La Identidad (Fragmento)

“-Hacia el final de mi visita al hospital, empezó a contarme sus recuerdos. Me repitió algo que debí de decir cuando tenía dieciséis años. En aquel momento comprendí el único sentido de la amistad tal como se practica hoy. La amistad le es indispensable al hombre para el buen funcionamiento de su memoria. Recordar el propio pasado, llevarlo siempre consigo, es tal vez la condición necesaria para conservar, como suele decirse, la integridad del propio yo. Para que el yo no se encoja, para que conserve su volumen, hay que regar los recuerdos como a las flores y, para regarlos, hay que mantener regularmente el contacto con los testigos del pasado, es decir, con los amigos. Son nuestro espejo, nuestra memoria; solo se les exige que le saquen brillo de vez en cuando para poder mirarnos en él. ¡Pero me importa un comino lo que yo hacía en el liceo! Lo que más deseé siempre, desde mi primera juventud, tal vez desde mi infancia, era otra cosa: la amistad como valor superior, por encima de todos los demás. Me gustaba decir: entre la verdad y el amigo, elijo siempre el amigo. Lo decía para provocar, pero lo pensaba en serio. Sé que hoy esta consigna se ha vuelto arcaica. Podía valer para Aquiles, el amigo de Patroclo, para los mosqueteros de Alejandro Dumas, incluso para Sancho Panza, que era un verdadero amigo para su amo, pese a todos sus desacuerdos. Pero ya no lo es para nosotros. Mi pesimismo va tan lejos que estoy dispuesto hoy a preferir la verdad a la amistad.

Tras saborear otro sorbo de coñac, continuó:

-La amistad era para mí la prueba de que existe algo más fuerte que la ideología, que la religión, que la nación. En la novela de Dumas, los cuatro amigos se encuentran a veces en bandos opuestos, obligados a luchar entre sí. Pero eso no altera su amistad. No paran de ayudarse, secretamente, con astucia, burlándose de la verdad de sus respectivos bandos. Han puesto su amistad por encima de la verdad, de la causa, de las órdenes superiores, por encima del rey, por encima de la reina, por encima de todo.

Chantal le acarició la mano y, tras una pausa, él añadió:

-Dumas escribió la historia de los mosqueteros dos siglos después de la época en que ocurren los hechos. ¿Sentiría ya la nostalgia del universo perdido de la amistad? ¿O es la desaparición de la amistad un fenómeno más reciente?

-No sabría decírtelo. Para las mujeres, la amistad no es un problema.

-¿A qué te refieres?

-A lo que he dicho. La amistad es un problema de los hombres. Es su forma de romanticismo. No la nuestra.

Jean-Marc tragó otro sorbo de coñac antes de retomar el hilo de su pensamiento.

-¿Cómo habrá nacido la amistad? Seguramente como una alianza contra la adversidad, alianza sin la cual el hombre habría quedado desarmado frente al enemigo. Tal vez ya no se plantee la necesidad vital de semejante alianza.

-Siempre habrá enemigos.

-Sí, pero son invisibles y anónimos. Las burocracias, las leyes. ¿Qué puede hacer por ti un amigo cuando deciden construir un aeropuerto delante de tus ventanas o cuando te despiden? Quien te apoye, si es que te apoya, será sin duda alguien anónimo e invisible, una organización de ayuda social, una asociación para la defensa del consumidor, un bufete de abogados. La amistad ya no se somete a pruebas que den fe de ella. Las circunstancias ya no se prestan a buscar a un amigo herido en el campo de batalla, ni a desenvainar el sable para defenderlo de algún bandolero. Atravesamos nuestra vida sin mayores peligros, pero también sin amistad.

-Si eso es verdad, deberías haberte reconciliado con F.

