El Almuerzo Desnudo (Fragmento)

“¿Le conté alguna vez lo del hombre que enseñó a hablar a su culo? Movía el abdomen entero arriba y abajo, ¿entiende?, pedorreaba las palabras. Nunca había oído nada semejante.

El habla del culo aquel tenía una especie de frecuencia intestinal. Te pegaba justo en los labios, y te entraban las ganas. Como cuando el colon avisa y sientes una especie de frío por dentro y sabes que no tienes más remedio que soltar la tripa, ¿entiendes? Pues aquella voz te pegaba justo ahí abajo, un sonido espeso, pringoso, borboteante, un sonido que se podía oler.

El hombre trabajaba por las ferias, ¿entiende?, y al principio era como un número de ventrílocuo nuevo. Y muy divertido, además, por entonces. Hacía un número que se llamaba “El Ojo Mejor” que era la monda, se lo juro. Se me ha olvidado cómo era, pero era muy divertido. Algo como: “Oye, tú, ¿sigues ahí abajo todavía?”

– ¡No! ¡Me he ido a cagar!

Al cabo de un tiempo, el culo empezó a hablar por sí solo. Salía a escena sin nada preparado y el culo se ponía a improvisar y le daba la réplica en los chistes todas las veces.

Luego fue desarrollando una especie de dientes, como ganchos ásperos curvados para adentro, y empezó a comer. Creyó que era algo simpático y montó un número con eso, pero el ojete se dedicaba a comerle los pantalones y quedar al aire y empezar a hablar por la calle, vociferando que quería igualdad de derechos. Y además se emborrachaba y le daban lloronas, que nadie le quería ni le besaban, todas las bocas. Y acabó por pasarse hablando todo el día y otra vez, darle puñetazos, meterle velas encendidas dentro, pero nada servía de nada y el ojete le dijo: “Al final serás tú el que se calle, no yo. Porque ya no haces ninguna falta. Y puedo hablar y comer y cagar. “

Después empezó a despertarse por las mañanas con algo como una cola de renacuajo por la boca, llena de una gelatina transparente. Lo que los científicos llaman T. N. D., un Tejido No Diferenciado, que se reproduce en todo tipo de zonas del cuerpo humano. Se lo arrancaba de la boca y se le quedaban trozos pegados en las manos como gelatina de gasolina ardiendo y allí nacían, crecían en cualquier sitio en que le cayera una gota encima. Hasta que por fin se le obturó la boca y se le hubiera amputado espontáneamente la cabeza entera (¿sabías que en algunas zonas de África, y sólo entre los negros, se da una enfermedad en la que el dedo meñique se amputa espontáneamente?), de no ser por los ojos, ¿entiendes? Lo único que el ojo del culo no podía era ver. Necesitaba los ojos. Pero las conexiones nerviosas quedaron bloqueadas e infiltradas y atrofiadas y el cerebro no podía seguir dando órdenes.

Estaba atrapado en el cráneo, tapiado. Durante un tiempo podía verse a través de los ojos cómo sufría el cerebro, silencioso e impotente, pero seguramente se murió porque los ojos se apagaron, y ya no reflejaban más sentimientos que un ojo de cangrejo en la punta de una antena.”

William S. Burroughs

Una ligera resaca (Fragmento)

Cuando Kevin y Gwen llegaron en coche a casa de Tom, Tom se levantó y dijo:

—Aquí están. Ahora, tenemos que conservar todos la calma. Hay una forma justa y decente de solucionar esto. Todos somos seres maduros. Podemos arreglarlo todo entre nosotros. No hay ninguna necesidad de llamar a la policía. Anoche, yo quería matar a Kevin. Ahora, sólo quiero ayudarle.

Los seis parientes de Jeanjean y Cathy se quedaron sentados esperando. Sonó el timbre. Tom abrió la puerta.

—Hola, qué hay.

—Hola —dijo Gwen. Kevin no dijo nada.

—Sentaos.

Se Sentaron en el sofá.

—¿Queréis beber algo?

—No —dijo Gwen.

Whisky con soda —dijo Kevin.

Tom preparó la bebida, se la pasó a Kevin. Kevin se bebió el whisky, buscó en el bolso un cigarrillo.

—Kevin —dijo Tom—, hemos decidido que tienes que ver a un psicólogo.

—¿No a un psiquiatra?

—No, a un psicólogo.

—Está bien.

—Y creemos que tienes que pagar la terapia que puedan necesitar Jeanjean y Cathy.

—Está bien.

—Vamos a mantener esto en secreto, por ti y por las niñas.

—Gracias.

—Kevin, hay sólo una cosa que me gustaría saber. Somos tus amigos. Hace años que lo somos. Sólo una cosa: ¿por qué bebes tanto?

—La verdad, no sé por qué diablos lo hago. Supongo, más que nada, porque me aburro mucho.

 Charles Bukowski