Ana Karenina (Fragmento)

“«¡Qué hermoso es —se dijo después, admirando las ligeras nubes sonrosadas que se deslizaban por el cielo, semejantes al fondo nacarado de una concha—, qué hermoso es cuanto veo en esta magnífica noche! ¿Cómo ha tenido tiempo de formarse esa concha? ¡Hace un momento observé el cielo y solo vi fajas blancas! Así se han transformado, sin que yo lo notase, mis ideas sobre la vida.»

Lievin salió de la pradera para dirigirse hacia el pueblo; comenzaba a soplar un aire fresco, y todo adquiría, en aquel instante que precede a la aurora, un tinte gris melancólico como para revelar mejor el triunfo del día sobre las tinieblas.

Konstantín andaba deprisa para entrar en calor, cuando de repente divisó en el camino, a unos cuarenta pasos de distancia, un coche tirado por cuatro caballos; la carretera era mala, y para no rozarse con las ortigas, los cuadrúpedos se oprimían contra la lanza pero el postillón los dirigía tan bien que las ruedas pasaban solo por el suelo llano de camino. Lievin contempló distraídamente aquel coche sin pensar en lo que podía contener.

Una anciana dormitaba en el fondo, mientras que junto a la portezuela una joven jugaba con la cinta de su gorro de viaje; su rostro, de expresión tranquila y pensadora, parecía revelar un espíritu superior; en aquel instante contemplaba las claridades del alba, y ya iba a desaparecer la visión, cuando dos ojos brillantes fijaron en él una mirada. Ella lo reconoció, y la alegría de la sorpresa iluminó su rostro. Lievin no se podía engañar, aquellos ojos eran únicos en el mundo y solo un ser humano personificaba para él la luz de la vida y su propia razón de ser. Era ella, Kiti.

Konstantín comprendió que se dirigía desde la estación de ferrocarril a Iergushovo; y todas sus resoluciones, adoptadas durante una noche de insomnio, se desvanecieron al punto; la idea de casarse con una campesina le infundió horror. Allí, en aquel coche que se alejaba, estaba la contestación al enigma de la existencia que lo atormentaba tan penosamente. El rumor de las ruedas dejó de oírse, apenas se percibía el sonido de las campanillas y Lievin reconoció por los ladridos de los perros que el coche cruzaba el pueblo. De aquella visión no quedaba para él más que los campos solitarios, la aldea lejana, él, solitario y ajeno a todo, él mismo, que andaba solo por un ancho camino abandonado.

Lievin miró al cielo, esperando hallar esas tintas nacaradas que antes viera y que le habían parecido personificar el movimiento de sus ideas y de sus impresiones durante la noche; pero nada recordaba ya los tintes de la concha. Allá arriba, en alturas inconmensurables, se había efectuado la misteriosa transición que sustituyó al nácar una vasta alfombra de pequeñas nubes blanquecinas, el cielo comenzaba a clarear y matizarse de un hermoso azul, y contestaba con igual dulzura y menos misterio a su mirada interrogadora…

«No —pensó—, por hermosa que sea esa vida sencilla y laboriosa, no me es posible adoptarla. A “ella” es a quien amo.»”

León Tolstoi

El Pan de los Años Mozos (Fragmento)

“En ese medio minuto en que anduve tras ella, pensé que la poseería, y que, para poseerla, destruiría cuanto se me pusiera por delante. Me veía a mí mismo destrozando lavadoras, haciéndolas añicos con un martillo de diez libras. Miraba la espalda de Hedwig, su cuello, sus manos, de las que la sangre había huido a causa del peso de la maleta. Tuve celos del empleado que tocó un momento su mano, cuando ella le tendió el billete…, celos del suelo de la estación en el que ponía los pies. Sólo entonces pensé en tomarle la maleta, cuando casi habíamos llegado a la salida.

—Perdone —le dije, salté a su lado y le cogí la maleta de la mano.

—Ha sido usted muy amable —dijo— al venir a recibirme.

—¡Dios mío! —dije—, ¿me conoce?

—Naturalmente —dijo sonriendo—, he visto su fotografía en el escritorio de su padre.

—¿Conoce usted a mi padre?

—Sí —dijo—, he ido a clase con él.