-Creo sinceramente que él no hubiera entendido mis reproches si se los hubiera explicado. Cuando los demás me criticaron, no dijo nada. Pero tengo que reconocer que él consideró su silencio como un acto de valentía. Me dijeron que hasta había presumido de no haber sucumbido a la psicosis que se creó contra mí y de no haber dicho nada que pudiera perjudicarme. Tenía pues, la conciencia tranquila y debió de sentirse dolido cuando, sin más, dejé de verle. Me equivoqué al pedirle algo más de neutralidad. Si se hubiera atrevido a defenderme contra aquellos resentidos y desalmados, habría corrido el mismo riesgo de caer en desgracia y de atraerse conflictos y problemas. ¿Cómo pude exigirle eso siendo él amigo mío? ¡Yo mismo no me porté como un amigo! Mejor dicho, lo traté con descortesía. Porque la amistad vaciada de su antiguo contenido se ha convertido hoy en un pacto de mutua atención o, a lo sumo, en un pacto de cortesía. Y es una descortesía pedirle a un amigo algo que pudiera perjudicarle o resultarle desagradable.”

Milan Kundera

La broma (Fragmento)

“Vlasta ya duerme. Pobrecita, a ratos ronca un poquito. Ya todos duermen en casa. Y yo aquí acostado, grande, grande, grande y pensando en mi impotencia. Aquella vez la sentí terriblemente. Antes suponía ingenuamente que todo estaba a mi alcance. Ludvik y yo nunca nos habíamos hecho ningún daño. ¿Por qué no iba a poder restablecer, con un poco de buena voluntad, nuestra antigua relación?

Ya se vio que no estaba a mi alcance. No estaba en mis manos ni nuestro alejamiento ni nuestro acercamiento. Me quedaba la esperanza de que estuviese en las manos del tiempo. El tiempo pasaba. Desde nuestro último encuentro habían transcurrido nueve años. Ludvik entre tanto terminó la carrera, consiguió un puesto estupendo, se dedica a la ciencia en una especialidad que le interesa. Yo sigo con atención, a distancia, lo que le ocurre. Lo sigo con amor. Nunca podré considerar a Ludvik como enemigo ni como una persona extraña. Es mi amigo, pero sufre un encantamiento. Como si se repitiese la historia del cuento en el que la novia del príncipe se transforma en serpiente o en rana. En los cuentos siempre todo lo resuelve la fiel paciencia del príncipe.

Pero por el momento el tiempo no despierta a mi amigo de su encantamiento. Durante este período me enteré varias veces de que había pasado por nuestra ciudad. Pero nunca vino a visitarme. Hoy me lo encontré pero hizo como que no me veía. Maldito Ludvik.

Todo empezó en aquella época en que hablamos por última vez. Comencé a sentir, cada año con mayor intensidad, que a mi alrededor se incrementaba la soledad y dentro de mí brotaba la angustia. Cada vez había más cansancio y menos alegría y éxito. El conjunto seguía teniendo cada año sus invitaciones para ir de gira al extranjero, pero después las invitaciones fueron disminuyendo y hoy casi no nos invitan a ningún sitio. Seguimos trabajando, cada vez con mayor ahínco, pero a nuestro alrededor se extiende el silencio. Estoy en un salón vacío. Y me parece como si hubiera sido Ludvik el que dio la orden de que me quedara solo. Porque no son los enemigos los que lo condenan a uno a la soledad, son los compañeros.

Desde entonces huyo cada vez con mayor frecuencia a aquel camino rodeado por pequeñas parcelas. Al camino que atraviesa los campos y junto al cual crece en el lindero un rosal silvestre solitario. Ahí es donde me encuentro con mis últimos fieles. Ahí está el desertor con sus muchachos. Ahí está el músico ambulante. Y ahí, más allá del horizonte, hay una casa de troncos y en ella está Vlasta, la pobre muchachita.

El desertor me llama rey y me promete que cuando quiera podré contar con su protección. Basta con ir hasta el rosal silvestre. Dice que ahí siempre nos encontraremos.

