El mundo de afuera (Fragmento)

“Zigzagueó entre las lápidas la ruta que ya conocía y cuando llegó al mausoleo, se arrodilló frente a las cariátides que custodiaban la puerta enrejada. Aquí estoy, mi niña, balbuceó el Mono, hoy vengo sin flores, perdóneme. Gateó hasta la reja y se agarró de ella para ponerse de pie. Clavó la mirada en las flores marchitas bajo el nombre de Isolda y se lamentó, qué pesar, nadie ha vuelto por aquí. Pegó la cara a los hierros y se puso a llorar pasito, para no alertar a los celadores. En cualquier momento se pondría oscuro y nadie lo descubriría si se acurrucaba entre el mármol negro.

Sin dejar de llorar sacó la botella y se echó varios tragos largos. Le habló a la lápida y le dijo, de pronto mañana yo también estoy muerto. Trató de recordar el verso que decía, Algo se muere en mí todos los días, la hora que se aleja me arrebata. Repitió el comienzo para ver si con el impulso agarraba el resto, pero no logró recordarlo. Tarareó el verso hasta el final, hasta la estrofa que buscaba, Y en todo instante, es tal mi desconcierto, que, ante mi muerte próxima, imagino que muchas veces en la vida… he muerto.

Respiró hondo varias veces y luego, como si le contara un secreto, le dijo a la tumba de Isolda, le he hecho prometer a mi mamá que cuando me muera, me entierre en este cementerio, no aquí con los ricos sino más allá, con los pobres. Es lo más cerca que podemos quedar, mi niña.”

Jorge Franco

Siútico – Arribismo, abajismo y vida social en Chile (Fragmentos)

Términos equivalentes: Snob\LeftrightarrowSíutico ; Roto\LeftrightarrowCholo;

-1-

“Rotear es de rotos”

-2-

“Una chilena residente en Europa, (…), cuenta el caso de una mujer de su entorno familiar que fue a visitarla a Berlín:

Llegó al aeropuerto, bajó del avión, me saludó, y con un suspiro de alivio declaró: <<Aquí se respira otra raza, aquí uno se siente bien>>.

Nótese que en estos casos el <<uno>> es muy claro y apunta al grupo de <<la gente como uno>>. Prosigue la chilena en Berlín:

[Ella] se cagaba en todo lo que establece el orden civilizado, se cagaba en el reciclaje, en los pasos de cebra, en las colas, y mientras tanto repetía que ella tenía que vivir aquí, porque se sentía cómoda, era lo suyo. Y no sabes cómo le hacía falta la nana. Mi pareja, un europeo amamantado por la socialdemocracia europea, no daba crédito de lo que salía de la boca de esa mujer que se juraba progresista. Yo tenía que explicarle que no era mala. Que solo era tonta.

-3-

“Es siútico el tipo que no te puede convidar a comer pollo con arroz. Te convida a comer caviar, pero del más barato”

-4-

“La antropóloga Loreto Rebolledo estudió la historia del exilio chileno posterior al golpemilitar de 1973. Uno de los fenómenos que le llamaron la atención fue la discriminación a la hora de sacar del país a la gente de izquierda que corría peligro. El sistema funcionaba a través de listas de personas que requerían las embajadas extranjeras en Santiago. <<Los mismos partidos organizaban esas listas, y se elaboraban en función de los contactos que se tenían o bien si la persona era militante de alto rango.>> Los intelectuales, los dirigentes y los profesionales fueron los primeros en ser solicitados por las embajadas. Ellos viajaron preferentemente a países latinoamericanos. Los menos privilegiados, aquellos sin contactos en las cúpulas de los partidos ni familiares que se preocuparan de ponerlos en una lista, fueron a parar a Suecia, Inglaterra y los Países Bajos. Entre estos exiliados estaban los campesinos mapuches miembros de partidos de izquierda. Loreto Rebolledo explica:

Cuando los mapuches llegan a los países que los acogieron, les llama la atención que allí los tratan como a cualquier chileno, porque para el europeo todos los chilenos son del mismo color. Eso los sorprendió, y es algo muy interesante porque en el fondo el tema es cómo la mirada del otro te construye la mirada que tienes sobre ti mismo.

-5-

“La tradición más primitiva y utilitaria reza que el mejor camino de un hombre para cavar su ruina social es casarse mal. Y casarse mal, para un varón en un esquema patriarcal, quiere decir, en orden de importancia, hacerlo con una mujer sin apellido, sin dinero y sin ambiciones.”

“Una entrevistada sensible al tema, hija de un renombrado dirigente del agro, asegura que la manera más efectiva de confirmar el origen y el destino de un hombre es conociendo a su mujer:

La mujer es la que muestra la hilacha. En una oficina de puros hombres no se nota tanto quién es quién, pero cuando aparecen las esposas uno termina de enterarse.

