El Gran Gatsby (Fragmento)

“Iba a preguntarle su nombre, tenía la pregunta en la punta de la lengua, cuando Jordan miró a su alrededor y sonrió.

– ¿Te lo pasas bien por fin?

– Mucho mejor -me volví otra vez a mi nuevo amigo-. Esta fiesta me parece rarísima. Ni siquiera he visto al anfitrión. Yo vivo ahí -moví la mano hacia el seto, invisible en la distancia- y ese Gatsby me mandó una invitación con el chofer.

Me miró un momento como si no entendiera.

-Gatsby soy yo- dijo de pronto.

-Perdona -exclamé-. Te ruego que me perdones.

-Pensaba que lo sabías, compañero. Creo que no soy un buen anfitrión.

Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía -o parecía ofrecerse- al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor. Te entendía hasta donde quería ser entendido, creía en ti como tú quisieras creer en ti mismo, y te garantizaba que la impresión que tenía de ti era la que, en tus mejores momentos, esperaba producir. Y entonces la sonrisa se desvaneció, y yo miraba a un matón joven y elegante, uno o dos años por encima de los treinta, con un modo de hablar tan ceremonioso y afectado que rozaba el absurdo. Ya antes de que se presentara, me había dado la sensación de que elegía las palabras con cuidado.”

Francis Scott Fitzgerald

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