Sería tan sencillo encontrar la calma en el mundo de la imaginación. Pero yo siempre he tratado de vivir en los dos mundos al mismo tiempo y no abandonar uno de ellos por culpa del otro. No debo abandonar el mundo real, aunque en él siempre pierda. Al final será suficiente con que logre una sola cosa. La última:

Entregar mi vida como un mensaje claro y comprensible a una sola persona que lo comprenda y se encargue de llevarlo. Mientras no lo logre no podré irme con el desertor al Danubio.

Ésa persona en la que pienso, que es mi única esperanza después de todas las derrotas, está separada de mí por una pared y duerme. Pasado mañana montará a caballo. Lo llamarán rey. Ven hijito. Me duermo. Te llamarán con mi nombre. Voy a dormir. Quiero verte a caballo en sueños”

Milan Kundera

El libro de la risa y el olvido (Fragmento)

¿Reír? ¿Acaso nos preocupamos alguna vez por reír? Quiero decir reír de veras, más allá de la broma, de la burla, del ridículo. Reír, goce inmenso y delicioso, todo goce…

Yo le decía a mi hermana, o ella me decía, ven, ¿jugamos a reír? Nos acostábamos una junto a la otra en la cama y empezábamos. Para hacer como que hacíamos, por supuesto. Risas forzadas. Risas ridículas. Risas tan ridículas que nos hacían reír. Entonces venía, sí, la verdadera risa, la risa entera a arrastrarnos en su rompiente inmensa. Risas estalladas, proseguidas, atropelladas, desencadenadas, risas magníficas, suntuosas y locas… y reíamos al infinito de la risa de nuestras risas… Oh risa, risa del goce, goce de la risa; reír es vivir tan profundamente.

El texto que acabo de citar ha sido extraído de un libro titulado Parole de femme. Fue escrito en 1974 por una de las feministas apasionadas que han marcado notablemente el clima de nuestro tiempo. Es un manifiesto místico de la alegría. En contraposición al deseo sexual del hombre que, consagrado a los fugaces instantes de la erección, va por lo tanto fatalmente ligado a la violencia, al aniquilamiento y a la desaparición, la autora exalta como su antípoda la alegría femenina, la satisfacción, el placer, con una palabra francesa, jouissance, que es dulce, omnipresente, e ininterrumpida. Para la mujer, en tanto que no está alienada a su propia sustancia, comer, beber, orinar, defecar, tocar, oír e incluso estar presente, todo es goce. Esta enumeración de voluptuosidades se extiende a través del libro como una bella letanía.

Vivir es feliz: ver, oír, tocar, beber, comer, orinar, defecar, hundirse en el agua y mirar al cielo, reír y llorar. Y si el coito es bello, lo es porque es la totalidad de los goces posibles de la vida: tocar, ver, escuchar hablar, sentir, pero también beber, comer, defecar, conocer, bailar. Amamantar es también un goce, incluso el parto es goce, la menstruación es una delicia, esa tibia saliva, esa leche oscura, ese derrame tibio y como azucarado de la sangre, ese dolor que tiene el guato ardiente de la felicidad.

Sólo un imbécil podría sonreír ante este manifiesto de la alegría. Toda mística es exceso, el místico no debe tener miedo al ridículo si quiere llegar hasta el fin de la humildad o hasta el fin del goce. Así como Santa Teresa sonreía en su agonía, Santa Annie Leclerc (éste es el nombre de la autora del libro del que tomé esas citas) afirma que la muerte es un fragmento de alegría y que sólo el hombre la teme porque está miserablemente apegado a su pequeño yo y a tu pequeño poder.

En lo alto, como formando la bóveda de ese templo de la felicidad, suena la risa, delicioso trance de dicha, colmo extremo del goce. Risa del goce, goce de la risa. Indudablemente, esa risa no tiene nada que ver con la broma, la burla o el ridículo.