-6-

“Esther Edwards le da un sentido diferente a esa relación de conveniencia entre la clase alta y los militares, con una metáfora limpia y feroz:

Si tú tienes una empleada maravillosa, que te plancha las camisas a la perfección, que te plancha las sábanas, que te hace las comidas más exquisitas, no la vas a echar porque usa un perfume que no soportas. No. Lo que haces es aguantarla.”

-7-

“El chileno cosmo [siútico] es muy de diseño, de tienda y de tendencia, todo lo nuevo le mata. (…) Para el cosmosiútico la tecnología de punta tiene como valor agregado el estatus, por lo tanto se desvive por el gadget y por el nuevo modelo que ya tiene encargado. El encanto no está solo en tenerlo, sino en decir que se lo tiene, y decirlo en inglés tecnocrático, que es como hablar un idioma distinto que le debe más a Bill Gates y Paris Hilton que a Shakespeare o Hemingway.”

-8-

“Pero está el otro abajista. No el de gallada, sino el criado en la prosperidad económica aunque bajo la idea de multiculturalismo, de la pluralidad, y de la noción de justicia social. Ése es el cuico [pelucón] abajista que lee a Susan Sontag, escucha a Manu Chao y se reúne con sus amigos en una cantina con referencias a los tugurios rurales con borrachitos sin destino (…)”


Óscar Contardo

La Contadora de Películas (Fragmento)

“Por ese tiempo descubrí que a toda la gente le gusta que le cuenten historias. Quieren salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.

Sin pensarlo siquiera, yo había llegado a convertirme para ellos en una hacedora de ilusiones. En una especie de hada, como decía la vecina. Mis narraciones de películas los sacaban de esa nada agria que era el desierto y, aunque fuera por un rato, los transportaba a mundos maravillosos, llenos de amores, sueños y aventuras. A diferencia de verlos proyectados en una pantalla de cine, en mis narraciones cada uno podía imaginar esos mundos a su antojo.

Alguna vez leí por ahí, o vi en una película, que cuando los judíos eran trasladados por los alemanes en esos cerrados vagones de ganado -con sólo una ranura en la parte alta para que les entrara un poco de aire-, mientras iban cruzando las campiñas olorosas a hierba húmeda, elegían el mejor narrador entre ellos y, haciéndolo trepar sobre sus hombros, lo subían hasta la ranura para que les fuera describiendo el paisaje y contándoles lo que veía al paso del tren.

Yo ahora soy una convencida de que entre ellos debió haber muchos que preferían imaginar esas maravillas contadas por su compañero, a tener el privilegio de mirar ellos mismo por la ranura.”

Hernán Rivera Letelier

La Zona Muerta (Fragmento)

“Inhaló una bocanada de aire, entrecortadamente, enderezando la espalda, con los ojos muy redondos y dilatados.

-¿Johnny…?

Ya no estaba allí.

Fuera lo que fuere lo que había estado allí, ya no estaba más. Se levantó y dio media vuelta y por supuesto no había nada. Pero lo vio allí, con las manos profundamente metidas en los bolsillos, con esa sonrisa desenvuelta, sesgada, en su rostro más simpático que bello, recostado, con su porte largirucho e informal, contra un monumento o contra uno de los pilares de piedra o quizá solo contra un árbol enrojecido por el fuego agonizante del otoño. Nada importante, Sarah… ¿sigues aspirando esa abyecta cocaína?

Allí no había nada, excepto Johnny. Cerca, en alguna parte, quizás en todas partes.

Todos hacemos lo que podemos, y eso debe bastarnos… y si no nos basta, debemos resignarnos. Nunca se pierde nada Sarah. Nada que no se puede hallar.

– El mismo viejo Johnny- susurró ella, y salió del cementerio y cruzó la carretera. Se detuvo un momento y miró hacia atrás. El tibio viento de octubre soplaba con fuerza y confusas amalgamas de luz y sombra parecían cruzar por el mundo. Los árboles murmuraban sigilosamente.

Sarah montó en su coche y partió.”

Stephen King

Personajes y comida china

La colilla aún encendida rebotó en el borde de la caja de cartón que cumple funciones de mesa y escritorio. El Ramiro se apura a recogerlo antes de que alguna de las hojas que ha arrancado de su cuaderno se cruce en su trayectoria. Aquel día improductivo, los escritos rechazados han terminado en el piso o en las estanterías del librero, el único mueble que sobrevivió a la ruptura de la pareja. Este hecho en lugar de proporcionar consuelo, solo le recuerda a Ramiro que en la repartición de bienes se ha quedado no solo sin mesa de comedor sino también sin libros.

