El gesto

Aquel que se ve perdido en el abismo de la soledad

intenta encontrar algún fragmento que no sea pasado

y a pesar de que el mundo le brinde una oportunidad

preferirá la facilidad de convertirse en un exiliado.

 

Si se da el caso que el canto del poeta ha enmudecido

será tal vez porque su laud ha perdido una bella nota

puede ser que el mundo del vate ha perdido sentido

que por dolor su corazón se desangró de gota en gota.

 

Hay días en que el demente arranca en amargo llanto

que su dicha se opaca por el pasar de una simple brisa

es acaso que su cordura lo atormenta por un encanto

o que olvidó lo feliz que es maravillarse en una sonrisa.

 

Así me sentía yo en el exilio, sin canto, un tanto loco

pensando que toda acción hecha es un intento en vano

volvió el futuro, sonó el acorde, me enamoré un poco

percibí en la oscuridad una luz cuando sujetaste mi mano.

Tomar de la mano

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El paciente 1712

– Ni cagando hago eso, si estoy aquí es para evitar situaciones que perturben mi mente.

– Tú estás aquí para saber si estás volviéndote loco, yo soy una profesional, y si no haces esto que te aconsejo, mi opinión en ese sentido es que lo estás y no tienes remedio.

Cruzó la pierna mientras decía eso, y como un perro amaestrado por un desquiciado experimento de Skinner, asentí y cogí de sus manos la dirección. Apenas era mi tercera sesión, de plano había significado un gran paso de mi parte admitir que tenía un problema y acudir a un psicólogo, pero me bastó conocerla para ser sincero de forma completa con ella y con su forma suave de explicar su punto de vista de todo lo que le contaba fueron suficientes seis horas para que me descifrará mejor que nadie. Caso aparte fue el ir descubriendo que me gustaba, aunque debo admitir desde un inicio me fijé en sus piernas, torneadas y con el suficiente atractivo como para condicionarme a aceptar cualquier mandato de quien las poseía; exactamente lo que acababa de suceder.

– Las personas que las circunstancias nos obligan a conocer son las que cambian la vida.

Después de decir eso, hizo un ademán con la mano y dio por terminada la sesión. Estaba tan alienado que no atiné a decir una despedida. Salí del consultorio, pagué como de costumbre a la muchacha de recepción y busqué 25 centavos en mi bolsillo. Sí tenía que emprender algo que me atemorizaba mejor sería si lo hacía mientras conservara en mi mente el recuerdo de esas extremidades sublimes.

El edificio tenía poco de remodelado y contrastaba con el resto de la zona que debido a su condición de patrimonio cultural había sido al menos conservado o reconstruido. En el frente mantenía la palabra “Sanatorio”, me sonaba a ironía considerando que si me encontraba frente a este rótulo era porque un ente superior consideraba que necesitaba conversar con un loco para sanarme y evitar convertirme en su colega o en futuro usuario de tan decadente lugar.

Me impresionaron dos cosas en tanto a la realización de mi aventura, que existía poca o casi nula seguridad en el recinto y que con facilidad me señalaron donde podía encontrar al paciente 1712, intenté una conversación con el hombre que atendía una especie de garita, pero parecía muy concentrado en el encabezado sangriento de un periódico que no era actual. Intenté incordiarlo preguntando sobre el hecho de dirigirme solo y la posibilidad de un ataque de un residente, pero solo atinó a tocarse la nariz mientras me decía que los peligrosos ya no vienen a este sitio, -vaya no más– me dijo y volvió a su lectura.

Y en este punto de la travesía como dijo un amigo: una vez metido en algo solo resta moverse… y claro que la palabra “algo” es un eufemismo bastante malo. Me reí por las estupideces que uno piensa cuando tiene miedo y apresuré el paso en la dirección indicada, pase por dos largos pasillos que tenían forma de L, y fui a parar a una especie de jardín, y la expresión indefinida se debe a que existían espacios en los que la tierra expuesta se intercalaba con alguna hierba que parecía obra del azar y de la lluvia más que el trabajo de un jardinero. El paciente que buscaba se encontraba en el exacto lugar en el que me habían explicado, arrodillado contra una pared que servía al mismo tiempo de muro de contención frente a la colina cercana que sostenía el símbolo de una deidad. Se debía hacer daño en las piernas por lo precario de las piedras que conformaban el supuesto patio.

– Disculpe le puedo molestar, es usted el 1712? – Omití a conciencia la palabra paciente porque debido a la carencia de profesionales médicos, había reflexionado que si alguien en el sanatorio era un paciente era yo, y de eso fui consciente porque me había costado 80 dólares las dos horas del día de hoy.

– Es curioso, ha pasado tanto tiempo que no escucho mi nombre, creo que en efecto ahora me llamo 1712 – Mientras hablaba se incorporó haciendo una cruz en su cara, su voz me había dejado sin habla y una vez erguida comprobé que era una mujer que por su aspecto rondaba los 35 años y que conservaba aún mucho de su belleza.

– Sabes Paula dice que te conoce y piensa que puedes ayudarme – Me encontraba perturbado quería salir de ahí corriendo, el color miel de sus ojos y la forma definida de sus labios fueron como sí en el medio del infierno uno se encontrara con el más bello de los extintos arcángeles. Casi grité las últimas palabras  sin embargo ella se mantenía imperturbable.

– Yo lo tenía todo, con respecto a lo que se espera que alguien “decente” tenga, un hogar, un buen apellido, un empleo adecuado, varios amigos. Pero terminé aquí, por el mero hecho de no confiar – Se volteó y volvió a inclinarse con dirección a la pared.

Lo conciso de la historia me sacó de mi terror, empecé a formular miles de preguntas, quién le había hecho daño?, cómo perdió su empleo?, qué pasó con sus amigos?, la visitaban sus familiares?, pero no se dignó en responderme nada, me ignoró por un momento que en mi desesperación me parecieron horas cuando habían sido a lo mucho cinco minutos.

– A veces en la vida se pierde el sentido de la misma, existe gente que aprende a ser feliz y vive por ello, también están los que vivirán porque aprenden a vivir en la infelicidad, yo no escogí ninguna de las opciones, siempre tuve un miedo irracional a que me lastimen, tanto lastima el odio como el amor. Yo me cerré a las personas, y cuando uno hace una estupidez semejante solo le queda dios.

– Pero sí eres consciente de eso ¿por qué no intentas recuperar tu vida? Eres aún joven, bella, por lo que veo inteligente, qué te impide salir?

– Son diez años que pasé confesando mis sentimientos y mis verdaderos pensamientos solo a él, sin amarlo y sin tampoco odiarlo, por la seguridad que él no me haría daño. Sabes lo que es vivir en un mundo con una persona que nunca te responde por el mero hecho de temer a quienes sí pueden.

En silencio observé con más atención su estado, al parecer permanecía arrodillada durante todo el día en la misma posición; por el estado de su ropa y una llovizna que pasó mientras venía en el bus podría decirse que muy poco le importaba el clima o el viento, llegué a dudar si dormía en una habitación o se mantenía estática durante las noches en el mismo sitio. Mientras salía de aquel lugar tenía muchas dudas concernientes a mi vida, solo una cosa era clara, ciertas piernas ya sabían mucho de mis verdades, bien podría dejarme herir el corazón para no convertirme en loco.