El Escritor de Epitafios (Fragmento)

“Después se quedaron crucificados uno en brazos del otro, ella como una muerta joven y lasciva, él como un viejo ángel consumido, embocado aún a la estrella encendida de su sexo. Ambos con sus cuerpos brillantes de sudor. Pasados unos minutos se dieron cuenta de que la música había cesado, que la llama de la vela parecía yerta y que un silencio oscuro pesaba sobre ellos, un silencio oscuro y brillante como carbón en piedra.

Ninguno de los dos decía nada.

Al final fue ella la que sacó la voz. En un tono pausado, sin dramatismo, mirando hacia el cielo raso, le preguntó que si esa noche le tuviera que escribir su epitafio, qué le escribiría. Él, disimulando su inquietud, mirando también hacia arriba, le dijo que aún era muy joven para andar pensando en eso.

Ella insistió.

Tras meditarlo un momento, él dijo que sería un epitafio parecido a uno inscripto en una tumba egipcia, que según los estudiosos del tema tendría una antigüedad cercana a los tres mil años: Hoy la muerte está frente a mí / como la curación frente a un enfermo, / como el salir al aire libre después de una enfermedad. / Hoy la muerte está frente a mí. / como el perfume de la mirra.

Ella se quedó absorta repitiendo mentalmente las palabras. Después, a cuento de nada, se puso a contarle que sus amigos estaban preparando un ritual en el cementerio, un gran ritual que se llevaría a cabo la noche del viernes. Cuando él quiso inquirir más detalles, ella lo besó en la frente y, sin decir más nada, se levantó y comenzó a vestirse con la misma languidez con que se se había desnudado. Mientras se vestía, extrajo del bolsón su teléfono móvil y pidió un radiotaxi. Solo entonces él supo que vivía en los Jardines del Sur, el barrio de la gente más pudiente de la ciudad.

Cuando se fue, en la cama, sobre la colcha azul, yacían olvidados, como dos mariposas muertas, sus guantes negros, de encaje sin dedos.”

Hernán Rivera Letelier

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La Contadora de Películas (Fragmento)

“Por ese tiempo descubrí que a toda la gente le gusta que le cuenten historias. Quieren salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.

Sin pensarlo siquiera, yo había llegado a convertirme para ellos en una hacedora de ilusiones. En una especie de hada, como decía la vecina. Mis narraciones de películas los sacaban de esa nada agria que era el desierto y, aunque fuera por un rato, los transportaba a mundos maravillosos, llenos de amores, sueños y aventuras. A diferencia de verlos proyectados en una pantalla de cine, en mis narraciones cada uno podía imaginar esos mundos a su antojo.

Alguna vez leí por ahí, o vi en una película, que cuando los judíos eran trasladados por los alemanes en esos cerrados vagones de ganado -con sólo una ranura en la parte alta para que les entrara un poco de aire-, mientras iban cruzando las campiñas olorosas a hierba húmeda, elegían el mejor narrador entre ellos y, haciéndolo trepar sobre sus hombros, lo subían hasta la ranura para que les fuera describiendo el paisaje y contándoles lo que veía al paso del tren.

Yo ahora soy una convencida de que entre ellos debió haber muchos que preferían imaginar esas maravillas contadas por su compañero, a tener el privilegio de mirar ellos mismo por la ranura.”

Hernán Rivera Letelier

La Reina Isabel cantaba rancheras (Fragmento)

“Y comienza, entonces, la mejor parte de su papel, el clímax de su obra, la apocalíptica representación de sus venidas ululantes, apoteósicas, a todo trapo. Con una lastimosa carita de cordera degollada, tal cual usted me la pintó, paisa, comienza por entornar los ojos y estremecerse como tomada por una onda sísmica, como asida por una descarga eléctrica, como tocada por el sagrado y terrible fuego de Pentecostés. De entrecortado anhelito, su respiración se le va haciendo silbido, bramido, estertor de moribunda; de su garganta borbotean, ahora abisales, humeantes, ya espumosas, sus fermentadas frases amatorias: obscenidades de puta loca chilla enardecida, lirismos de poetisa ninfómana declama transportada, tecnicismos de profesora pervertida repite delirante, blasfemias de monja posesa aúlla convulsa y desfigurada, hasta quedar de pronto muerta de muerte súbita completamente rígida, pálida, etérea, extenuada hasta la lástima, lánguida hasta la hermosura. Y tras este brevísimo lapso de quietud —vértigo del verdugo antes del golpe de gracia, epifanía del mártir antes del fuego— renace y estalla en veloces besos de basilisco, en morbosas mordidas de rata hambrienta, en sangrantes arañazos de leoparda herida. Tempestuoso ataque de amor incontenible, desmedido, escandaloso, que va disipándose gradualmente en somnolientas brisas de playas lacustres, esfumándose en tenues suspiros de animalito satisfecho, deviniendo al fin en un teatralísimo y deleitoso desmayo de paroxismo, algo así como el broche de oro o la reverencia triunfal de una diva tras el último cuadro de su ópera magna.

Le juro, paisanito lindo, que me dieron ganas de aplaudir, de rogarle un bis, de pedirle un autógrafo, de hacerle entrega de un galvano de reconocimiento, dan ganas; de prenderle una medalla al mérito. Dan ganas de obsequiarle un bouquet de flores como se estila en los grandes escenarios del mundo con la artista principal; de extenderle un contrato millonario a esta espectacular actriz salitrera, a esta chimbiroquita prodigiosa que, tendida de espaldas sobre su cama, plasmada aún en su rostro la expresión alelada de los que vuelven a la gloria (tenía los ojos llorosos y la piel de gallina incluso, paisa, se lo juro), mientras el hombre termina de asearse, de vestirse y de marcharse, piensa que de seguir así, de continuar perdiendo la cabeza por cada pailón con cara de niño que entre a verla, no va a durar por mucho tiempo más en cartelera. “Estoy igual que esas malas actrices que terminan llorando de verdad”, se dice riéndose sola en el camarote, incorporándose apenas, comenzando a estirar prolijamente los pliegues azafranados de su putañera colcha.”

Hernán Rivera Letelier