Las dos hermanas tendidas en su cama no se ríen de nada concreto, su risa carece de objeto, es la expresión del ser que se alegra de ser. Del mismo modo en que por su gemido el hombre se encadena al segundo presente de su cuerpo que sufre (y está fuera por completo del pasado y del futuro), en esa risa estática el hombre no recuerda ni desea, sino que lanza su grito al segundo presente del mundo y sólo quiere saber de él.

Sin duda recordarán esta escena por haberla visto en decenas de películas malas: una muchacha y un muchacho corren tomados de la mano por un hermoso paisaje primavera (o veraniego). Corren, corren, corren y ríen. La risa los dos corredores debe proclamar al mundo entero y a todos los espectadores de todos los cines: ¡Somos felices, estamos contentos de estar en el mundo, estamos en armonía con el ser! Es una escena estúpida, es cursi, pero expresa una actitud humana fundamental: la risa seria, la risa más allá de la broma.

Todas las iglesias, todos los fabricantes de ropa interior, todos los generales, todos los partidos políticos, se ponen de acuerdo sobre ese tipo de risa y colocan la imagen de los corredores que corren riendo en los carteles con los que hacen la propaganda de su religión, de sus productos, de su ideología, de su pueblo, de su sexo y de su polvo para lavar la vajilla.”

Milan Kundera

La ignorancia (Fragmento)

“Durante sus veinte años de ausencia, los ítacos conservaron muchos recuerdos de Ulises, pero no le añoraban, mientras que Ulises sí sentía el dolor de la añoranza, aunque no se acordara de nada.

Puede comprenderse esta curiosa contradicción si reparamos en que la memoria, para funcionar bien, necesita de un incesante ejercicio: los recuerdos se van si dejan de evocarse una y otra vez en las conversaciones entre amigos. Los emigrados agrupados en colonias de compatriotas se cuentan hasta la náusea las mismas historias que, así, pasan a ser inolvidables. Pero aquellos que, como Irena o Ulises, no frecuentan a sus compatriotas caen en la amnesia. Cuanto más fuerte es su añoranza, más se vacían de recuerdos. Cuanto más languidecía Ulises, más olvidaba.

Porque la añoranza no intensifica la actividad de la memoria, no suscita recuerdos, se basta a sí misma, a su propia emoción, absorbida como está por su propio sufrimiento.

Tras acabar con los temerarios que querían casarse con Penélope y reinar sobre Ítaca, Ulises se vio obligado a convivir con gentes de las que no sabía nada. Éstas, para halagarle, le abrumaban con todo lo que recordaban de él antes de que se fuera a la guerra. Y, convencidas de que nada le interesaba más que su Ítaca (¿cómo no iban a pensarlo cuando él había recorrido la inmensidad de los mares para volver a ella?), iban machacándole con lo que había ocurrido durante su ausencia, ávidas de contestar a todas sus preguntas. Nada le aburría más que eso. Él sólo esperaba una cosa, que le dijeran por fin: «¡Cuenta!». Pero es lo único que nunca le dijeron.

Durante veinte años no había pensado en otra cosa que en regresar.

Pero, una vez de vuelta, comprendió sorprendido que su vida, la esencia misma de su vida, su centro, su tesoro, se encontraba fuera de Ítaca, en sus veinte años de andanzas por el mundo. Había perdido ese tesoro, y sólo contándolo hubiera podido reencontrarlo.

Al abandonar a Calipso, durante su viaje de regreso había naufragado en Feacia, donde el rey le acogió en la corte. Allí había sido un extraño, un misterioso desconocido. A un desconocido se le pregunta: «¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¡Cuenta!». Y él contó. Durante ocho largos días de La Odisea, reconstruyó detalladamente sus aventuras ante los feacios atónitos. En Ítaca, sin embargo, no era un extraño, era uno de ellos y por eso a nadie se le ocurría decirle: «¡Cuenta!».”

Milan Kundera