Metí la maleta en el asiento trasero de mi coche, puse al lado su bolsa y la ayudé a ella a subir, lo que me permitió sostener por primera vez su mano y su codo; era un codo redondo, firme, y la mano era grande, pero ligera; estaba seca y fría, y cuando pasé al otro lado del coche para subir y sentarme al volante, me detuve ante el radiador, abrí el capó e hice como si mirara el motor; pero la miré a ella, sentada tras el parabrisas. Tenía miedo; no era ya el miedo a que alguien la descubriera y la conquistara; ese miedo había pasado, porque no me apartaría ya de su lado, ni ese día ni los días que vinieran, ni en todos los días cuya suma se llama vida. Era otra clase de miedo, el miedo a lo que vendría. El tren que yo iba a tomar estaba dispuesto para la salida, a pleno vapor; los pasajeros ya habían subido, la señal estaba ya levantada y el hombre de la gorra roja había alzado la señal. Todo estaba a la espera de que yo, situado ya en el estribo, me decidiera a subir;pero en aquel mismo momento, salté al andén. Pensaba en las muchas explicaciones que habría tenido que soportar, y ahora sabía que siempre había odiado las explicaciones: Una palabrería interminable y sin sentido, y una insensata búsqueda de culpabilidad e inocencia, reproches, gritos, llamadas, cartas, culpas que yo cargaría sobre mí…, culpas que ya tenía. Vi la otra vida, soportable, transcurrir como una máquina complicada, dispuesta para alguien que ya no estaba allí. Yo ya no estaba: los tornillos se aflojaban, las palancas se ponían al rojo, volaban planchas de hojalata y todo olía a quemado.

Hacía rato que yo había cerrado el capó; apoyaba las manos en la plancha del radiador y, a través del parabrisas, miraba su rostro, partido en dos partes desiguales por el limpiaparabrisas. Me parecía inconcebible que ningún hombre hubiera visto aún lo bonita que era; que nadie la hubiera descubierto. Puede que no existiera hasta el momento en que yo la vi.”

Heinrich Boll

 

La despedida (Fragmento)

“- Seducir a una mujer —dijo Bertlef con disgusto—, eso sabe hacerlo hasta el más tonto. Pero saber abandonarla es algo que sólo puede hacer un hombre maduro.

– Ya lo sé —reconoció con tristeza el trompetista—, pero esa repugnancia, ese insuperable rechazo, es en mí más fuerte que cualquier buen propósito.

– Pero ¿qué me dice? —se asombró Bertlef—, ¿es usted misógino?

– Eso dicen de mí.

– Pero ¿por qué? ¡Usted no parece ni impotente ni homosexual!

– Y ciertamente no soy ni impotente ni homosexual. Es algo mucho peor —reconoció el trompetista con melancolía—. Amo a mi propia mujer. Ése es mi secreto erótico, que le resulta incomprensible a la mayoría de la gente.

Aquella confesión era tan enternecedora que los dos hombres permanecieron en silencio durante un momento. Al cabo de ese momento el trompetista continuó:

– Nadie lo entiende y menos que nadie mi propia mujer. Cree que un gran amor se pone de manifestó cuando uno no tiene ninguna aventura con las demás mujeres. Pero eso es una tontería. A cada rato me siento impulsado a conquistar a una mujer extraña, pero en el momento en que me apodero de ella, una especie de poderoso resorte me lanza de vuelta hacia Kamila. A veces pienso que busco a esas otras mujeres sólo debido a ese resorte, debido a ese lanzamiento y a ese maravilloso vuelo (lleno de ternura, deseo y humildad) hacia mi propia mujer, a la que tras cada infidelidad quiero más y más.

– De modo que la enfermera Ruzena no fue para usted más que una confirmación en su amor monogámico.

– Sí —dijo el trompetista—. Una confirmación muy agradable. Y es que la enfermera Ruzena tiene un encanto considerable si la vemos por primera vez y, al mismo tiempo, es muy conveniente que ese encanto se agote por completo al cabo de dos horas, de modo que no haya nada que lo tiente a uno a permanecer, y el resorte lo lance poderosamente hacia un maravilloso vuelo de regreso.

– Querido amigo, difícilmente podría demostrar en algún otro caso mejor que en el suyo que un amor exagerado es pecaminoso.

– Yo pensaba que mi amor por mi mujer era lo único bueno que había en mí.

– Y se equivocaba. El exagerado amor por su mujer no es el polo contrario que compensa su falta de sensibilidad, sino lo que la produce. Como su mujer lo es todo para usted, las demás mujeres no son nada o, dicho de otro modo, son para usted unas putas. Y eso es una gran blasfemia y una gran falta de respeto hacia unas criaturas que han sido creadas por Dios. Querido amigo, ese tipo de amor es una herejía.”

Milan Kundera

Dos silencios

Cuando un silencio se origina

su nicho es un corazón roto

es una poesía que desafina

un dios triste sin altar devoto.

 

Y si el silencio crece y persiste

aprende a ignorar cualquier canto

se torna más penoso y triste

de cinismo se llena su manto.

 

Cuando dos silencios se encuentran

en inicio solo hay desconfianza

tal vez del destino se lamentan

pero renace una nueva esperanza.

 

Beso

 

Y si dos silencios se entienden

la vida retoma su antiguo color

se quitan la venda y emprenden

lo que a veces se convierte en amor.

 

Cuando dos silencios terminan

acaba el tiempo de sentirse ileso

son dos seres los que se animan

a inmortalizar un primer beso.