durante una noche de insomnio, se desvanecieron al punto; la idea de casarse con una campesina le infundió horror. Allí, en aquel coche que se alejaba, estaba la contestación al enigma de la existencia que lo atormentaba tan penosamente. El rumor de las ruedas dejó de oírse, apenas se percibía el sonido de las campanillas y Lievin reconoció por los ladridos de los perros que el coche cruzaba el pueblo. De aquella visión no quedaba para él más que los campos solitarios, la aldea lejana, él, solitario y ajeno a todo, él mismo, que andaba solo por un ancho camino abandonado.

Lievin miró al cielo, esperando hallar esas tintas nacaradas que antes viera y que le habían parecido personificar el movimiento de sus ideas y de sus impresiones durante la noche; pero nada recordaba ya los tintes de la concha. Allá arriba, en alturas inconmensurables, se había efectuado la misteriosa transición que sustituyó al nácar una vasta alfombra de pequeñas nubes blanquecinas, el cielo comenzaba a clarear y matizarse de un hermoso azul, y contestaba con igual dulzura y menos misterio a su mirada interrogadora…

«No —pensó—, por hermosa que sea esa vida sencilla y laboriosa, no me es posible adoptarla. A “ella” es a quien amo.»”

León Tolstoi

Gorilas en la niebla (Fragmento)

“Cuan absurdo es que un centenar escaso de individuos, armados de arcos y flechas, lanzas o escopetas, se hayan permitido atormentar a la fauna de los parques, último baluarte del gorila de montaña. La estrategia más eficaz ante los atentados de los invasores contra la fauna de los virunga quizá sea la de una conservación activa.

Conservación activa: una cuestión muy sencilla. El primer paso consiste en ofrecer incentivos personales a los africanos, según el principio de uno a uno, no sólo para que se sientan orgullosos de su parque, sino para que asuman personalmente parte de la responsabilidad de la protección de su patrimonio. Existiendo un acicate, la conservación activa se practica con un equipo muy elemental: botas para los guardas, ropa decente, chubasqueras, comida abundante y salarios adecuados. Así, pertrechados, centenares de patrullas antifurtivos han partido de Karisoke rumbo al corazón de los Virunga para cortar trampas, confiscar armas a los invasores y sacar de los lazos a los animales recién atrapados. Este sistema es un santuario internacional, progresivamente recortado, lleno de cazadores furtivos, trampas, pastores, agricultores y recolectores de miel, necesita el complemento del peso de las leyes ruandesas y zaireñas contra los invasores, así como fuertes multas por la renta de productos de la caza ilegal. ya se haga por la carne, la piel, los colmillos, o por beneficio económico. Por otra parte no excluye ninguna otra medida de conservación a largo plazo. (…)

(…) Nadie parece darse cuenta de que las urgentes necesidades de los 200 gorilas de las montañas que quedan, y de la restante fauna de los Virunga que ahora lucha día tras día por sobrevivir, no se satisfacen con los objetivos a largo plazo de la conservación teórica. Los gorilas y otros animales del parque no puede esperar; basta una sola trampa, una sola bala para acabar con un gorila. Por esta razón, es urgente que los esfuerzos conservacionistas se concentren activamente en los peligros inminentes que existen dentro del parque. A lado de estos esfuerzos , todo lo demás es pura teoría. Educar a la población local para que respete a los gorilas y trabajar para atraer turismo no ayuda a sobrevivir a los 242 gorilas que quedan en los Virunga para disfrute de las futuras generaciones. Los buenos objetivos a largo plazo de la conservación teórica ignoran inútilmente las desesperadas necesidades inmediatas”

Dian Fossey

Siddhartha (Fragmento)

“Cuando el venerable Gotama enseñaba al mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en samsara y nirvana, en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el que desea enseñar. No obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo samsara o del todo nirvana, nunca un ser es completamente santo o pecador. Nos parece que es así porque nos hacemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda, lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión.

-¿Qué quieres decir? – preguntó Govinda angustiado.