El día anterior su hermano le sugirió arrinconar aquel tangible recuerdo y comprarse uno de aquellos monstruosos televisores que ocupan todo el espacio de la pared frente al sofá-cama; el aferrado propietario se niega pues en secreto alberga la esperanza de recuperar a Silvia. A este necio empecinamiento se deben los papeles regados en el suelo alrededor de Ramiro, pues si un escrito sirvió para acceder a un corazón, bajo el mismo razonamiento una nueva creación puede servir para reconquistarlo.

Durante toda la mañana el ofuscado aspirante a escritor buscó inspiración en el rastro intangible que Gloria había olvidado tras su partida. Intentó concentrarse en las incontables veces en que hombro con hombro cocinaron a dúo en la pequeña cocina, pero al hacerlo solo descubrió que era ella quien ponía el arte en esa actividad; lo mismo sucedió cuando sacó la guitarra de su estuche, en esta ocasión lo que faltaba era la armonía de su voz y aunque el sofá-cama en la sala guardaba aún la figura de Gloria solo le recordaba las incontables veces en las que hicieron el amor con premura.

Cuando pasó el mediodía y sin haber escrito más de cinco líneas antes de descartar cada nueva idea, el escritor al sentir como incrementaba su desesperación, ha intentado revisar con minuciosidad el closet mientras escucha la lista de canciones para los domingos de limpieza. Nada. Silvia ha sido tan meticulosa en su retirada, que sus únicas pertenencias son las camisetas de los conciertos a los que asistió obligada. Estas en lugar de mantener el recuerdo de su aroma insisten en recordarle a Ramiro que era ella la que hacía los sacrificios dentro de la relación.

Haciendo uso del poco optimismo que le resta, el escritor abre su blog para revisar escritos anteriores que le den una pista de creación. Los lee con cuidado, y ya sea por su estado anímico actual o el lapso que ha transcurrido entre cada uno empieza a vislumbrar un patrón. No se trata de una temática común ni un estilo en particular, sino que puede relacionar cada uno de ellos con un preciso instante de su vida y en especial con una persona. Así los relatos que tienen algo de romanticismo empiezan a cobrar nombres de antiguas amantes, aquellos que contienen un carácter cínico adquieren la dimensión de fracasos personales y los más incomprensibles le recuerdan noches de exceso.

El estado de abstracción en el que se ha quedado Ramiro, le permite a la pantalla del computador, después de semanas, revelarle un rictus alegre en su rostro. Alentado por aquel momento místico de felicidad empieza a presionar el teclado con una velocidad inaudita. Contrario a su habitual forma de escribir ha prescindido de su libreta, y empieza por describir a los protagonistas de su historia; encuentra que el personaje femenino tiene que ser una versión contraria a Silvia, y así, el autor la dota de una personalidad dulce, de un exquisito sentido del humor y de una sed de experimentación. Esperando ser coherente con su nueva historia plantea una versión distorsionada de sí mismo, el protagonista entonces resulta ser un joven sencillo, con cierta manía por el orden y propenso a escuchar.

Después de escribir varios reglones el autor se permite releer la descripción física de los personajes y asiente con la cabeza; a su pesar el alterego de Silvia es en definitiva preciosa, Ramiro sin desearlo le ha provisto de unos profundos ojos café y una sonrisa encantadora. Cualquier revancha en contra del género ha quedado de lado y sin poder evitarlo le ha hecho una gran cortesía a su contraparte de ficción. A continuación, los sitúa en un café, un lugar griego al que siempre Silvia sin éxito le instaba a ir. A Ramiro le parece que un amor instantáneo resulta poco creíble así que recalca la timidez de los protagonistas y su inexperiencia en asuntos de seducción. Así aquellos primeros párrafos van describiendo como los sentimientos de sus creaciones se van modificando de forma paulatina.

El escritor aprovecha el resto de la tarde para incrementar los párrafos de su obra. Viendo en sus personajes una forma de desahogo, los describe compartiendo la cena, bailando y mostrando sus primeros signos de celos. Escoge una sala de cine como escenario para la confirmación del estado de la pareja ficticia, y redacta una hermosa escena en la que un gesto con la mano reemplaza el lugar común del beso. Al terminar esta sección Ramiro se ha encontrado a sí mismo con lágrimas en los ojos; y no puede dejar de constatar que en comparación a la historia que acaba de escribir, su amorío con Silvia resulta ridículo y trillado.

Cuando el reloj marca las seis de la tarde la musa abandona al escritor. Para esa hora, los protagonistas ficticios han atravesado varios capítulos descubriéndose entre ellos y soportando las dificultades de la distancia. A su vez, el autor ha descubierto que aquel lugar que ocupaba su ex compañera y que le aportaba un constante sufrimiento se ha llenado de una extraña mezcla de resolución y esperanza. Ramiro satisfecho con el producto de su trabajo empieza a recordar que tiene un estómago al cual ha ignorado por completo. El relato queda entonces inconcluso y se incorpora como una minúscula parte de información dentro del ordenador.

