Prometo

El modo en el que su cabello se mantenía alineado de forma perfecta, pese a que no tenía un moño, era una visión inenarrable. Una tarea imposible realizada frente a mí con una precisión irreal y que al prescindir de cualquier nudo complejo se convertía en un marco natural que cumplía no solo con su papel de mantener despejado por completo todo su rostro, además acentuaba esa hermosa sonrisa que había propiciado esta primera abstracción de mi parte.

No me importa que la ciencia haya comprobado que no existe el iris negro en humanos, aunque se afirme que lo que poseemos son tonalidades del castaño, puedo asegurar en este momento que los ojos que me miran desde el otro lado de la mesa poseen la profundidad de una noche despejada, su color, su entereza y su encanto. Aquellos días en los que por una coincidencia entre la fecha del año, las condiciones ambientales y universales hacen que la luna permanezca ausente y la luz de estrellas lejanas opten por no mostrar sus falsos reflejos, son esos días los que permiten que noches como esa roben nuestro aliento por un momento. Con esperanza aspiro que sea ese mismo conjunto tan dispar y determinante de casualidades las que me tienen sentado el día de hoy frente a ella.

Es extraño el proceder que tiene el sino cuando intenta revelarnos verdades olvidadas, suele ocurrir no en una serie de consecuencias lógicas, es más como un conjunto de giros apresurados de un ritmo tan desenfrenado que no nos permite detenernos a pensar, es en esta falta de raciocinio, en este frenesí sin control donde reposan la mayoría de los dones de ciertos sentimientos. Es el desorden y la rapidez con la que ocurre la que logra que los seres humanos por un tiempo dejen sus inseguridades, sus prejuicios, sus dudas y se abandonen a lo incierto. Pero así como los años de evolución han permitido nuestra supervivencia han desarrollado en nuestra mente elementos de auto preservación que no se limitan a los daños físicos o a los atentados contra nuestra propia vida; son actos que se basan en las cicatrices del pasado y nos vuelven muchas veces insensibles a un proceso cuando este se repite. Son estas mal llamadas defensas las que nos convencen de evitar la posibilidad de arriesgar, de vivir.

Ella continúa hablando, yo la escucho con toda la atención del mundo, y sin embargo soy yo mismo quien se ha planteado las diferentes temáticas planteadas antes. Pensar en ello es aterrador, el hecho de que una persona en particular sea capaz de tener un efecto semejante sobre mis sentidos y mi mente es impensable, escalofriante, entre otras cosas. La idea más coherente sería escapar, idear una estratagema, una emergencia, un modo de evitar ese momento del no retorno, ese lapso de tiempo en el que te expones y esperas lo que desconoces. Empiezo a pensar en ello y de las miles de posibilidades que existen, es en este momento cuando a mi cerebro se le ocurre estar falto de ideas.

Estoy a punto de un ataque de ansiedad y trato de controlarlo lo mejor que puedo, ella ha dejado de hablar, tal vez me hizo una pregunta a la que no presté atención, siento como esa mirada escruta dentro de mí tal vez interrogándose si valía la pena perder el tiempo conmigo. Son instantes pero con cada segundo que pasa se confirma que en lugar de pensar estupideces bien podía representar un mejor papel. Tal vez lo adecuado habría sido minimizar el asunto a una salida ocasional,  a una oportunidad que no era ni necesaria ni descartable, es el orgullo el que intenta darle al hecho un valor nulo, así se amortigua el golpe, de esa manera el ego queda intacto.

 – ¡Qué mal! Así toca con esto de los padres a veces, cachas ya me están llamando. – Mientras dice esto ríe con el derecho que da la honestidad.

Suspiro aliviado y solo alcanzo a pedir la cuenta, pagarla y salir. Ha sido ella la que me brindó mi escape a esta situación. Con cada paso hacia la calle voy sintiendo como cualquier tipo de problema futuro se va diluyendo y hablo con confianza y retomo un chiste que surgió durante la tarde. Siempre pienso demasiado, debería hacerle más caso a mi mejor amigo.

 – Sabes igual podemos salir otro día de esta semana – Dice con naturalidad y se sujeta a mi brazo.

Ella me mira con los ojos ya descritos, su cabello esta vez se mueve por el viento del exterior y mientras esboza una sonrisa, se decide mi suerte. Esta vez elijo yo quedar descubierto.

 – Dale de una. – Sonrío y transcurrido un segundo me sé perdido, enamorado.

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