La canción del verdugo

A diferencia de lo que le dijeron los otros presos, los pies de Fausto no se sentían de plomo; tampoco se dio el caso que el miedo le aflojara algún esfinter. No era el hecho de que en los últimos instantes de su vida él optara por demostrar una valentía que no poseía, solo se trataba del reflejo de quien con honestidad se conoce derrotado. La dignidad del ser humano cuando entiende que es víctima de una injusticia que no puede revertir.

El sujeto que le adelantaba era casi tres cabezas más alto y la forma de su espalda habría resultado deforme por su extravagancia de no ser por los brazos hercúleos que tenían que sostener; tanto el atuendo que llevaba de pantalón, como el pedazo de tela que cubría su rostro eran de un color indefinido. Es decir se podía suponer que en sus primeros usos fueron de un negro total, pero por el desgaste y los horrores que habían presenciado se habían tornado de un gris con tonos ocres y amarillentos dispersos en diferentes lugares. En resumen la apariencia de aquel hombre era más la de un fornido carnicero que la de un verdugo.

En ese momento pensó que al menos Laura era libre de Ludoc y le bastó este pensamiento para recordar la última vez que le permitieron visita en su celda, ella le había empapado sus manos de besos y lágrimas de agradecimiento. Los grilletes que le retenían se desvanecieron por un instante y su paso se tornó firme y decidido, valía la pena morir por ella.

La mala fama de Ludoc, el herrero, era casi tan extensa como su barba. Para todos era conocido que la Corona había establecido un período de tres años de servicio a los aprendices de las artes, tras los cuales era libres de probar suerte en los trabajos del metal; pero Ludoc agregaba tres años más a los jóvenes a su cargo debido a rubros de hospedaje y alimentación que según él proveía. Gastos que en la práctica se traducían en un puñado de heno como lecho y un mendrugo de pan diario. Fausto jamás olvidaría el día que lo conoció, al entrar en su establecimiento por un pedido de su amo, lo distinguió entre el calor de las fraguas y le pareció que Ludoc semejaba ser el guardían de ese pequeño círculo infernal. Más tarde de boca de sus aprendices aprendería que la vida que les imponía era digna de ese apelativo.

El primer encuentro con ella fue por completo diferente, la encontró desconsolada frente a la abacería debido a que el amo Ludoc le había encomendado una lista de enseres que debian ser adquiridos pero un escazo capital para hacer el trato. Cuando supo lo que el herrero le haría a la pobre muchacha de no regresar con el encargo completo, Fausto no dudó en ofrecer las pocas monedas con las que contaba. Ella solo atinó a sonreír, le dijo que su nombre era Laura y que lo vería al atardecer en el álamo detrás de la droguería para expresarle su agradecimiento. El resto del día transcurrió entre una ensoñación que le pareció un instante. Cuando el sol se ocultó, él estuvo puntual en el lugar y ella ya lo esperaba, extendió una especie de manto bajo el árbol, y mientras lo arrastraba hacia sí empezó a tararear una canción que él nunca había escuchado.

La dulzura de aquella mágica tonada se interrumpió ya que el rumor de la muchedumbre que se había reunido para presenciar su ejecución se tornó en una ola incontenible de gritos cuando su cabeza emergió de la cárcel y regresó completamente a la realidad cuando algunas verduras fueron lanzadas con la suficiente precisión como para golpearle el rostro. Ya le quedaban menos de quince metros para posicionarse en la estructura de madera que ayudaría a que el corte en su cuello fuera preciso.

Ludoc en su orgullo nunca debió figurarse que un simple mozo como yo lo asesinaría con un pequeño cuchillo. Lo que sentía por Laura lo había inspirado para convertirse en un vengador, se alimentó por semanas de odio con la imagen del herrero abusando a la muchacha día tras día, aunque también sentía pena por él ya que nunca sería capaz de conocer la melodía del cariño que brotaba invariable de los labios de su amada cuando por amor se entregaba a él bajo el álamo.

Cuando posicionaron su cabeza en el que sería su último pedestal, una sonrisa se le escapó y fue tal su naturalidad que todo el gentío olvidó su anterior frenesí y de forma simultánea permaneció en silencio. La expresión de felicidad del condenado contrarió de tal manera a los asistentes que las autoridades solo atinaron a mirarse entre sí e incluso el sacerdote retrocedió instintivamente, como si lo que presenciara fuera obra de Lucifer en persona. Fausto aprovechó la calma para buscar a Laura, y tardó poco tiempo en encontrarla. Su alma se habría regocijado por completo si no hubiera notado que sus ojos y su sonrisa se direccionaban hacia arriba de donde se encontraba él. Y fue entonces cuando toda la felicidad que sentía se convirtió en indignación, y con sumo horror escuchó como la boca de quien balanceaba una enorme hacha detrás suyo empezó a silbar una tonada familiar.

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