El autor descubre con asombro que durante toda la tarde ha llovido con fuerza y que eso ha provocado que la mayoría de negocios cierre más temprano de lo habitual. Este fenómeno le obliga a caminar cuatro cuadras antes de encontrar un restaurante chino abierto. Al ingresar, el local se muestra atiborrado de personajes en la misma condición que el escritor. Esperando agilitar el trámite escoge el plato que sugiere ser el más simple del menú y toma asiento con varios clientes que también han ordenado para llevar. Con el espíritu en paz solo un aspecto atormenta a Ramiro, pero después de considerar el extenso tiempo que invirtió en crear la historia y los personajes, cree que el final de su relato será de los mejores que ha escrito.

Mientras tanto a muchas dimensiones de distancia una pareja tomada de la mano sonríe.

El Gran Gatsby (Fragmento)

“Iba a preguntarle su nombre, tenía la pregunta en la punta de la lengua, cuando Jordan miró a su alrededor y sonrió.

– ¿Te lo pasas bien por fin?

– Mucho mejor -me volví otra vez a mi nuevo amigo-. Esta fiesta me parece rarísima. Ni siquiera he visto al anfitrión. Yo vivo ahí -moví la mano hacia el seto, invisible en la distancia- y ese Gatsby me mandó una invitación con el chofer.

Me miró un momento como si no entendiera.

-Gatsby soy yo- dijo de pronto.

-Perdona -exclamé-. Te ruego que me perdones.

-Pensaba que lo sabías, compañero. Creo que no soy un buen anfitrión.

Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía -o parecía ofrecerse- al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor. Te entendía hasta donde quería ser entendido, creía en ti como tú quisieras creer en ti mismo, y te garantizaba que la impresión que tenía de ti era la que, en tus mejores momentos, esperaba producir. Y entonces la sonrisa se desvaneció, y yo miraba a un matón joven y elegante, uno o dos años por encima de los treinta, con un modo de hablar tan ceremonioso y afectado que rozaba el absurdo. Ya antes de que se presentara, me había dado la sensación de que elegía las palabras con cuidado.”

Francis Scott Fitzgerald

El honor perdido de Katharina Blum (Fragmento)

“(…) Tal es el caso, por ejemplo, del asunto del espionaje telefónico. Desde luego sirve a la investigación, pero el resultado -no obtenido por la misma autoridad investigadora- no sólo no debe ser utilizado sino tan siquiera mencionado en una audiencia pública. Ante todo, ¿qué pasa en el cerebro de un espía? ¿Qué piensa un funcionario honrado que se limita a cumplir con un deber que (aun repugnándole, probablemente) le proporciona el sustento?; ¿qué piensa cuando debe escuchar a aquel vecino desconocido, a quien vamos a llamar aquí el oferente de caricias, que telefonea a una persona tan gentil, atildada, casi sin tacha como Katharina Blum? ¿Se excita moral o sexualmente, o ambas cosas? ¿Se indigna, siente compasión, se divierte tal vez de una manera especial cuando las proposiciones, en forma de gemidos afónicos y de amenazas, hieren las profundidades del alma de una persona que lleva el apodo de <<la Monja>>? Bueno, ¡Ocurren tantas cosas en primer plano! Pero más aún en segundo plano. (…)

(…) ¿Se dan cuenta las autoridades de lo que exigen de sus funcionarios en materia psicológica? Supongamos que una persona vulgar, sospechosa por algún motivo, cuyo teléfono se ha intervenido, llama a su no menos vulgar compañero del otro sexo. Como vivimos en un país libre y podemos hablar abiertamente por teléfono, ¿qué conversaciones habrá de escuchar el funcionario, posiblemente casto y austero, en la cinta magnetofónica? ¿Se puede justificar esto? ¿Le aseguran tratamiento psicológico? ¿Qué dice a esto el sindicato de servicios públicos, transporte y circulación? Nos preocupamos de los industriales, los anarquistas y los directores, atracadores y empleados del banco, pero ¿quién se preocupa de nuestro <<ejército nacional de las cintas magnetofónicas>> ¿Dónde está el comentario de las Iglesias? Y a la conferencia episcopal de Fulda y al cómite central de los católicos alemanes, ¿no se les ocurre nada? ¿Por qué se calla el papa? ¿Nadie imagina lo que deben escuchar oídos inocentes, desde el flan de caramelo hasta las más crudas groserías? Se convoca a la juventud para la carrera de funcionario. Y ¿a dónde conduce ésta? A manos de unos pervertidos que hablan por teléfono. En este ámbito podrían colaborar las Iglesias y los sindicatos. Por lo menos, se podría elaborar un programa de formación de espías telefónicos, consistente en unas cintas con clases de historia. Esto no cuesta mucho.”

Heinrich Böll