-¡Escucha bien, amigo, escucha bien! El pecador, que lo somos tú y yo, es pecador, pero algún día volverá a ser Brahma, llegará al nirvana, será buda…, y ahora fíjate bien: ese <<algún>> es una ilusión. ¡Es sólo metáfora! El pecador no está en camino hacia el budismo, no se encuentra en un desarrollo, aunque no nos lo podemos imaginar de otra forma. No; en el pecador, ahora y hoy, ya está el presente el buda futuro, todo su futuro, en él, en ti, en todo se debe respetar el posible buda escondido.

El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se encuentra en un camino lento hacia la imperfección. No; él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón; todos los lactates, la muerte; todos los moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de ver en el otro en qué situación se halla dentro de su camino: en el ladrón y en el jugador espera el buda, en el brahmán espera el ladrón.

En la profunda meditación existe la posibilidad de anular el tiempo, de ver toda la vida pasada, presente y futura a la vez, y entonces todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello, lo que existe me parece bueno; creo que todo debe ser así, tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad, la inteligencia o la necedad; todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme.

He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar el mundo, para no compararlo con algún modo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a mi gusto.”

Hermann Hesse

El Pan de los Años Mozos (Fragmento)

“En ese medio minuto en que anduve tras ella, pensé que la poseería, y que, para poseerla, destruiría cuanto se me pusiera por delante. Me veía a mí mismo destrozando lavadoras, haciéndolas añicos con un martillo de diez libras. Miraba la espalda de Hedwig, su cuello, sus manos, de las que la sangre había huido a causa del peso de la maleta. Tuve celos del empleado que tocó un momento su mano, cuando ella le tendió el billete…, celos del suelo de la estación en el que ponía los pies. Sólo entonces pensé en tomarle la maleta, cuando casi habíamos llegado a la salida.

—Perdone —le dije, salté a su lado y le cogí la maleta de la mano.

—Ha sido usted muy amable —dijo— al venir a recibirme.

—¡Dios mío! —dije—, ¿me conoce?

—Naturalmente —dijo sonriendo—, he visto su fotografía en el escritorio de su padre.

—¿Conoce usted a mi padre?

—Sí —dijo—, he ido a clase con él.

Metí la maleta en el asiento trasero de mi coche, puse al lado su bolsa y la ayudé a ella a subir, lo que me permitió sostener por primera vez su mano y su codo; era un codo redondo, firme, y la mano era grande, pero ligera; estaba seca y fría, y cuando pasé al otro lado del coche para subir y sentarme al volante, me detuve ante el radiador, abrí el capó e hice como si mirara el motor; pero la miré a ella, sentada tras el parabrisas. Tenía miedo; no era ya el miedo a que alguien la descubriera y la conquistara; ese miedo había pasado, porque no me apartaría ya de su lado, ni ese día ni los días que vinieran, ni en todos los días cuya suma se llama vida. Era otra clase de miedo, el miedo a lo que vendría. El tren que yo iba a tomar estaba dispuesto para la salida, a pleno vapor; los pasajeros ya habían subido, la señal estaba ya levantada y el hombre de la gorra roja había alzado la señal. Todo estaba a la espera de que yo, situado ya en el estribo, me decidiera a subir;pero en aquel mismo momento, salté al andén. Pensaba en las muchas explicaciones que habría tenido que soportar, y ahora sabía que siempre había odiado las explicaciones: Una palabrería interminable y sin sentido, y una insensata búsqueda de culpabilidad e inocencia, reproches, gritos, llamadas, cartas, culpas que yo cargaría sobre mí…, culpas que ya tenía. Vi la otra vida, soportable, transcurrir como una máquina complicada, dispuesta para alguien que ya no estaba allí. Yo ya no estaba: los tornillos se aflojaban, las palancas se ponían al rojo, volaban planchas de hojalata y todo olía a quemado.

Hacía rato que yo había cerrado el capó; apoyaba las manos en la plancha del radiador y, a través del parabrisas, miraba su rostro, partido en dos partes desiguales por el limpiaparabrisas. Me parecía inconcebible que ningún hombre hubiera visto aún lo bonita que era; que nadie la hubiera descubierto. Puede que no existiera hasta el momento en que yo la vi.”

Heinrich Boll