La clarividencia y la muerte

Camino al lugar del encuentro intentó restregar el borde interno del zapato contra la hierba sin resultados positivos, incluso utilizó un pedazo de rama de un arbusto cercano obteniendo al final el mismo resultado. A la creciente indignación que sentía le sucedió una frustración ideológica, tal vez conceptual sería un término más apropiado y eso por concederle un calificativo más cercano. Le parecía triste que en la que era la capital de su país, que en muchos aspectos se tornaba cada vez más moderna y cosmopolita, una persona tuviera que lidiar aún con el peligro de pisar mierda humana. Una cosa era trabajar inmerso en ella metafóricamente, otra era soportarla cuando yace tan cariñosa con tu calzado.

El Negro continuaba sin mostrar su inmensa figura y eso era cosa seria. No le agradaba de ningún modo tener en sus bolsillos la mercancía por tanto tiempo en una esquina. Por otro lado, las deudas siempre ayudan a superar ciertos miedos a las personas, además él era paga segura y siempre respetaba sus precios. Cuando se lo presentaron hace un año en la entrada de un bar pensó que apelativos como el Gordo, la Mole o el Plasta habrían sido apodos más acordes. No era ni remotamente negro, tampoco mulato, poseía ese color indefinido que proviene de esas extrañas combinaciones del mestizaje. Tal vez cuando era apenas un crío tenía la piel más oscura, producto quizás de tener una niñez libre de cremas y protectores solares en estas latitudes. Antonio había recordado que él también había cambiado mucho desde sus tiempos infantiles, en ese entonces poseía una figura más bien regordeta y era todo lo contrario al concepto concerniente a lo atlético. Sin proponérselo buscó de forma involuntaria una superficie reflejante. Tras pocos minutos dio con lo más parecido que encontró, se trataba de una vitrina de un almacén que no permitía una visión completa pues se mantenía erguida tras una reja de metal que se aseguraba al piso por medio de tres candados.

El reflejo era visible gracias a la única luminaria que pese a lo avanzado de la noche se mantenía funcionando en aquella transversal. Su apariencia era irreconocible para cualquiera que le conoció en sus épocas escolares, los pómulos habían desaparecido, la mirada se tornaba sombría debido a las inmensas ojeras, y el abdomen reflejaba una realidad que no había asumido. Su más reciente comida se remontaba ya a dos días atrás. Lo importante era salir de las deudas se repetía, palabras como familia o amigos hace tiempo habían desaparecido gracias a su ingratitud y maldad. Si lo pensaba bien no tenía en esa ciudad a nadie que le ofreciera una simple taza de café sin segundas intenciones. Lo sombrío de este último pensamiento le devolvió a la realidad y fue eso lo que le permitió ver como una gigantesca sombra se abalanzaba desde atrás hacia él.

La vitrina le permitió esquivar el primer lance y alcanzar una distancia de seguridad mínima, para cuando se volteó encontró la inmensa humanidad del Negro sosteniendo una navaja que pese a lo considerable de su tamaño parecía risible cuando el atacante la sostenía cercana a su barriga. Maldito desgraciado masculló mientras se palpaba el pantalón, incluso frente a la cercanía del peligro su primer impulso era comprobar que nada de la mercancía se había caído de su bolsillo. Fue entonces cuando tuvo que esquivar una segunda puñalada. La corpulencia jugaba en contra de su adversario, la velocidad no era su fuerte pero Antonio era muy consciente que del mismo modo una sola ocasión certera bastaría para decidir su futuro.

– ¡Qué mierda te pasa Negro! – De antemano sabía la posible respuesta, después de todo Inés tenía los suficientes contactos como para poner precio a su cabeza.

Como única respuesta, vio como cambiaba de mano el cuchillo para poder despejarse el sudor de la frente. Era notable que dos esfuerzos en poco tiempo le exigieran tanto a su físico.

– Lo siento flaco, pero dos mil dólares fáciles nunca le caen mal a nadie, sin rencores – Había devuelto el arma a su extremidad más diestra y nuevamente asumió una posición amenazante.

Una ironía, él mismo no habría dado un centavo por su vida en ese momento. Y lo más importante del valor expresado por su posible asesino era que demostraba que Inés sí lo había amado. Se debe amar demasiado a alguien para llegar a odiarlo con la misma intensidad.

– No te voy a ofrecer dinero para convencerte de lo contrario por la sencilla razón que no lo tengo, si vine hoy fue porque confiaba en ti, pensé que me ayudarías – Intentó sonar firme y convincente pero el temblor que sentía en sus piernas se trasladaba a su voz mientras pronunciaba las palabras.

El Negro dio unos pasos para aproximarse y cuando entró en el rango de la luminaria Antonio pudo ver que sus ojos denotaban ansiedad y no determinación. Fue ese instante de duda que hizo que se decidiera a luchar por su vida, buscó con la mirada una piedra o cualquier objeto que le sirviera como arma. Nada. El asesino se acostumbró en seguida a la luz e inició un tercer ataque, que pese a no dar en el blanco le ayudó a aproximarse, intentó tomar impulso para derribar a su presa pero se sorprendió cuando ésta con una gran agilidad le dio una patada en el estómago. Cuando puso la mano libre en el lugar del golpe se desprendió un fétido olor y no pudo evitar empezar a sacudir en el aire el excremento que se había quedado en su camiseta.

Antonio permanecía en el suelo después de la maniobra y cuando se incorporó vio como el gigante se hallaba en la labor de limpiar su mano de forma descuidada. Aprovechó el momento y  con una nueva patada lo derribó  mientras que con las manos le arrebataba el cuchillo. Puso sus rodillas sobre los brazos del Negro y le rasgó la garganta. Vio como durante un minuto el victimario transmutaba en su papel ahogándose en su propia sangre.

Cuando dejó de forcejear, vio que pese a sus acciones su ropa no mostraba rastros de la pelea, pero debido a que tuvo que sentarse a horcajadas sobre el Negro para inmovilizarlo, su pantalón ahora hacía juego con lo que quedaba de la sustancia salvadora que aún estaba en su zapato.

Soltó el arma y alcanzó a esbozar una sonrisa, se sintió muy cansado, tal vez lo mejor sería regresar con sus padres, nunca nadie en la capital supo su verdadero apellido ni de dónde provenía, ya no tenía a quién recurrir. Curioso como en una sola noche había perdido al último de sus amigos y cualquier esperanza de regresar con su última amante. No podía quejarse, el Negro en su momento le había enseñado a defenderse en las calles, eso salvo su vida y le costó la suya. Inés por su parte le había aleccionado como aprender a aceptar las derrotas, regresar con falsas disculpas al hogar no era una opción.

– Uno nunca sabe cuando la más mínima mierda te va a joder o te va a salvar – Ella había dicho eso la última vez que la vio. Antonio se guardó el cuchillo, aún no amanecía y conservaba lo último de la mercancía, intentaría venderla a la salida  de la discoteca más cercana.

Inés no hablaba en metáforas, pensó. El hecho es que hay demasiada mierda en esta ciudad.