Personajes y comida china

La colilla aún encendida rebotó en el borde de la caja de cartón que cumple funciones de mesa y escritorio. El Ramiro se apura a recogerlo antes de que alguna de las hojas que ha arrancado de su cuaderno se cruce en su trayectoria. Aquel día improductivo, los escritos rechazados han terminado en el piso o en las estanterías del librero, el único mueble que sobrevivió a la ruptura de la pareja. Este hecho en lugar de proporcionar consuelo, solo le recuerda a Ramiro que en la repartición de bienes se ha quedado no solo sin mesa de comedor sino también sin libros.

El día anterior su hermano le sugirió arrinconar aquel tangible recuerdo y comprarse uno de aquellos monstruosos televisores que ocupan todo el espacio de la pared frente al sofá-cama; el aferrado propietario se niega pues en secreto alberga la esperanza de recuperar a Silvia. A este necio empecinamiento se deben los papeles regados en el suelo alrededor de Ramiro, pues si un escrito sirvió para acceder a un corazón, bajo el mismo razonamiento una nueva creación puede servir para reconquistarlo.

Durante toda la mañana el ofuscado aspirante a escritor buscó inspiración en el rastro intangible que Gloria había olvidado tras su partida. Intentó concentrarse en las incontables veces en que hombro con hombro cocinaron a dúo en la pequeña cocina, pero al hacerlo solo descubrió que era ella quien ponía el arte en esa actividad; lo mismo sucedió cuando sacó la guitarra de su estuche, en esta ocasión lo que faltaba era la armonía de su voz y aunque el sofá-cama en la sala guardaba aún la figura de Gloria solo le recordaba las incontables veces en las que hicieron el amor con premura.

Cuando pasó el mediodía y sin haber escrito más de cinco líneas antes de descartar cada nueva idea, el escritor al sentir como incrementaba su desesperación, ha intentado revisar con minuciosidad el closet mientras escucha la lista de canciones para los domingos de limpieza. Nada. Silvia ha sido tan meticulosa en su retirada, que sus únicas pertenencias son las camisetas de los conciertos a los que asistió obligada. Estas en lugar de mantener el recuerdo de su aroma insisten en recordarle a Ramiro que era ella la que hacía los sacrificios dentro de la relación.

Haciendo uso del poco optimismo que le resta, el escritor abre su blog para revisar escritos anteriores que le den una pista de creación. Los lee con cuidado, y ya sea por su estado anímico actual o el lapso que ha transcurrido entre cada uno empieza a vislumbrar un patrón. No se trata de una temática común ni un estilo en particular, sino que puede relacionar cada uno de ellos con un preciso instante de su vida y en especial con una persona. Así los relatos que tienen algo de romanticismo empiezan a cobrar nombres de antiguas amantes, aquellos que contienen un carácter cínico adquieren la dimensión de fracasos personales y los más incomprensibles le recuerdan noches de exceso.

El estado de abstracción en el que se ha quedado Ramiro, le permite a la pantalla del computador, después de semanas, revelarle un rictus alegre en su rostro. Alentado por aquel momento místico de felicidad empieza a presionar el teclado con una velocidad inaudita. Contrario a su habitual forma de escribir ha prescindido de su libreta, y empieza por describir a los protagonistas de su historia; encuentra que el personaje femenino tiene que ser una versión contraria a Silvia, y así, el autor la dota de una personalidad dulce, de un exquisito sentido del humor y de una sed de experimentación. Esperando ser coherente con su nueva historia plantea una versión distorsionada de sí mismo, el protagonista entonces resulta ser un joven sencillo, con cierta manía por el orden y propenso a escuchar.

Después de escribir varios reglones el autor se permite releer la descripción física de los personajes y asiente con la cabeza; a su pesar el alterego de Silvia es en definitiva preciosa, Ramiro sin desearlo le ha provisto de unos profundos ojos café y una sonrisa encantadora. Cualquier revancha en contra del género ha quedado de lado y sin poder evitarlo le ha hecho una gran cortesía a su contraparte de ficción. A continuación, los sitúa en un café, un lugar griego al que siempre Silvia sin éxito le instaba a ir. A Ramiro le parece que un amor instantáneo resulta poco creíble así que recalca la timidez de los protagonistas y su inexperiencia en asuntos de seducción. Así aquellos primeros párrafos van describiendo como los sentimientos de sus creaciones se van modificando de forma paulatina.

El escritor aprovecha el resto de la tarde para incrementar los párrafos de su obra. Viendo en sus personajes una forma de desahogo, los describe compartiendo la cena, bailando y mostrando sus primeros signos de celos. Escoge una sala de cine como escenario para la confirmación del estado de la pareja ficticia, y redacta una hermosa escena en la que un gesto con la mano reemplaza el lugar común del beso. Al terminar esta sección Ramiro se ha encontrado a sí mismo con lágrimas en los ojos; y no puede dejar de constatar que en comparación a la historia que acaba de escribir, su amorío con Silvia resulta ridículo y trillado.

Cuando el reloj marca las seis de la tarde la musa abandona al escritor. Para esa hora, los protagonistas ficticios han atravesado varios capítulos descubriéndose entre ellos y soportando las dificultades de la distancia. A su vez, el autor ha descubierto que aquel lugar que ocupaba su ex compañera y que le aportaba un constante sufrimiento se ha llenado de una extraña mezcla de resolución y esperanza. Ramiro satisfecho con el producto de su trabajo empieza a recordar que tiene un estómago al cual ha ignorado por completo. El relato queda entonces inconcluso y se incorpora como una minúscula parte de información dentro del ordenador.

El autor descubre con asombro que durante toda la tarde ha llovido con fuerza y que eso ha provocado que la mayoría de negocios cierre más temprano de lo habitual. Este fenómeno le obliga a caminar cuatro cuadras antes de encontrar un restaurante chino abierto. Al ingresar, el local se muestra atiborrado de personajes en la misma condición que el escritor. Esperando agilitar el trámite escoge el plato que sugiere ser el más simple del menú y toma asiento con varios clientes que también han ordenado para llevar. Con el espíritu en paz solo un aspecto atormenta a Ramiro, pero después de considerar el extenso tiempo que invirtió en crear la historia y los personajes, cree que el final de su relato será de los mejores que ha escrito.

Mientras tanto a muchas dimensiones de distancia una pareja tomada de la mano sonríe.

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