Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Fragmento)

“- Oye, me gustaría decirte una cosa.

– Dila.

– Mi mujer tiene un amante. Me parece que sí. No me había dado cuenta, pero durante meses, mientras vivía conmigo, se ha estado acostando con otro hombre. Al principio me resistía a creerlo, pero cuanto más lo pienso, más convencido estoy de ello. Ahora, al reconsiderarlo, he comprendido una serie de pequeñas cosas. Que la hora de llegada fuera cada día más irregular, que se sobresaltara cuando la tocaba. Pero no supe leer estas señales. Yo confiaba en ella. Nunca pensé que me fuera infiel.

Ni siquiera se me pasó por la cabeza.

– ¡Caramba! —dijo May Kasahara.

– Y entonces mi mujer se fue un buen día, de repente. Por la mañana desayunamos juntos. Luego, con el mismo aspecto que tenía siempre cuando iba al trabajo, con el bolso de siempre, llevándose sólo la falda y la blusa que fue a recoger a la tintorería, se marchó sin más. Desapareció sin decir adiós, sin una nota. Dejando su ropa y todas sus cosas atrás. Y quizás ella no vuelva nunca aquí, a mi lado. Al menos no por iniciativa propia. Eso lo tengo muy claro.

– ¿Kumiko está con otro hombre?

– No lo sé -respondí. Y moví lentamente la cabeza. Sentí el aire a mi alrededor

como agua densa, intangible-. Pero es probable que sí.

– ¿Y entonces, tú te has sentido decepcionado y te has metido en el pozo?

– Decepcionado sí me he sentido. Por supuesto. Pero no me he metido aquí dentro por eso. No es que deseara huir de la realidad y que me esté escondiendo. Como te he dicho antes, necesitaba un lugar en el que estar solo y donde poder concentrarme en mis pensamientos. Lo que no entiendo es dónde diablos se estropeó mi relación con Kumiko, cómo enfilamos un rumbo equivocado. No hace falta decir que no todo había sido perfecto hasta entonces. Un hombre y una mujer, en la veintena, con diferentes personalidades, se conocen por casualidad y empiezan a vivir juntos. No hay ningún matrimonio que no tenga problemas. Pero yo siempre pensé que lo nuestro, básicamente, funcionaba. Pensaba que, aunque tuviéramos problemas, se irían solucionando solos con el paso del tiempo. Pero en realidad no era así. Se me debió de pasar por alto algo importante. Debí de cometer algún error fundamental. Y quería pensar en ello. -May Kasahara no dijo nada. Tragué saliva-. No sé si lo entenderás. Cuando nos casamos, hace seis años, queríamos construir entre los dos un mundo completamente nuevo. Como si levantásemos una casa en un solar vacío.

Teníamos una idea muy clara de lo que queríamos. No necesitábamos una casa lujosa. Nos bastaba un techo bajo el que cobijarnos y estar los dos juntos. Preferíamos no tener cosas superfluas. Todo nos parecía muy simple, muy sencillo. Oye, tú quizá no lo hayas pensado nunca, pero ¿no te gustaría ser otra persona completamente distinta?

– Claro que sí -dijo May Kasahara-. Lo estoy pensando siempre.

– Cuando nos casamos, eso era lo que yo quería hacer. Huir de mí mismo. Y Kumiko igual. En aquel nuevo mundo queríamos poseer algo propio, adecuado a nuestro nuevo ser. Creíamos que allí podríamos llevar una vida mejor, más acorde con nosotros mismos. -Dentro de la luz, May Kasahara trasladó un poco el centro de gravedad de su cuerpo. Lo percibí. Parecía esperar a que yo prosiguiera. Pero yo no tenía nada más que decir. No se me ocurría nada más. Me había cansado de escuchar mi propia voz resonando en las paredes de cemento del pozo-. ¿Entiendes lo que quiero decir?

– Lo entiendo.

– ¿Y qué opinas?

– Yo todavía soy una niña y no conozco la vida de casada. Así que no sé por qué tu mujer se enrolló con otro hombre, te dejó y se fue de casa. Pero, por lo que he oído, me da la impresión de que has estado equivocado desde el principio. Oye, señor pájaro-que-da-cuerda, lo que tú acabas de decir no puede hacerlo nadie. Cosas como: «¡Vamos! A partir de ahora construiremos un mundo nuevo», o «A partir de ahora me cambiaré a mí mismo». Mi opinión es la siguiente. Por más que quieras creer que has logrado crear un nuevo yo, por más que te hayas familiarizado con ese nuevo yo, bajo esta fachada permanece tu yo original y, a la mínima, asomará diciendo: «i Hola!». ¿Acaso no lo entiendes? Tú eres algo hecho en otra parte. Y por lo que respecta al propósito de cambiarte, también esa idea está hecha en alguna otra parte. Señor pájaro-que-da-cuerda, tú eso no lo entiendes. ¿Por qué no podrás comprenderlo tú, que eres adulto? No entenderlo es un grave problema, sin duda. Seguro que ahora te están pasando factura diferentes cosas. Como, por ejemplo, el mundo al que quisiste renunciar; el yo al que quisiste cambiar. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?-

Enmudecí mirando la oscuridad que envolvía la superficie alrededor de mis pies. No sabía qué decir—. Oye, señor pájaro-que-da-cuerda —dijo ella en voz baja—.

Piensa. Piensa. Piensa.

Y volvió a cerrar la tapa del pozo.

Saqué la cantimplora de la mochila y la sacudí. En el interior de las tinieblas se escuchó un ligero tintineo. Debía de quedar una cuarta parte del agua. Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos. Pensé que quizá May Kasahara tuviera razón. El hombre que era yo, a fin de cuentas, había sido hecho en alguna otra parte. Y todo venía de otra parte y luego volvía a irse a otra parte. Yo no soy más que un simple camino por donde pasa el hombre que yo soy.

¿Sabes, señor pájaro-que-da-cuerda? Yo esas cosas las entiendo. ¿Por qué no las entenderás tú?”

Haruki Murakami

Anuncios

Kafka en la Orilla (Fragmento)

“A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí solo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa si quedara clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.”

Haruki Murakami